El silencio

Autor/a: @tediosa_miss

-Está oscureciendo y aún no hemos llegado. ¿Cuánto falta?
-Tranquila, Marta, estaremos allí antes de la cena como te dije. Tú disfruta del viaje.

Hacía demasiado tiempo que nada me relajaba. Últimamente el trabajo me había absorbido tanto, que lo único que sabía hacer era correr de un lado a otro. Y cuando llegaba la noche sólo tenía ganas de dormir. Algunos días estaba tan agotada que incluso amanecía en el sofá sin ni siquiera recordar si había cenado la noche anterior.
Javi, mi mejor amigo, iba a pasar un fin de semana a una casa rural con otras cinco personas, todos compañeros suyos de trabajo, y sin preguntarme antes, a fin de evitar una negativa por mi parte, había contado conmigo. Por una vez no quise fallarle y me animé.
Llegamos pasadas las 19h. El viaje había sido un poco pesado. Yo y mi manía a hacer algo que no implicara trabajar. Hacía frío, lo normal en una tarde de enero. Olía a tierra mojada y a estiércol. El terreno que rodeaba la casa parecía bastante grande. Por un momento deseé que amaneciera cuanto antes para poder disfrutar de todo ese entorno con el sol golpeando mi cara. Sacamos todo el equipaje de los coches y fuimos hacia la puerta de la casa, donde nos esperaba la persona que se encargaba de alquilarla. Ramón, muy amablemente nos explicó el funcionamiento de las zonas más importantes, qué se podía y qué no se podía hacer, y se despidió hasta el domingo dejándonos un teléfono de contacto por si surgía algún problema.
-Esperamos no tener que llamarle – dijo Javi sonriendo.
La casa era grande, pero muy acogedora. Sus muebles eran antiguos, con tapetes como los que hacía mi abuela cuando yo era pequeña. La pobre había intentado enseñarme, pero yo siempre tenía alguna excusa para evitarla. Había una chimenea que hacía del comedor la estancia más bonita de toda la casa. Los lavabos, tres en total, tenían todo lo necesario, hasta amenities a disposición de los huéspedes. Las habitaciones eran muy confortables. Javi eligió una con dos camas. Por una vez no dormiría sola. Se le veía muy ilusionado. -Por fin consigo sacarte de la gran ciudad, Marta. Lo pasaremos bien, ya verás.- Sonreí, mientras escogía una colocando mi maleta encima. Quizá tenía razón y era hora de pensar en mí, de disfrutar, de reír, de alejarme de todo aquello que me estaba consumiendo día a día.
La cena fue muy agradable. En todo momento me sentí una más del grupo. Entre risas comimos tortilla, tostadas y embutidos acompañados de un buen vino. Bueno, en realidad yo nunca he entendido de vinos, pero Don Simón no era. Hacía tanto tiempo que no reía así que sentí un cosquilleo en el estómago, felicidad creo que lo llaman. Pasaba tantas horas centrada en mi trabajo que se me había olvidado lo más importante: cuidar de mí, de mi familia, de mis amigos… En definitiva, vivir.
-Gracias, Javi.
-Anda, no seas tonta. ¿Para qué están los amigos, si no? Ven, te enseñaré una cosa.
Me cogió de la mano y fuimos al exterior de la casa. El frío era menos intenso, o eso fue lo que sentí, quizá por las copas de vino que recorrían mi cuerpo.
-Marta, cierra los ojos y túmbate conmigo.
-¿Aquí, en el suelo? Estás loco.
-Confía en mí.
Le hice caso, y sin soltarme de su mano, me tumbé. Noté como él lo hacía al mismo tiempo.
-Ahora ábrelos.
El frío de la tierra, calado en mi espalda, desapareció al ver lo que había ante mis ojos. Un millón de estrellas. En la ciudad era imposible disfrutar de algo así. Me quedé embobada en silencio varios minutos. Cuando por fin parpadeé, una lágrima cayó por mi mejilla.
-¿Estás bien?
-Mejor que nunca. Gracias.
Apreté fuerte su mano. Era como si el tiempo se hubiera detenido. Nada ocupaba mi mente, sólo disfrutaba del momento junto a la persona que había crecido conmigo. Nunca me había sentido tan viva.
-Marta, mira, una estrella fugaz. Pide un deseo.
-(Ojalá este silencio siempre).
De repente oscuridad. ¿Dónde estaban todas esas estrellas? ¿Y la mano de Javi? ¿Por qué ya no la sentía? Tenía mucho frío y no podía moverme. Intenté gritar, pero de mi boca no salía ningún sonido. ¿Qué ocurría? ¿Mamá? ¿Por qué oía a mi madre llorar a kilómetros de casa?  ¿Qué estaba pasando?
Cerré los ojos con fuerza y al abrirlos, con miedo, la vi. Olía a flores y un cristal nos separaba.
-Mamá, ¿qué ocurre? ¿por qué te abraza todo el mundo? Mamá, dime algo, por favor.
Y entonces le oí. Era él, Javi. Entre lágrimas se abrazó a ella.
-Lo siento mucho, Ana. Aún no me lo creo.
Se acercó a mí, puso su mano en el cristal, y mientras yo intentaba hablarle en vano, me dijo entre sollozos que nunca me olvidaría.
-No. ¿Qué hacéis? No me tapéis. Estoy aquí. JODER, ESTOY AQUÍ. No. No quiero. Está muy oscuro. Javi, mamá, no. No puedo respirar. Tengo calor. No, por favor. Me quemo. Nooo…

Silencio…

Maldito silencio. ¿Por qué no desearía otra cosa?

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