Ela

Angie llegó a casa, soltó su abrigo sobre uno de los sofás del salón y entró en la pequeña salita. Ela estaba dormida en su vieja mecedora de cuero marrón junto a la ventana, con la cabeza reclinada hacia atrás sobre un tapete de hilo blanco. El día era cálido y los rayos de sol atravesaban las cortinas haciendo brillar su pelo cobrizo.

Sujetaba entre sus dedos una vieja foto de su marido, en blanco y negro, gastada por tantos años de caricias y anhelos. Los surcos de las lágrimas aún no se habían secado. Angie se sentó en una silla junto a ella y la observó durante unos minutos.

Lo único que sabía de su abuelo es que la abandonó cuando su madre era aún una niña. Se marchó en busca de trabajo y nunca más supieron de él. Su abuela salió adelante compaginando el trabajo de asistenta por la mañana con el de costurera por las noches.

La abuela abrió los ojos lentamente y vio a Angie a su lado. Guardó con disimulo la fotografía en uno de los bolsillos de su bata, sonrió a Angie con ternura, se levantó y la abrazó. —Me he quedado sopita —dijo Ela al tiempo que soltaba una carcajada lenta y aguda.

Seguidamente se dirigió a la cocina, sacó la vieja cafetera y preparó café para las dos. Pasaron la tarde hablando animadamente sobre la vida y obra de Mercedes, una vecina bigotuda con un marido, Mateo, que nunca se enteraba de nada y que era un auténtico desastre.

Al día siguiente, Angie había quedado para tomar unas cervezas con Julio y Bea, dos compañeros de la facultad, y entre copas les contó la escena del día anterior, con su abuela llorando mientras sujetaba la foto de su abuelo y lo triste y cansada que la había encontrado.

La imagen la había impactado y aunque sus amigos trataban de quitarle hierro al asunto, sentía la necesidad de ayudar a Ela, de alegrarla, o al menos, de mitigar en parte aquel dolor. Y sabía perfectamente cómo quería hacerlo…

En la siguiente visita que le hizo a su abuela, mientras charlaban café en mano, Angie leyó en su móvil varias noticias de un periódico local. Entre ellas fingió leer una noticia relativa a la oficina postal del pueblo. —Por lo visto —comentó —Han encontrado en uno de los sótanos de la oficina, decenas de sacas con cartas antiguas que alguien almacenó ahí. Los de Correos han pedido disculpas y dicen que harán lo posible por encontrar a sus destinatarios y entregarlas. —concluyó, después de lo cual continuaron charlando sin darle mayor importancia.

Esa semana preparó la primera carta. En ella su abuelo le contaba a Ela que la amaba muchísimo, que la echaba de menos y que, a pesar de que el trabajo estaba muy mal, tuvo suerte y había entrado a formar parte del servicio de un empresario rico del norte.

Angie tuvo que hacer cómplices a sus amigos para que la ayudaran con el engaño. Bea y ella se encargaron de darle a la carta un aspecto lo más realista posible. Arrugaban el papel,  previamente impregnado en té negro, y lo horneaban hasta que adoptaba una apariencia envejecida. Además buscaron por internet sellos antiguos y direcciones lo más realistas posibles. El cartero habitual de aquella zona era un conocido de Julio, así que no fue difícil meterlo también en el ajo.

El día que entregaron la primera carta estaba muy nerviosa. El cartero le mandó un mensaje minutos antes de entregar el reparto y ella misma se encargó de recibirla. Con toda la cara de sorpresa que fue capaz de fingir, le enseñó la carta a Ela. Su abuela le pidió que la leyera en voz alta. Escuchó con atención desde la primera palabra hasta la última. Cuando terminó la lectura una sonrisa se dibujó en su cara y no la abandonó durante el resto del día.

Aquella noche, Angie acabó tan satisfecha con la respuesta de su abuela, que decidió que aquello no acabaría allí. Aquella carta fue la primera de muchas.

Durante la semana le daba forma a la vida ficticia de su abuelo. Lo llevaba a visitar ciudades por Europa, a conocer lugares y a gente peculiar y en cada carta nunca faltaban las muestras de cariño hacia Ela. Incluso en alguna soltaba alguna broma picante, que la hacía sonrojar y estallar en alguna que otra carcajada.

Poco a poco la abuela se fue animando. Cambiaron los cafés en la salita por cafés en las cafetería de la ciudad,  acompañados de paseos al parque, visitas a la peluquería y a las tiendas y alguna que otra tarde de teatro. Ela estaba radiante y Angie disfrutaba cada minuto que pasaban juntas.

El tiempo trascurrió feliz hasta que una tarde de Febrero, Angie la encontró más pálida de lo habitual. Llamaron a su madre y fueron al Hospital. Los médicos dijeron que tendrían que hacerle varias pruebas y que la dejarían ingresada unos días para poder controlarla. Al parecer tenía algún tipo de infección.

Los días pasaron a ser semanas, pero a pesar de todo, siguió preparando las cartas y llevándoselas cada sábado por la tarde a Ela. Aunque estaba intubada y débil, al finalizar la lectura de cada una de ellas, la abuela sonreía con ternura.

Un miércoles por mañana recibió la llamada de su madre. La situación de su abuela había empeorado y finalmente falleció. Angie volvió en tren a casa, sin poder controlar las lágrimas durante el camino, se reencontró con su familia y juntos afrontaron el tremendo dolor de aquella terrible pérdida. Estaba destrozada.

Tras el entierro, una joven se acercó a ella y le presentó sus respetos. La recordaba. Era una de las enfermeras que había cuidado a su abuela durante su estancia en el Hospital. —Ela me hizo prometer que se la entregaría, señorita —dijo mientras le entregaba un sobre. Acto seguido se marchó.

Guardó la carta en el bolso y le pidió a Julio y a Bea que la llevaran una última vez a casa de Ela. Quería respirar el olor de sus paredes, de su ropa, volver a sentirla cerca una última vez.

Angie entró en la casa, se sentó en la vieja mecedora y abrió el sobre. El trazo de las letras era tembloroso. Las gotas de perfume con olor a jazmín que Ela solía echarse en las muñecas habían impregnado toda la hoja. La carta Apenas contenía un par de líneas:

“Creo que me perderé el final de la historia. Te quiero muchísimo y estoy muy orgullosa de ti.

P.D.- Tu abuelo, querida, nunca aprendió a escribir.”

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa...

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