Héroe

Todavía estaba temblando. Se miraba al espejo, con una mano apoyada en el lavabo mientras con la otra se apartaba el pelo de la cara. – “¿Pero qué estás haciendo, Cárol?” se dijo a sí misma.

Cogió el bote de alcohol y unas gasas y volvió al salón. Él estaba sentado en el sofá, con las manos sobre las rodillas, reclinado hacia delante y con el rostro tenso. Tenía el pómulo algo hinchado y una pequeña herida de la que manaba un hilo de sangre. Ella dejó el alcohol y las gasas sobre una mesa mientras en voz baja le dijo, – “Esto es todo mi botiquín, lo siento, soy un desastre con estas cosas”.

Todo había ocurrido muy deprisa. Cárol había salido tarde del trabajo, como le ocurría últimamente muy a menudo. Vestida con su falda de tubo gris y una blusa blanca caminaba con pasos cortos y firmes. A esas horas la calle estaba desierta y el sonido de sus tacones resonaba en cada ladrillo de aquel viejo barrio.

Ya casi había llegado a casa cuando un tipo enorme se plantó delante de ella. Tenía aspecto sucio, sudaba y parecía muy nervioso. Empezó a hablarle muy rápido mientras sorbía y se sacudía la nariz con el envés de la mano, – “¿Dónde vas preciosa? ¿Qué llevas en ese bolso?”. –“Tengo mucha prisa, disculpe, por favor”, contestó nerviosa mientras trataba de dejarlo atrás. El tipo la agarró por el brazo y le gritó – “¿Dónde te crees que vas, puta?”. Acto seguido, tiró de ella y la hizo caer de espaldas al suelo.

Cárol estaba muy asustada. Gimió de dolor y comenzó a llorar.

Una voz grave y firme resonó a su espalda -“¡Eh, tío, déjala tranquila!”. Cárol, que estaba aún en el suelo, vio como un hombre se interpuso entre su agresor y ella. El ladrón se encaró con él, -“¿Y tú qué mierda quieres, maldito negro?”. El hombre levantó las manos y con voz serena dijo: – “No quiero problemas, tío”. El agresor respiró hondo y colocó sus brazos en jarra. Miró al hombre durante un par de segundos y sonrió. –“¡Y una mierda!” gritó, al tiempo que soltaba un puñetazo sobre su cara.

Éste retrocedió unos pasos y casi cayó al suelo. Después clavó su mirada en aquel tipo, que sonreía desafiante, se puso en pie y se dirigió hacia él con decisión. En su rostro no había miedo, sólo ira. Cuando llegó a su altura, el ladrón soltó de nuevo el brazo, pero esta vez él consiguió esquivarlo arqueando la espalda y tras hacerlo lanzó su contraataque. Golpeó primero su rostro con el puño izquierdo y después descargó toda su rabia asestándole un derechazo en el centro de la nariz. El ladrón cayó de espaldas y se golpeó contra el asfalto. Se tapó la nariz con las manos, pero la sangre manaba a borbotones. Mientras, el hombre lo observaba inmóvil con los puños apretados a la altura de su cintura. El tipo lo miró, se levantó y se marchó corriendo mientras maldecía a toda su raza.

Shamal se acercó a Cárol y la ayudó a levantarse. Después, recogió su bolso del suelo y sin mediar palabra se lo ofreció. – “¿Se encuentra bien, señorita?”. Cárol asintió con la cabeza. –“Debería irse a casa”. Carol vio su pómulo del hombre sangrando. –“Está usted herido”, le dijo. –“Es sólo un rasguño, no se preocupe” contestó él. Ella le dijo que vivía justo al lado y le rogó que pasase a casa a lavarse un poco y a curarse esa herida. Al fin y al cabo era lo menos que podía hacer. La acababa de salvar de un atraco y quién sabe de qué más.

Y allí estaba, sentado en su sofá, herido y manchado de sangre.

Le pidió amablemente que se quitara la camisa para tratar de limpiarla un poco. Al principio Shamal se negó, pero ella insistió. Cuando se desnudó, Cárol no pudo evitar sonrojarse. El chico tenía un gran cuerpo, una mandíbula de hierro y unos hoyuelos maravillosos. Le encantaban los hoyuelos.

Ruborizada y casi sin mirarlo a los ojos, cogió la camisa y la llevó al baño. La limpió lo mejor que pudo con agua fría, volvió al salón y la dejó caer sobre el respaldo de una silla. Después se acercó hasta el sofá y se sentó a su lado. Tomó una gasa y la impregnó de alcohol. –“Permítame”, le dijo. Cárol se reclinó un poco, apoyó una mano sobre el muslo de Shamal y poco a poco fue limpiando alrededor de la herida.

Él la miraba en silencio. Al reclinarse para limpiarlo, la camisa de Cárol dejó entrever su escote. Aunque Shamal trataba de distraer la mirada observando la habitación, no pudo evitar lanzar una mirada furtiva a sus senos.

Cárol se percató de ello, y durante una milésima de segundo dejó escapar la mueca de una sonrisa. ¿Qué estaba pasando allí?

Aquel hombre, que hace apenas unos instantes luchaba como una fiera, se encontraba avergonzado y arrinconado por su escote. Le pareció muy tierno y, por otra parte, esa sensación de poder la excitó profundamente.

Se acercó un poco más. Apoyó la rodilla en el sofá dejando caer parte de su cuerpo sobre la pierna de Shamal, que permanecía callado, mirándola, con sus enormes ojos negros.  Sus rostros estaban muy cerca ahora, a escasos centímetros. Siguió limpiando muy despacio la herida. Acto seguido, apoyó la otra rodilla justo entre sus piernas. Al tocar la herida con la gasa empapada en alcohol, Shamal tensó los labios de dolor y, casi sin darle tiempo a reaccionar, Cárol acercó su boca y lo besó. Un beso corto y rápido. Se apartó y lo miró a los ojos. Volvió a besarlo, esta vez mucho más suave. Se separó otra vez mirándole a los ojos y lentamente, subió la mano por el muslo buscando su entrepierna. Cárol ya lo había decidido, se iba a follar a Shamal y lo iba a hacer ahora.

Shamal contuvo la respiración. Cuando el pulgar de Cárol rozó su sexo, la expresión impasible de Shamal cambió por completo. Era aquella mirada, la misma que durante la pelea, sin titubeos, decidida, sin miedo. Él elevó su enorme mano, la llevó al cuello de Cárol, enredó sus dedos con su pelo y empujó su cabeza hasta acercarla a su boca. Comenzó a devorarla con sus enormes labios. Mientras tanto, su otra mano recorrió la espalda de Cárol hasta llegar a su trasero. Lo apretó con fuerza. Tanta que Cárol dejó escapar un pequeño suspiro.

Ella comenzó a arrastrar la mano sobre el pantalón de Shamal, acariciando su miembro. Mientras disfrutaba de cada uno de los suaves bocados que Shamal le daba, recorría con su mano aquel cuerpo fuerte y terso. Él comenzó a desabrochar los botones de su camisa. Bajo sus labios ansiosos hasta sus pechos y los besó con fuerza. Bajó una de las copas del sujetador y comenzó a succionar y a lamer el rosado pezón de Cárol.

Ella suspiraba con la cabeza ligeramente caída hacia atrás y con los ojos entornados. Dobló el brazo y desabrochó el sujetador dejando sus tetas al descubierto. Se propuso domar a aquella bestia. Con sus manos lo empujó hasta el sofá, lo hizo sentarse. Clavó sus rodillas en el suelo y mientras miraba a Shamal a los ojos, bajó la cremallera de su pantalón, agarró su verga y comenzó a masajearla suavemente. Humedeció su lengua, inclinó su miembro hacia atrás y comenzó a lamerlo muy despacio. Se lo metió en la boca. Succionó lenta y profundamente, arrastrando su lengua mientras lo hacía. Llevó su otra mano debajo de su falda y comenzó a acariciar sus braguitas, empapadas por el deseo recorriendo con su dedo índice el encaje de su ropa interior y apartándolo hasta conseguir dejar su coño al descubierto. Tuvo que sacar aquella enorme polla de su boca para poder humedecer sus dedos. Después volvió a chuparla con fuerza mientras se masturbaba suavemente. Su clítoris estaba hinchado por el deseo tan brutal que provocaba aquella enorme polla. Necesitaba sentirla dentro de su cuerpo. Se sentó a horcajadas sobre él, se la introdujo y comenzó a follárselo, balanceándose suavemente sobre Shamal, arrastrando sobre su pubis su coño empapado en flujo.

Shamal, que hasta entonces tenía posadas las manos sobre la cintura de Cárol, las arrastró hasta el centro de su espalda y arqueó los dedos y los hundió en ella como si de unas garras se trataran. Desde aquel momento Cárol comprendió que aquel tipo era salvaje y que cualquier intento de llevar el control sería en vano. Se dejó llevar por cada una de sus embestidas. Sentía como su polla la perforaba una y otra vez mientras su boca devoraba cada rincón de su cuerpo, que temblaba con cada caricia, ardiente, entregado.

Shamal cesó las embestidas, colocó ambas palmas sobre su espalda y la levantó en peso. Giró el cuerpo de Cárol y lo dejó caer sobre el sofá. Ella guardaba silencio, sumisa a la voluntad de Shamal. Él le dio la vuelta, agarró su pelo y comenzó a follársela por detrás. Cárol ni siquiera podía articular palabra. De su boca sólo escapaba un gemido tras otro. Permanecía con los ojos cerrados y las cejas arqueadas como quien se abandona al llanto. Sus gemidos se hicieron más intensos hasta que llegado el momento, incapaz de controlar su cuerpo, alcanzó el orgasmo. Sentía como las paredes de su coño temblaban mientras Shamal continuaba penetrándola. Incapaz de mantenerse erguida, estiró los brazos y apoyó su cabeza sobre el sofá. Pasados unos segundos sintió como Shamal sacó su polla y derramó su cálido semen sobre su espalda.

Permanecieron quietos durante unos segundos, oyendo sólo su propia respiración. Shamal mantenía las manos apoyadas en las caderas de Cárol. Ella disfrutaba de aquellos momentos con la polla de Shamal descansando sobre su trasero bañado en esperma.

Acto seguido, él se subió los pantalones, agarró la camisa del respaldo de la silla y se la puso muy despacio. Después se dirigió hacia la puerta.

Recostada de lado en el sillón, mientras recuperaba el aliento, miró como él agarraba el pomo de la puerta de la calle y le gritó –“¡Eh! ¡Eres mi héroe!”. Shamal giró la cabeza, la miró y por primera vez en toda la noche sonrió. -“Tengo que marcharme, seguro que están atracando a alguien en alguna parte”, dijo mientras guiñaba un ojo. Cerró la puerta y se fue.

Ella se dejó caer boca arriba sobre el sofá y comenzó a reír a carcajadas –“¡Mi puto héroe!”.

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa...

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