Mari Loli

Hoy voy a hacer el amor con Mari Loli. Me lo ha dicho ella. Después de sólo dos añitos de relación, parece que por fin se ha decidido. Estoy algo nervioso, la verdad. A mis tiernos 28 años, la idea de perder la virginidad me ilusiona profundamente. Y lo haré con ella, con mi Mari Loli, el amor de mi vida.

Nos conocimos en el instituto. Nuestras clases estaban juntas. Yo que siempre he sido un chico desgarbado y solitario, la veía caminar por los pasillos, siempre despistada, siempre tarde, con su cabello castaño lleno de rizos rebeldes y aquellas gafas de pasta que escondían unos preciosos ojos de color verde oscuro.

Nunca fui capaz de hablarle. Ni tan siquiera era capaz de mantener la mirada en alto por miedo a que sus ojos encontraran los míos.

Pasaron los años y yo que era un zote en los estudios acabé trabajando de repartidor en una pizzería del barrio. Llevaba un vespino verde, una bomber negra en invierno y un polo con el logotipo de la pizzería en verano.

Mari Loli acabó dedicándose a la música. Era por lo visto una virtuosa del piano. Estuvo algunos años trabajando fuera hasta que al cabo del tiempo la destinaron al conservatorio de un pueblo cercano y acabó alquilando un piso cerca del barrio junto con tres amigas del trabajo.

Aún recuerdo el primer viernes que le entregué pizza. Me abrió la puerta vestida con pantalón de chándal y una camiseta vieja de propaganda, con aquellos rizos maravillosamente alborotados y aquellos preciosos ojos escondidos ahora tras unas gafas sin montura. Casi no fui capaz de abrir la boca. “¿Te conozco de algo?” me dijo. “El instituto, segundo B”, respondí. Sonrió, “¡El chico de la ventana! Ya no llevas ese bigotito”, “Por suerte”, respondí sonriendo.

Estuvimos un largo rato hablando, compartiendo recuerdos de aquellos tiempos. Desde entonces cada viernes a las 9:30 llamaba para encargar una “cuatro estaciones”. La semana se me hacía eterna esperando ese día. Cuando por fin le hacía la entrega siempre aprovechaba para charlar con ella e intentaba estirar cada minuto de conversación hasta el infinito. Sus amigas cuchicheaban y reían desde el sofá del salón, pero a mí no me importaba lo más mínimo. Después me tocaba aguantar la bronca del jefe por haber repartido tan sumamente tarde el resto de las pizzas.

Cada vez era más frecuente coincidir con ella por la ciudad, sobre todo porque ella era una chica de costumbres y yo hice todo lo posible por conocer esas costumbres y favorecer los tropiezos. Un día la invité a un café, otro a una cerveza y, como quien no quiere la cosa acabamos saliendo juntos.

Era una chica extremadamente tímida. Tardó cinco meses en dejarme besarla. Fue una noche, después del trabajo. La recogí en mi vespino y fuimos a dar un paseo por el centro. Después la dejé en la puerta del portal. Muy nervioso, le cogí la mano, apreté fuerte los ojos y le planté un besazo en los morros. Por un momento, antes de devolverme el beso, sentí entre sus labios se escapaba una tímida sonrisa.

Entonces se abrió la veda. Ya no podía parar de besarla. Ninguno de los dos tuvo nunca novio. Éramos introvertidos, unos tímidos enfermizos que apenas levantábamos la vista salvo para mirarnos el uno al otro. Y ahí estábamos, comiéndonos a besos en posturas imposibles para una mandíbula humana. Aprendiendo a colocar los labios, a manejar la lengua, a gestionar el flujo de saliva… A veces, al tragar, se me escapaba un desagradable sonido, pero Mari Loli nunca me dijo nada. Poco a poco la técnica fue mejorando y el deseo creciendo.

Una tarde de Noviembre, en un parque, cuando ya llevábamos 11 meses saliendo conseguí armarme de valor y acariciarle una nalga. Ella apartó mi mano con suavidad. Yo me moría de la vergüenza. Tardé un mes más en volver a intentarlo de nuevo, pero en esta ocasión Mari Loli no me detuvo.

Por aquellos días, siempre que llegaba a casa tenía que enjuagar los calzoncillos y camuflarlos como podía con el resto de la ropa sucia porque llegaban acartonados. También intensifique mi relación con la pornografía porque tenía que darle salida a toda esa tensión sexual acumulada. Como sólo teníamos tele en el salón, esperaba a que padre y madre estuvieran cansados y fueran a acostarse y yo siempre me quedaba despierto “un rato más” para ver cualquier competición súper interesante que estuvieran echando en el canal de deportes. Una prueba de atletismo, esquí de fondo, natación o aquellos apasionantes partidos de curling. ¿A quién no le apasiona el curling? Después, al escuchar el primer ronquido, cambiaba al canal autonómico y se obraba el milagro.

El día que conseguí acariciarle por primera vez un pecho casi se me sale el corazón por la boca. Llegué a casa con la mano arañada por los aros del sujetador, con un churretón en el pantalón y una sonrisa de oreja a oreja. Desde entonces Mari Loli tenía que afanarse en frenar mis manos, que buscaban su cuerpo con ansia y sin control. En cierta manera y aunque se me antojaba un suplicio, cuando llegaba a casa me hacía gracia pensar como conseguía detenerme. En mi cabeza la imagen se presentaba como si en el videojuego “Street Fighters”, “Chun li” tratara de defenderse del ataque de las mil manos de “Honda”.

Y la lucha continuó hasta ayer. Le dije que padre y madre iban a hacer un viaje de tres días al pueblo para visitar a una de mis tías. Ella perdió la mirada un segundo, luego clavó sus ojos en los míos y me dijo: “Hoy dormiré contigo”. Sólo asentí.

Y aquí estoy, muerto de los nervios. Padre me dijo que marcharían sobre las ocho, pero se han retrasado. Son casi las nueve y ella llegará a las diez. Tengo una hora para prepararlo todo porque quiero que esta noche sea inolvidable.

Paso primero, ventilar el cuarto. Me ducho todos los días, pero el sudor de mis pies es algo fuerte. Sacaré las zapatillas del cuarto, las pondré en la ventana del patio y confiaré en que no empiecen a caer palomas muertas asfixiadas por el olor.

Paso segundo, aseo personal. Una buena ducha y un buen afeitado. No sé si sería conveniente masturbarse antes. No tengo datos objetivos sobre cuanto duraré en el acto y he escuchado que a veces es buena idea “descargar” antes, pero tengo miedo de perder la fuerza de esta primera erección y que luego, Dios no lo quiera, no se me levante el soldadito. Hablando del soldadito, hay que examinarlo. No tiene nada que ver con lo que he visto en las películas. El mío es… normal. Seguro que si fuera como el de las películas le haría daño a Mari Loli. No, eso nunca. De todas formas voy a coger las tijeritas de las uñas y voy a recortar un poco el seto. Así sí, arregladito. ¡Parece más grande y todo! Buen trabajo, José Luis.

Paso tercero, preparar el preservativo. Nunca he comprado ninguno por vergüenza, pero sé dónde los esconde padre. En el cajón de los calcetines, bajo unos pañuelos de tela. Llevo controlándolo todo el mes. Este mes padre no ha tenido suerte. Siguen los mismos seis condones en la caja. Si le quito uno no creo que lo eche en falta hasta el día de su cumpleaños. Nota mental: “Eliminar de mi cabeza la imagen de padre haciendo esas cosas inmediatamente”.

Por último, ponerse ropa sexy y música de ambiente. Ropa sexy. Sigo usando calzoncillos Abanderado de los que me compra madre. Me pondré el más nuevo y que sea lo que Dios quiera. En cuanto a la música, a Mari Loli le gusta la música clásica, pero no quiero dormirla. Tampoco creo que mi colección de Metallica sea la adecuada para este momento. Pondré algo de Alex Ubago y rezaré para que no se suicide.

¡Suena el timbre, es ella!

La invito a pasar. Se sienta en una silla del salón, sonrojada, mirando hacia el suelo y con las manos apoyadas en la rodilla. La tomo de la mano y le enseño la casa. He sido hábil y he dejado mi dormitorio para el final. Mira mis posters, mi colección de videojuegos, mi colcha del Real Madrid. Ahora que lo pienso sigo con el cuarto de un niño de quince años. Qué vergüenza, Dios mío, quiero que me trague la tierra.

Se coloca frente a mí. Sigo muy nervioso y comienzo a hablar sin control. Del trabajo, del tiempo… Ella sólo me mira. Inesperadamente, mientras hablo, la veo como toma aliento y se lanza contra mis labios. ¡Ay madre!

Comenzamos a besarnos desenfrenadamente. Todos los meses de aprendizaje se han ido al garete. En una de las mordidas nos hemos chocado los dientes y casi nos echamos la boca abajo. Pero nos da igual. Seguimos besándonos.

Ella para y se aleja un poco. Yo quiero seguir atacándola, pero ella coloca su mano en mi pecho y me aleja. “¿Qué pasa?” balbuceo nervioso “¿Qué he hecho?”. “Nada tonto” contesta ella, que comienza a desabrocharse la blusa mientras me mira nerviosa. También se baja la falda. Mis ojos contemplan un conjunto de braguitas y sujetador de Hello Kitty. Juro por Dios que adoro a esa gatita. Se detiene de nuevo y me mira durante dos segundos. Toma aire y se quita el conjunto. Permanece inmóvil. Yo estoy muy nervioso. Como si de una competición olímpica se tratara, me deshago con dos rápidos movimientos de mi camiseta, el pantalón y los calzoncillos. “¡Medalla de oro en despelote, sí señor!” pienso.

Los dos permanecemos clavados en nuestro sitio, observándonos. Hay demasiada tensión contenida. Miro a mi soldadito, lo señalo, la miro a ella y le digo “¡Esto es lo que hay!”. Ella suelta la carcajada más grande que le he oído jamás. Los dos reímos sin parar. La risa se va apagando pero la sonrisa sigue clavada en nuestros rostros. Poco a poco, suavemente nos acercamos, nos acariciamos la cara. Nos abrazamos. Juntos nos tumbamos en la cama.

Los escasos minutos que vienen a continuación son torpes, apresurados, tiernos… Con el tiempo iremos mejorando, seguro, pero ningún momento será tan mágico como este, porque siempre soñé que sería con ella, aquella chica despistada, la de las gafitas y los rizos locos. Mi amor. Mi Mari Loli.

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy
He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa…

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