El don

Aquella era posiblemente la silla más incómoda de todo el hospital. Agarraba la mano de su esposa con ternura. Hacía mucho calor. Ella estaba despeinada y exhausta. Las contracciones cada vez eran más dolorosas.

Mario la miraba con una sonrisa serena. Había un brillo muy especial en sus ojos. “Te quiero. Eres el amor de mi vida”, le repetía a cada instante. Y la besaba tiernamente.

Eran las 3 de la mañana. La puerta de la habitación se abrió lentamente y una nueva enfermera se acercó a ver a Sofía. Era joven y muy simpática, con una sonrisa bonita y unos ojos alegres. Al acercarse a la cama rozó con su mano el hombro de Mario.

Mario volvió a sentirlo. Vio a aquella enfermera sentada en un sofá de cuero gris, vestida con una camisa de flores y una falda marrón. Tendría unos ochenta años. A pesar de haber envejecido mucho seguía conservando aquella preciosa sonrisa. A su lado roncaba un hombre de aproximadamente su misma edad. Ella inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado y cerró los ojos. Ya no los abriría más. Su muerte sería dulce. Mario se alegró por la joven.

La primera vez que lo sintió fue en el colegio. Él tenía unos ocho años y le encantaba hablar con su compañero de pupitre, Carlos. Un día, mientras el maestro dibujaba unos círculos en la pizarra Carlos dibujó en la mesa a Gloria, una chica de clase muy tímida que llevaba siempre unas gafas enormes y dos coletas a los lados. El dibujo era tan horrible que Mario empezó a reír sin parar. El maestro se acercó para recriminarle que no estaba prestando atención y agarró su brazo.

Fue en aquel justo instante cuando tuvo su primera visión. Vio a su maestro escribiendo en la pizarra, con un jersey de cuadros rojos. Los niños lo observaban en silencio. La tiza cayó al suelo repentinamente. Don Pablo, que así se llamaba, se agarró el pecho con los brazos y acto seguido cayó al suelo con los ojos totalmente en blanco.

Al volver en sí Mario se puso a gritar y salió corriendo fuera de clase. Se escondió en uno de los baños y permaneció allí llorando, en shock. Cuando los profesores lo encontraron lo llevaron a casa. Mario contó todo a sus padres, pero claro, por aquel entonces ellos achacaron aquel comportamiento a algún problema con algún compañero y no le dieron importancia.

El día siguiente, Don Pablo entró a clase con un jersey de cuadros rojos. Mario permaneció en silencio, convenciéndose a sí mismo de que lo que sintió el día anterior sólo había sido una pesadilla. A los diez minutos de clase, Don Pablo comenzó a dibujar unos círculos en la pizarra. La tiza cayó al suelo…

Aquellos fueron unos tiempos muy duros para él. Tuvo visiones de la muerte de sus padres, de familiares, amigos y conocidos. Para él era una auténtica maldición. Muchas veces intentó cambiar el curso de los acontecimientos, pero todos sus intentos fueron inútiles. Al final comprendió que aquello que le pasaba no tenía como fin que las cosas sucedieran de otra forma.

Sólo sus padres conocían su secreto. En cierta manera ellos fueron los que lo ayudaron a ver aquella “habilidad” suya como un don. Le hicieron comprender lo importante que era cada minuto que pasaba con aquellos a los que amaba. Poco a poco, aprendió a saborear cada segundo con los suyos, a pesar de que, llegado el momento sufría enormemente cada pérdida.

A Sofía nunca le habló de su don. Llevaban cuatro años casados y Mario tenía la absoluta certeza de que era la mujer más maravillosa que había conocido y conocería nunca. Seguía observándola en la cama. A pesar del dolor, estaba muy feliz. Tenía tantas ganas de tener aquel bebé. Habían pasado tardes discutiendo por el nombre de la niña. Al final Sofía decidió que se llamaría Clara. Mario aceptó. Casi nunca discutía con ella.

Las últimas contracciones habían sido muy intensas. Una de las matronas avisó a Mario de que era el momento de bajarla al quirófano.

Mario se acercó a Sofía, la miró a los ojos y la besó. Un beso lento y suave.  –“Te quiero, mi amor, nos veremos pronto”, dijo, y vio como se la llevaban.

La enfermera risueña le dijo a Mario que podía acompañarlos a quirófano, pero Mario contestó que prefería tomar un poco el aire. Se dirigió al ascensor y subió hasta la azotea. Encendió un cigarrillo y le dio unas caladas mientras sonreía. Una lágrima recorrió lentamente su mejilla. Tiró el cigarrillo, se acercó al bordillo y saltó.

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa...

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