Ariel y Yaiza

Bien, pues aquí dejo un relato que escribí hace aproximadamente quince años. No lo he corregido, así que tiene la mala calidad y las faltas de ortografía propias de un imberbe que se dedicaba a escribir tonterías. Espero sinceramente que podáis perdonarme.

CAPITULO I: ARIEL

¡Ariel! ¿Es que no sabes qué hora es? ¡Ariel, vas a llegar tarde!
La voz de mi madre se metió en mi cabeza como el ruido de un martillo. Mientras el despertador sonaba sin parar, mi madre levantó con fuerza la persiana y sin ninguna piedad tiró de la sábana que me arropaba.
– Ya voy, ya voy. ¿Es que acaso se acaba el mundo?
Contesté aún medio dormido.
– Ariel, por favor, deja de hacer el tonto y levántate de una vez. Hoy no puedo llevarte al instituto y… ¡Ah! ¡Se me quema el desayuno!
La verdad es que mi madre solía estar en unos niveles de locura bastante altos, pero aquella mañana la noté especialmente nerviosa. Además, ¿el desayuno? ¿Mi madre haciendo el desayuno? No sé si el mundo se estaba acabando, pero seguro que no faltaba mucho. Entré en la ducha pensando en el tipo de desayuno que haría mi madre, “en fin, supongo que hay cosas peores”, me dije. Luego recordé que me había dicho que no podría llevarme al instituto, y el horror recorrió mi espalda: ¡El jodido autobús! Eso si que no lo soportaba, ir de pie agarrado a alguna barra mugrienta y aguantando los roces y golpes de todo tipo de gente durante mas de media hora, y todo eso recién levantado, ¡No! Enseguida me vestí y bajé corriendo las escaleras. ¿Porqué coño no podía llevarme?
– Mamá, ¿se puede saber que pasa? ¿Por qué no puedes llevarme a clase?
“Y por qué me castigas con un desayuno” pensé.
– Yaiza ha llamado esta mañana, no puede venir hoy.
Yaiza era nuestra asistenta, aunque para mí era mucho más que eso.
– Me ha contado algo de alguna obligación religiosa o algo así. Ya sabes como es, siempre obsesionada con ese tipo de cosas. Vamos que hoy me toca arreglar toda la casa y no tengo tiempo de llevarte a clase, tendrás que coger el autobús.
– Joder, el autobús no lo soporto, creo que me iré en bicicleta, me vendrá bien un poco de ejercicio.
– ¡Ariel controla esa boquita! No sé de quien has aprendido a hablar así, ¡pero que le ocurre a esta mierda de microondas!
Nos miramos y empezamos a reírnos. Mientras intentaba terminar las tostadas algo quemadas que mi madre había preparado, empezó a caer un chaparrón impresionante. Estaba claro que ese día no cogería la bicicleta, el autobús empezaba a ser mi única opción.
– Oh mierda, y ahora se pone a llover. Mamá, ¿De verdad no puedes llevarme? Sabes que odio el autobús.
– Imposible Ariel. Tengo muchas cosas que hacer aquí y no puedo llegar tarde al trabajo. Además, por un día que cojas el autobús no te va a pasar nada. Y trata de hablar un poco mejor hijo mío, no seas como tu madre.
Otra vez nos reímos. Bueno, supongo que no me quedaba otra que ir en autobús. De todas formas “nadie se ha muerto por coger el autobús un día” pensé.

Con la carpeta en una mano y el paraguas en otra salí a correr hacia la parada de autobús del barrio. Mi barrio era uno de esos barrios que se les suele decir “bien”: A uno y otro lado de la calle se extendían numerosos chalets con su típico jardín en la entrada. Solía ser un barrio tranquilo de esos en los que nunca pasa nada, es decir, un verdadero muermo muy parecido a esos barrios americanos de las películas. Tras dos manzanas y prácticamente empapado por fin llegué a la parada. Estaba casi vacía, ya que la gente no era muy aficionada a utilizar el autobús por aquí, cosa en la que yo coincidía completamente con ellos. Mientras esperaba el 11-n (ese era el autobús que debía coger para llegar al instituto) recordé lo que mi madre me había dicho sobre Yaiza:
– Yaiza ha llamado esta mañana, no puede venir hoy. Me ha contado algo de alguna obligación religiosa o algo así.
¿Obligación religiosa? ¿Y no me había dicho nada? Me sentí bastante frustrado. En los últimos meses no había habido secretos entre Yaiza y yo. Aunque éramos muy diferentes había nacido una especie de vínculo especial entre nosotros, una amistad que al final había desembocado en una relación maravillosa. Estaba impaciente por volver a verla después de clase.
El ruido del motor del autobús me despertó de mis pensamientos. Allí estaba mi pesadilla sobre ruedas. Subí con desgana y procuré acomodarme lo mejor posible en un lateral, de pie claro está, ya que el autobús estaba abarrotado puesto que en su ruta pasaba por algunos barrios antes que por el mío. Eché un vistazo a la gente que había a mi alrededor, en su mayoría estudiantes como yo que se dirigían a clase; me arrancó una sonrisa una niñita de unos seis años que agitaba sus coletas con fuerza y que estaba empeñada en acabar con la paciencia de su madre, que viajaba a su lado con un bebé en brazos.
Mirando a la niña pasé casi todo el trayecto, hasta que el autobús hizo una nueva parada. ¿Pero cómo iba a subir alguien más allí?! ¡Si apenas se podía respirar! Se abrieron las puertas centrales, ya que por las de más adelante era imposible entrar, y apareció una sola persona. Era una chica de más o menos mi edad y de aspecto diferente al del resto de viajeros; parecía algo nerviosa así que puse toda mi atención en ella… ¡Era Yaiza!
– ¡Yaiza!. Grité.

Sin decir nada me miró a los ojos como jamás lo había hecho y una lágrima resbaló por su mejilla…

CAPÍTULO II: YAIZA

Estaba frente a aquella cabina telefónica y no podía dejar de pensar en Ariel. El hecho de tener que separarme de él me producía una tristeza infinita. Pero aquello era imposible, éramos prácticamente opuestos y yo tenía unas obligaciones que cumplir para con mi pueblo, para con mis creencias. Ya estaba todo decidido, no volvería a verle nunca más…
Levanté el teléfono con una mezcla de miedo y una poderosa determinación:

– ¿Señora Wikovsky? Buenos días, soy Yaiza.
– Ah, hola Yaiza. ¿Hay algún problema? Te esperaba dentro de 20 minutos.
– En realidad si, Señora Wikovsky. Verá, le pido mil disculpas pero hoy me es imposible ir a trabajar; debo realizar un… bueno, una obligación que no puedo desatender.
– ¿Pero ha ocurrido algo? Sabes que esta casa es una locura sin ti, el desastre de Ariel sigue en la cama y yo tengo que irme a trabajar. ¿No podrías pasar por aquí antes?
– De verdad que lo siento Señora Wikovsky, pero… bueno hoy es un día muy especial para mí, y tengo un deber religioso que debo cumplir. Usted ya sabe lo importante que es para nosotros y…
– Esta bien, no te preocupes. Haremos lo que podamos, procuraré que no explote nada haciendo el desayuno, ¡je, je! Te veo mañana Yaiza.
– Adiós Señora Wikovsky…

Colgué el teléfono y comencé a rezar; sin embargo había un pensamiento que interrumpía mis oraciones: Ariel. En cierto modo me parecía injusto no poder volver a verle, pero sabía que tenía que cumplir con mi deber, sabía que me debía a mi religión, a mi Dios; no podía traicionar a mi pueblo.
Comencé a caminar por las calles semivacías. De repente una enorme tromba de agua empezó a caer sobre mí. Aunque estaba empapada apenas notaba el agua sobre mí hasta que vi para aquel autobús a mi lado. Era el momento, era mi destino. Antes de subir comprobé que todo estaba en orden. Me encomendé a Dios y palpé el interruptor del temporizador que accionaban los explosivos que llevaba bajo mi burkha. Me acomodé el velo y subí al autobús. Iba a realizar un acto de fe, me convertiría en heroína y mártir por la lucha y la liberación de Palestina y sería recompensada por mi Dios en el “Mas allá”. Una vez dentro cerré los ojos y pulsé el interruptor con toda la fuerza que había en mi interior, cinco segundos y estaría en mi paraíso soñado…

– ¡Yaiza!
Me volví y me encontré con sus ojos; una lágrima resbaló por mi mejilla…

Tel Aviv (Israel), 11 de Noviembre de 2002.

Sobre Abelaits On

No sé como se escribe Johnny Deep, pero sí Jhony Lobino.

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