El Pantalón Negro

 

Ana abrió el armario y empezó a mover perchas hasta encontrar algo que le apeteciera ponerse esa mañana. Acababa de pesarse, al salir de la ducha, y en un mes de dieta estricta había adelgazado cinco kilos… ¡cinco kilos!. Se sentía capaz de comerse el mundo. Bueno, de comérselo no, que eso debía engordar un montón, pero si de hacer cosas grandes, como ponerse alguna prenda de las del rincón de “estoparacuandoadelgace”. El elegido apareció, de pronto, semienterrado entre un vaquero con lentejuelas y una falda de cuero verde: El Pantalón Negro. Con mayúsculas. El pantalón que llevaba aquel día, en Garamond, cuando conoció al mulato imponente con el que se marcó la mejor bachata de toda su vida. Ese pantalón llevaba oculto diez años en el armario, sepultado por leggings de la XXL y camisolas anchas bajo las que disimular un par de lorzas de más. Y hoy iba a ser el día de su resurrección. Junto con una camiseta entallada, ¡toma ya! ¡vivan las mujeres valientes! Se sentía tan bien que hasta decidió ponerse un tanga, así que abrió el cajón de la ropa interior erótico-festiva (sí, justo el que llevaba sin abrir más de cinco años) y, tras descartar varios trozos de encaje de diferentes colores que dentro de la cómoda habían encogido una barbaridad y ahora no pasaban de sus rodillas, se decidió por uno de algodón gris con dibujos de Hello Kitty. Claro que sí, para dar salida también a su lado ingenuo… y porque era el único que le entraba.


Después de ponerse la ropa interior y maquillarse, interrumpiendo el proceso unas doce veces para sacarse el maldito tanga de entre las cachas del culo, Ana volvió al dormitorio para ponerse El Pantalón Negro. Introdujo las piernas en sus respectivos orificios y, a la altura de las caderas, descubrió que los cinco kilos perdidos posiblemente no fueran suficientes para ponerse una prenda que vivió sus días de gloria cuando ella pesaba quince menos. Dudó un momento, pero, con el ánimo fortalecido por el tanga, el maquillaje y la imagen de la cifra vista en su báscula rosa, decidió practicar la forma que tenía de meterse los vaqueros en la adolescencia: dejando de respirar y dando botes tumbada boca arriba en la cama hasta demostrar quien manda, como en un rodeo de película americana. Necesitó diez minutos de sudores, resoplidos y movimientos que debían parecerse mucho a los juegos de una ballena saltando fuera del agua, pero consiguió embutirse los pantalones. Se levantó de la cama rígida como una tabla, porque sus muslos parecían haberse fusionado con la tripa y había perdido la capacidad de doblarse, se calzó unos zuecos de tacón para no tener que agacharse a abrochar nada, se retocó el maquillaje y salió de casa con una forma de caminar muy parecida a la de Robocop, pero feliz con su Pantalón Negro.

Ya en la calle, dedicó unos minutos a decidir que el asiento del coche estaba demasiado abajo como para atreverse siquiera a intentar sentarse, así que optó por el autobús, que paraba a unos escasos cien metros de su trabajo. Así podría ir de pie y, además, al caminar, hacer que los pantalones cedieran un poco, lo justo para poder sentarse en la oficina. Se colocó los auriculares con la música que ella llamaba “de venirse arriba” (básicamente, éxitos latinos) y se dirigió, contoneándose, a la parada del autobús.

Tras un trayecto sin nada destacable, excepto las miradas del conductor, que Ana tradujo como admirativas de sus posaderas y, en realidad, eran de desconcierto al ver que, con el 80% de los asientos libres, ella iba de pie y escorándose peligrosamente a derecha e izquierda en cada curva, el autobús llegó a destino. Ana reanudó su contoneo salsero y, al cabo de cinco minutos, entró en la oficina como quien camina por la alfombra roja, sonriendo a diestro y siniestro. Se dirigió a su mesa y, una vez allí, se sentó con lo que a ella le pareció una lentitud descuidada, pero que sus compañeros, preocupados, interpretaron como amenaza de lumbago. Satisfecha por los logros de esa mañana, empezó a trabajar con ganas, ya medio cómoda dentro de su Pantalón Negro que, a esas horas, había cedido lo suficiente para permitirle mantener una postura más o menos relajada. Al cabo de un rato, se levantó para coger el expediente de un nuevo cliente, que se encontraba en la estantería más baja de la oficina (el expediente, no el cliente; el cliente debía estar en Aranda de Duero, por lo que ella sabía) y se agachó de la forma que el Cosmopolitan le había enseñado que era más adecuada para su espalda: flexionando las rodillas. Pero, olvidando el recato que las monjas habían querido inculcarle en sus años de colegio, se abrió de piernas para mantener el equilibrio y, justo en ese instante, en milimétrica sincronía con su apertura de 120º, escuchó un sonido desgarrador, “raaaaaaaaasssss”, al mismo tiempo que sus nalgas se veían liberadas de la opresión del pantalón y, coronadas por una gatita blanca con lazo rojo, salían a conocer mundo.

Ana se levantó rauda, echándose la mano a la retaguardia, y descubrió que los daños, tal y como había supuesto por el sonido y la sensación de ligereza en el culo, eran graves: rotura de la costura del pantalón desde lo que viene siendo el tiro (la parte del chirri, parrús o fafarique) hasta la cinturilla trasera. Miró hacia atrás, temerosa de descubrir a alguno de sus compañeros con los ojos rebotando sobre la mesa y/o una carcajada contenida, pero, para su alivio, se encontró con dos mesas vacías y una cuya ocupante estaba muy concentrada en la pantalla del ordenador y no había advertido la catástrofe. Con toda la dignidad que fue capaz de reunir (poca, muy poca) empezó a caminar de espaldas, a pasitos cortos, hasta llegar a su sitio, donde se dejó caer en la silla con tal ímpetu que un clip perdido a punto estuvo de hacerle una escarificación en la nalga derecha.

Momentáneamente a salvo de miradas indiscretas, Ana tomó una decisión rápida: se ataría a la cintura la chaqueta que guardaba en un cajón del escritorio, en previsión de días fríos, y bajaría al centro comercial a comprarse un pantalón de emergencia. Dicho y hecho, se anudó la prenda al cuerpo, comprobando que sus partes pudendas quedaban bien cubiertas, y le dijo a su compañera:

– ¡Marta, bajo un momento!

Sin esperar la respuesta de Marta, que ni se había enterado de que le estaban hablando, echó a correr hacia la salida y se dirigió al centro comercial. Nada más salir por la puerta del edificio de oficinas, comprendió que su tarea no iba a ser tan fácil como se la había planteado: en la explanada del ayuntamiento, apenas a cincuenta metros a su izquierda, se había instalado un escenario gigantesco en el que decenas de mujeres ataviadas con camisetas blancas en las que podía leerse, en rosa, “Día de la mujer 2017” daban saltos mientras coreaban alguna consigna en lo que parecía coreano antiguo, por lo poco que se entendía. Además, alrededor del escenario, y ocupando toda la calle hasta la entrada de las tiendas, se agolpaba una horda de mujeres enfervorecidas cargadas con bolsas de regalo de diferentes marcas comerciales, de esas que se suben al carro de las revindicaciones con la espuria finalidad de conseguir un poco de publicidad buenrollista.

Ante semejante despliegue, Ana miró preocupada hacia la puerta del centro comercial y, tras unos momentos de duda y dos suspiros, emprendió la tarea de cruzar la marabunta femenina, agarrándose con una mano el bolso y con otra la chaqueta tapanalgas. Cuando parecía que iba a conseguir su objetivo, apenas a cinco metros de la puerta del centro, escuchó, a través de los altavoces, la inconfundible melodía de Paquito el Chocolatero, que alguien, no se sabe si por afectado una insolación o influido por el excesivo consumo de alcohol, había decidido que era una buena elección para amenizar el evento. El grupo de mujeres de mediana edad entre el que se encontraba en ese momento, imbuídas del espíritu festivo, decidió dirigirse corriendo hacia el escenario, arrastrando en su marcha a la pobre chica, que sólo acertaba a sujetarse el bolso, para no perderlo en la estampida, y a rezar para que el nudo de la chaqueta resistiera los envites de las festivas señoras.

El grupo llegó al centro neurálgico de la celebración, al pie del escenario, en el que varias decenas de mujeres coreaban el estribillo del famoso pasodoble gritando “¡eh! ¡eh! ¡eh!” al tiempo que agachaban de golpe la cabeza en un claro atentado contra las cervicales, las lumbares y el sentido del equilibrio. Ana alcanzó a vislumbrar un claro entre las señoras y se dio la vuelta para huir hacia su comercial destino cuando, acompañada por dos vecinas del barrio, apareció su suegra, que, alborozada, le dio un abrazo al tiempo que le gritaba:

– ¡Pero si es mi nuera! ¡Hija, qué alegría verte aquí, celebrando nuestro día! ¡Vamos a bailar!

Y, dicho y hecho, situó a una estupefacta Ana entre ella misma y una vecina, ambas le pasaron el antebrazo por la nuca y, en el siguiente “¡eh!”, al tiempo que se inclinaban, le empujaron la cabeza hacia abajo, quedando todas en la famosa pose “culo en pompa”, característica del Chocolatero.

A veces el azar es un poco hijo de puta. No tiene otra explicación que, justo en ese momento, a varios kilómetros de allí, Ana Rosa decidiera dar paso a una conexión en directo con los periodistas desplazados a un municipio de la zona Sur de Madrid en el que, entre los actos de conmemoración del Día de la Mujer, unas doscientas mujeres estaban bailando Paquito el Chocolatero. Ni que el viento escogiera el mismo instante en que la periodista se giraba y señalaba hacia el improvisado grupo de bailarinas para levantar la chaqueta de Ana y dejar a la vista de varios cientos de miles de espectadores la cara perpleja de la gata Kitty asomando entre dos resplandecientes nalgas.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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