Tatuaje

El ancla que aquel tipo tenía tatuada en la mano no paraba de bailar mientras repartía las cartas sobre la vieja mesa de camping blanca. Tomás recogió la carta que le habían servido y, sin levantarla, la arrastró junto a las otras cuatro haciendo un taco con ellas. “¿Por qué un ancla, jefe?”, preguntó. “Mi viejo era pescador. Es mi pequeño homenaje, supongo. ¿Por qué un demonio?”. “Es una larga historia”, contestó él.

Con la punta de los dedos fue separando las esquinas para ver la jugada. Miró a los demás jugadores y sonrió. “Vamos, novato, te estás marcando un farol”, le dijo el hombre del ancla mirándolo fijamente. Él le mantuvo la mirada, se encogió de hombros y volvió a sonreír.

El sonido de la alarma congeló su rostro durante un par de segundos. Los demás se levantaron apresurados de la mesa y salieron corriendo. Uno de ellos le palmeó en el hombro, “¡Vamos novato, que hoy te estrenas!”. Mientras se lamentaba, dejó caer sobre la mesa un full de jotas y cuatros.

Su primer incendio. Sólo llevaba una semana en el cuerpo pero tras tanto tiempo preparándose estaba ansioso porque empezara la acción. Sus compañeros eran rápidos, así que trató de no quedarse atrás. Se vistió, tomó su equipo y subió al camión. Salieron de la estación y el conductor accionó la sirena. “¡Creo que el nuevo se ha empalmado!”, gritó uno de ellos, y todos rompieron a reír a carcajadas.

A medida que se acercaban al incendio, aquellos rostros relajados fueron tensándose, conscientes del peligro al que se enfrentaban. El fuego era traicionero y entre las llamas no había lugar para los errores.

El humo envolvía un viejo edificio de tres plantas situado a las afueras de la ciudad, habitado en su mayoría por inmigrantes y gente de dudosa calaña. Un yonqui se había quedado dormido mientras fumaba en una de las habitaciones de la segunda planta. El fuego lo consumió y se propagó con rapidez por las viejas paredes de madera. Las salidas estaban bloqueadas y había gente atrapada en la tercera planta.

Mientras los más veteranos se encargaban de ir sacando uno a uno a los que estaban atrapados, él refrescaba las salidas con la manguera a la espera de que llegara el apoyo. Uno de sus compañeros trajo, arropado por una manta húmeda a un chico de unos doce años que no paraba de gritar. “¡Mi padre aún está dentro, en el cuarto, ayúdenle!”.

El bombero que acompañaba al muchacho lo llevó hasta los sanitarios y se encorvó, agotado, para tomar algo de aire. “¿Puedes relevarme a la manguera?”, dijo Tomás, “Subiré a por el padre”. “Está muy feo, muchacho”, contestó el bombero. “¡Puedo hacerlo!”, insistió Tomás. El bombero asintió con la cabeza y agarró la manguera.

Tomás trepó por la escalinata y entró por una de las ventanas. El humo era muy intenso y apenas veía. Escuchó gritos procedentes de una de las estancias. Las llamas estaban consumiendo la estructura y sentía como crujía cada uno de sus pasos. Al llegar a la habitación vio a un hombre tumbado en el suelo, semidesnudo y tapándose la cabeza con los brazos. Al acercarse le llamó la atención el tatuaje de su brazo. Un ángel de cara triste y cabellos largos con las alas desplegadas y las manos rogando al cielo. Conocía ese tatuaje.

 

EL ÁNGEL

A Adrián no le gustaba trabajar en la noche. Se estaba preparando para ser policía, pero necesitaba el dinero, de manera que cuando lo llamaban para cubrir alguna fiesta se sacaba un extra trabajando de portero en una discoteca de la ciudad.

Solía avisar a su primo para que le hiciese compañía. Era varios años más joven que él, pero se habían criado prácticamente juntos y estaban muy unidos. Además era un chaval divertido que caía bien a casi todo el mundo y hacía más amena la espera.

Aquella noche hacía calor. Adrián reía con su primo en la puerta de la discoteca mientras la gente iba saliendo. Se acercaba la hora de cerrar y prometió a su primo que lo invitaría a desayunar en un bar cercano en cuanto acabara el turno. Un par de tipos insistían en la puerta para que les dejara entrar a tomarse la última. “Lo siento, estamos cerrando”, contestó él por segunda vez, y siguió hablando animado con su primo. “¡Venga chaval, hostia, que parece que vas a heredar esto!”, le increpó uno de ellos agarrándolo por el hombro. Él lo apartó de un empujón y le señaló con el dedo, “¡Ni se le ocurra tocarme!”. El tipo se apartó.

“Como está el patio”, dijo Adrián a su primo y los dos volvieron a reír. El tipo con el que acababa de discutir se acercó por su espalda y chocó con él. Se guardó algo en uno de los bolsillos y siguió andando.

Tomás lo miraba mientras se alejaba. Tenía un tatuaje de un ángel en uno de sus brazos. Cuando volvió a mirar a su primo lo vio desplomarse hasta el suelo. De su espalda no paraba de brotar la sangre. La puñalada fue certera.

 

EL DIABLO

Fueron unos años duros para Tomás. Aquella pérdida fue un duro golpe para todos. Su carácter se enturbió y durante un tiempo torció el rumbo. Se adentró en el mundo de la noche, las drogas, las peleas…

Una de sus noches de borrachera acabó en una sala de tatuaje. Estuvo hojeando un cuaderno con decenas de bocetos. Se detuvo en la ilustración de un diablo de piel roja que sonreía malicioso. Golpeó el dibujo un par de veces con su dedo índice para indicarle al tatuador que ese era el elegido, dio un trago a un botellín de cerveza y se tumbó en la camilla.

Al despertar el día siguiente apenas recordaba nada. Vio su antebrazo vendado, se colocó ante el espejo y se deshizo de las gasas que cubrían el tatuaje. Aquella imagen le produjo un gran impacto. ¿En qué clase de persona se estaba convirtiendo? ¿Acaso distaba tanto aquel reflejo del que vería el asesino de su primo al asomarse al espejo?

Comprendió entonces que aquello tenía que acabar. Se refugió en su familia y dejó el alcohol y las drogas. Pensó en seguir los pasos de su difunto primo y hacerse policía, pero le repugnaba la simple idea de llevar un arma encima.

Una tarde en el gimnasio, un compañero que se preparaba para ser bombero le propuso que le ayudara en los entrenamientos. La idea estuvo rondándole varios días. Recordó aquella fatídica noche en la puerta de la discoteca. Ojalá hubiera sido médico para ayudar a su primo. Sabía que aquello estaba fuera de su alcance, no era tan buen estudiante, pero quizás sí podría ser bombero. Para Adrián ya era tarde, pero quien sabe a cuántos podría ayudar, cuántas vidas podría salvar.

 

LA CALAVERA HUMEANTE

El hombre vio acercarse al bombero y gritó pidiendo auxilio. Tomás lo levantó, colocó su brazo alrededor del cuello y consiguió incorporarlo. Tiró de él con todas sus fuerzas a través de la densa columna de humo hasta llegar al ventanal. Lo cargó al hombro y consiguió subirlo a la plataforma. Mientras la escalera descendía, aquel tipo le agarró de la manga, “Me ha salvado la vida, gracias, gracias, gracias…”, repetía.

Al llegar al suelo una pareja de sanitarios se llevó al hombre hasta la ambulancia. A lo lejos vio como el niño que su compañero había rescatado se fundía en un gran abrazo con su padre. Tomás caminó hasta el coche de bomberos, se sentó en el suelo apoyado en una de las ruedas y empezó a llorar. Mientras lo hacía, se subió la manga, dejó al descubierto su tatuaje y miró a su demonio directamente a los ojos.

Uno de los bomberos se acercó hasta él, se quitó el casco y la chaqueta y le tendió la mano. “Lo has hecho muy bien, novato, acabas de salvar tu primera vida”, le dijo. Tomás se agarró de la mano con el ancla tatuada y se levantó. Todavía quedaba trabajo por hacer.

Años después, en una moderna sala de tatuaje, Jacob soportaba el dolor de las agujas perforando su piel. El dibujo que eligió fue el de una calavera humeante. Quería tener presente durante el resto de sus días cómo habrían acabado él y su padre de no haber sido por aquellos bomberos que años atrás se jugaron el pellejo por salvarles.

Sólo quedaba un mes para su examen pero estaba seguro de que acabaría lográndolo. Sería bombero. Estaba decidido a dejar, tal y como hicieron con él, esa huella que dejan aquellos que son capaces de sacrificar su vida por los demás. Una huella que, al igual que un tatuaje, te acompaña imborrable durante el resto de tu vida.

 

FIN

Sobre El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa...

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