La casa

La casa era preciosa. Paredes blancas de madera con remates en las esquinas y enormes ventanales con contraventanas oscuras. Estaba situada sobre una pequeña colina junto a un imponente roble que salpicaba con hojas de color cobrizo el verde intenso del pasto. La temperatura era suave y corría una ligera brisa. Los rayos de sol hacían brillar las flores de los pequeños maceteros colocados junto a la puerta de entrada.

Llevaba un rato contemplándola. Le fascinaban la arquitectura y la decoración de aquel maravilloso lugar. Era el hogar perfecto. Se acercó despacio hasta la puerta. Levantó ligeramente el tacón de su pie derecho, lo observó y lo sacudió contra el suelo para desprender la tierra que quedaba adherida.

Golpeó tres veces la puerta con los nudillos. No obtuvo respuesta. Volvió a hacerlo con más intensidad, pero el resultado fue el mismo. Se dio por vencida. Cuando estaba girando su cuerpo para alejarse, con un gesto instintivo agarró el pomo de la puerta e intentó girarlo. La puerta se abrió. Era una casa grande, seguramente la familia estuviera en el patio trasero o en alguna de las estancias más alejadas de la entrada.

Entró tímidamente al recibidor y primero en voz baja y después subiendo el tono preguntó varias veces si había alguien en casa. Nadie respondió. Lucía pensó que no era prudente permanecer allí. Ya volvería en otra ocasión, cuando hubiera alguien y tomaría una taza de té con la dueña de la casa mientras intercambiaban ideas sobre cómo hacer el salón noble más acogedor o qué flores usar para decorar el porche.

Mientras recreaba mentalmente la escena escucho una risa procedente de la planta de arriba. Subió las escaleras deslizando la mano suavemente por la barandilla blanca de madera. Caminaba despacio. La moqueta azul que cubría el pasillo central apagaba el sonido de sus pasos. Las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Paró en seco. Todo estaba en silencio. Por un momento se preguntó si aquel ruido procedía sólo de su imaginación.

Entonces volvió a oír aquella risa. Era la risa de un bebé, estaba claro. Siguió recorriendo el pasillo, lentamente, agudizando su oído para encontrar la estancia exacta de la que procedía.

Por tercera vez aquella leve carcajada rompió el silencio.

Lucía identificó la puerta de la que procedía. La golpeó un par de veces suavemente, pero nadie respondió. La abrió y entró. Era el cuarto de un niño pequeño, con las paredes decoradas con papel de anchas rayas blancas y celestes, y cenefas de osos de peluche rodeadas de corazones. Al fondo una pequeña cuna de madera, con barrotes blancos, y un dosel.

Entre los barrotes se adivinaba la figura de un bebé de apenas unos meses. Estaba de espaldas a la puerta, casi desnudo, tapado sólo con una pequeña gasa blanca que cubría sus piernas. Su piel era blanca y su cabello corto y rubio. Estaba jugando con un peluche, se lo pasaba bien y no paraba de reírse.

Lucía lo observaba junto a la puerta. Reconoció el peluche, un conejo gris, con largas orejas, desgastado por el uso. Su hijo tenía uno igual.

La escena era muy extraña. ¿Por qué iba a dejar alguien a un bebé solo, sin cuidado? Se sentía indignada y preocupada. Fue acercándose lentamente a la cuna, mientras endulzando la voz iba llamando al bebé para no asustarlo. “Hola guapo, soy Lucía, dónde está tu mamá”. El bebé seguía jugando con su conejito, sin atender a sus palabras.

A medida que se acercaba, la disposición de los muebles, de los cuadros, aquellos colores, se le hacían cada vez más familiares. “Siempre soñé con una casa así, es normal que lo asocie”, se convenció antes de continuar acercándose.

A sólo dos pasos de la cuna, sobre una pequeña cómoda, Lucía reparó en un pequeño porta retratos. Su corazón dio un vuelco. Una gota de sudor helado cayó desde su nuca clavándose como un alfiler en cada poro que recorría de su espalda mientras su cabeza comenzó a negar lentamente, balanceándose de izquierda a derecha.

Era una fotografía suya, junto a su marido y su pequeño bebé, Íñigo.

Lucía estaba aterrada. Las lágrimas brotaban de su tenso rostro y su respiración se aceleraba a cada segundo. Aquello era macabro. Ni siquiera podía moverse.

El pequeño Íñigo había muerto hace un año, justo hoy, en la cama de un hospital a causa de una neumonía. Su mundo se había hundido por completo. Incluso en varias ocasiones, sumida en una terrible depresión, se había planteado acabar con su vida. Un corte certero en las venas, una botella de ginebra y un baño caliente y todo ese dolor se esfumaría de una maldita vez.

Con el tiempo y con la ayuda de su marido, Luis, poco a poco lo fue superando. Luis era su mayor apoyo, siempre sereno, siempre en su sitio. Él también sufrió una terrible agonía con la muerte del pequeño, pero nunca se derrumbó, al menos nunca delante de Lucía.

Y alguien se había propuesto que reviviera aquella pesadilla.

Lucía giró su cabeza lentamente. El niño seguía de espaldas, pero ya no estaba jugando. Hizo acopio de las pocas fuerzas que su cuerpo le proporcionaba en aquellos momentos. No podía parar de temblar. Las rodillas apenas la sostenían. Arrastró lentamente los pies acercándose a la cuna. Poco a poco fue acercando su mano a la espalda del bebé hasta alcanzar con sus dedos el hombro del pequeño.

El bebé se giró despacio. Tenía una nariz diminuta, unos pequeños labios rosados y unos ojos enormes del color del cielo que permanecieron clavados en Lucía, inmóviles. Ni siquiera pestañeaba.

El dolor rompió el cuerpo de Lucía. Sus ojos estaban abiertos hasta el límite de lo humanamente posible, al igual que su boca. Su cuerpo se estremecía y las lágrimas, que habían bañado todo su rostro, paseaban apresuradas por su cuello.

Aquel grito salió trepando por su garganta arañándole las entrañas: ¡Íñigo!

El bebé, de apenas unos meses, movió sus labios: “Ya estás aquí, mamá”.

Lucía despertó sobresaltada y comenzó a llorar. Miró a su alrededor. Vio el salpicadero del coche, las ventanillas y las luces moviéndose en la carretera. Los limpiaparabrisas trabajaban a marchas forzadas y a su lado Luis entornaba los ojos para tratar seguir las líneas blancas a través de aquella maldita lluvia.

Ella seguía llorando, temblando y respirando con dificultad. Luis la miró por un momento, sujetó su mano y con su voz serena le dijo: “Tranquila, sólo ha sido un sueño”. Ella le devolvió su mirada y emitió un profundo suspiro con el aliento aún entrecortado. “Era tan real”, dijo Lucía mientras aquella última lágrima surcaba su rostro hasta morir en sus labios…

Los faros del camión iluminaron su rostro, al fin sereno. El sonido de aquel claxon fue lo último que escucharon.

“Hola Íñigo, mami está en casa”.

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy
He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa…

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