Él

—Buenos días, plantilla. ¿Cómo se presenta el domingo?

Aurelio entró por la puerta trasera del Juzgado de guardia, cargado de papeles, con su buen humor habitual. Se acercó a la mesa de Mercedes y, con una sonrisa, le preguntó:

—¿Cómo andamos, Mercedes?

—Bueno… ahí, tirando, Aurelio. Tirando.

Mercedes no apartó la vista de la pantalla del ordenador para responder a Aurelio. Parecía concentrada en lo que estaba leyendo en ese momento y Aurelio, tras mirarla unos instantes con una sonrisa triste, se acercó a la mesa de Rodrigo y dejó encima el bloque de papeles que llevaba en los brazos.

—Hey, Rodrigo, ¿cómo es que has venido a trabajar hoy, habiendo perdido tu Madrid de tus entretelas?

—Mira, Aurelio, no me toques las narices, que bastante nos chulearon ayer en el Camp Nou o Nou Camp o como quiera que se llame ese sitio.

—¡Qué llorones sois los merengues, me cago en Dios!… Venga, Daniel -se dirigió a su compañero- vámonos abajo antes de que tengamos que darle un abrazo a este.

—Anda, tira -le espetó Rodrigo mientras se levantaba y cogía el montón de papeles-. Voy a pasarle los atestados a Su Señoría. ¿Cuántos tenemos hoy?.

—Tres -respondió Aurelio-. El “Chino”, que se ha vuelto a enzarzar con un tío de Pryconsa y está durmiendo la mona en el calabozo; un menda por alcoholemia y un asunto feo: un tío que le ha dado una paliza a la novia. El Juez ha ido esta mañana a primera hora a tomarle declaración a ella al Hospital con la Secretaria Judicial y las abogadas de los dos.

Aurelio pronunció estas últimas palabras en voz baja, acercándose a Rodrigo mientras miraba de reojo a Mercedes. Rodrigo también se giró enseguida hacia su compañera, que parecía ajena a la conversación y tecleaba con fluidez algo en el ordenador.

—En fin… se lo paso al Juez. Ya os avisaremos.

Aurelio, con un semblante algo más serio del que traía al entrar al Juzgado, se dirigió a la puerta, seguido por Daniel. Nada más entrar en el ascensor, Daniel le preguntó:

—¿Esa señora es nueva? No la había visto antes por aquí.

—No, qué va -respondió Aurelio. Mercedes lleva aquí media vida. Siempre decimos que la trajeron los de la mudanza con los muebles del Juzgado. Lo que pasa es que ha estado unos meses de baja, desde antes de entrar tú en el grupo de apoyo a Juzgados, y hace sólo un par de semanas que se reincorporó, mientras estabas de vacaciones.

—Pues es un sieso, ¿no?

—¿Mercedes? ¿Un sieso? Mercedes era un cascabel. No había mujer más agradable en todo el edificio. Siempre tenía una sonrisa para todo el mundo: policías, abogados, gente que pasara por aquí para cualquier gestión… Era la alegría de la huerta, pero la vida le dio un golpe de los malos.

—¿Qué le pasó?

—Verás… te lo cuento porque lo sabe todo el mundo. A primeros de año, su yerno, un tal Guillermo, agarró a Elena, la hija de Mercedes, y se tiró con ella por el balcón de su casa, un cuarto piso.

—¡La hostia! -exclamó Daniel- ¡Qué hijo de puta!

—Un hijo de Satanás, sí. El caso es que el menda falleció en el acto y Elena sobrevivió, gracias a Dios. Bueno… no sé si “gracias” es la palabra correcta, porque quedó en coma y, desde entonces, está ingresada en el hospital. Tienen pocas esperanzas de que algún día se recupere. Por lo que se ve, no era la primera vez que pegaba a la chica, pero ella no lo había querido denunciar nunca. Por el qué dirán, ya ves tú.

—La madre que me parió. Normal que esa mujer parezca tan seca. ¿Y qué coño hace trabajando aquí?

—Pues ya ves. Le dieron varios meses de baja por depresión, pero ella quería volver a trabajar. Dice que en casa se hunde. La hemos convencido para que, al menos, pida el traslado a un Juzgado Mercantil o Contencioso, o cualquier cosa que no sea Penal, pero el concurso no se resuelve hasta el mes que viene y, entretanto, aquí está, con lo mejorcito de la fauna callejera.

—Joder, Aurelio. Qué vida más puta…

Mientras Aurelio y Daniel bajaban a calabozos, Mercedes intentaba concentrarse en la tramitación de un Juicio de Faltas que tenía al día siguiente. Un hurto en Carrefour, uno de tantos… Después de redactar las resoluciones correspondientes, cogió el abrecartas para rasgar el sobre donde estaban las facturas de los objetos sustraídos. El abrecartas… uno de los regalos que le habían hecho a Ezequiel cuando se prejubiló. Su Ezequiel, que llegó a casa ese día, hace ahora siete meses, entusiasmado con los regalos: el reloj, el abrecartas, un cofre de esos de experiencias románticas y hasta un bolígrafo grabado con sus iniciales. Su Ezequiel, pletórico porque iban a poder hacer todas las cosas que siempre habían planeado, ahora que la niña estaba bien colocada, en un bufete importante, con los nietos creciendo felices. Su Ezequiel, que, como cada día desde enero, esa mañana se había quedado en pijama, sentado en el sofá, mirando al televisor… Su Ezequiel, que se estaba consumiendo como una velita, impotente por no poder salvar a la niña, frustrado por no poder matar con sus propias manos al cabrón que la había dejado así.

Rodrigo observó a Mercedes, concentrada en su abrecartas, y le preguntó:

—¿Estás bien, Mercedes?

—Sí, claro -respondió ella-. Gracias, Rodrigo, pero no te preocupes. Estoy bien, de verdad.

—Vale, pero el asunto de Violencia me lo quedo yo. Tú hazte cargo de la alcoholemia, ¿ok?

—Como veas -aceptó Mercedes, desganada.

—Venga. Voy a llamar a calabozos que me vayan subiendo al tío ese, que es el que nos va a dar más guerra.

Unos minutos después, Aurelio y su compañero, Daniel, subieron del calabozo con un hombre joven, de unos 30 años, moreno, con barba de varios días y que, pese a ir esposado, caminaba con tranquilidad y llevaba dibujada en la cara una media sonrisa.

—Bueno, parece que nos ponemos en marcha, ¿verdad? -dijo, dirigiéndose a Aurelio-. A ver si acabamos pronto, que esta noche hay episodio de los zombies y no me lo quiero perder.

El policía no le respondió. Tan sólo le indicó que se sentara ante la mesa de Rodrigo, donde iban a pasar la declaración con el Juez.

—¿Y mi abogada? -inquirió Andrés, el hombre de las esposas.

—Ya viene -respondió Rodrigo-. Se ha quedado en el calabozo un momento, hablando con otro cliente.

Al cabo de un momento, entró en la sala el Juez, acompañado del Fiscal y de las Letradas de la denunciante y el denunciado. Se dirigieron a la mesa de Rodrigo y comenzaron a tomarle declaración a Andrés. Entretanto, Mercedes, con la mirada puesta en su ordenador, sólo tenía oídos para la declaración de éste:

—¿Es cierto que empujó usted a su novia, Belén, por las escaleras? -preguntó el Magistrado.

—No, Señoría, se cayó ella sola -respondió Andrés, moviendo la cabeza a un lado y a otro.

—¿No es cierto que le propinó un puñetazo, a causa del cual ella sufrió fractura de tabique nasal?

—No, por Dios, yo nunca haría eso. Debió rompérselo contra el escalón de abajo.

—¿No es cierto que le lanzó varias patadas a diferentes partes del cuerpo, ocasionándole la rotura de una costilla y hematomas de diversa consideración en piernas, cadera y brazos? -insistió el Juez-.

—No. Ya le digo, todo eso fue por la caída- respondió el detenido-. Yo estaba en el dormitorio y escuché como subía las escaleras y, al llegar arriba, debió perder pie. A saber cómo iba.

—¿Y cómo explica los arañazos en ambos pechos? -intervino el Fiscal-.

—Ni idea. Pregúntele a ella. Había estado de copas con las amigas y lo mismo se arrimó a quien no debía.

La declaración duró unos veinte minutos, durante los que ambas Letradas y el Fiscal le hicieron diversas preguntas a Andrés, recibiendo siempre como respuesta que él no había hecho nada, que era completamente inocente de todo lo que le acusaban. Al finalizar, le devolvieron al calabozo y fue el turno de que las Abogadas y el Fiscal hablaran entre ellos:

—Señor -se dirigió la Abogada del detenido al Fiscal-, yo lo veo claro. Este hombre es inocente de todo. Ha tenido la desgracia de estar cerca de la chica cuando ésta ha caído por las escaleras y ahora quieren endosarle a él el marrón.

—Letrada -respondió el Fiscal-, no vaya por ahí. La novia ha declarado que fue él quien la agredió y la Forense ha dictaminado que algunas de las lesiones no son compatibles con una caída por las escaleras, sino más bien con golpes propinados por alguien. Mujer, si hasta tiene la huella de la zapatilla de él marcada en el pantalón, en la misma zona en que presenta una erosión importante.

—Lo que usted diga -aceptó la Letrada-, pero, en cualquier caso, también se le hizo prueba de alcoholemia y daba positivo. Eso hay que tenerlo en cuenta.

—Dudo que la influencia de las bebidas que había tomado fueran determinantes para todo lo que le hizo a esa pobre chica, pero, obviamente, lo tendremos en cuenta. No nos queda otra -respondió el Fiscal-. Tenía pensado pedirle el máximo de la pena, pero me veo limitado a pedir tres años.

—¿Y si le consigo una conformidad? -preguntó la Letrada-.

—¿Una conformidad? ¿No ha oído que él no hizo nada? -intervino, irónica, la Abogada de la víctima.

—Dejádmelo a mí. Si se conforma, entre la reducción del tercio y que no tiene antecedentes, no va a la cárcel.

—¿Que no va a ir a prisión con todo lo que le ha hecho a su novia? -saltó, asombrada, la Letrada de la denunciante-. Por ahí no paso.

—Mira, compañera -respondió la otra mujer-, este tío no tiene antecedentes, porque ya sabes que los policiales no nos sirven y, aunque haya sido detenido más veces, nunca ha llegado el tema al Juzgado. Estaba bebido y, encima, no hay testigos. Si te la juegas a un Juicio en el Penal, igual hasta se vuelve a casa sin condena. De esta manera, le cascan dos años, le suspenden el cumplimiento de la pena y se va con su orden de alejamiento a vivir a casa de su madre, que es de Cáceres, lejos de la novia, para que no tenga miedo la muchacha. Y todos tan contentos.

—Lo cierto -comentó el Fiscal- es que no voy a poder pedirle más de tres años de cárcel. Y, claro, el alejamiento, pero nada de 500 metros, tiene que ser algo más serio.

Carmina, la Letrada de la víctima, reflexionó un momento sobre el trato que proponía su compañera. Era consciente de que, con el Código Penal en la mano, a Andrés no le iban a pedir más de tres años de cárcel y, yendo a Juicio en el Juzgado de lo Penal, se arriesgaban a encontrar algún fallo en la instrucción de la causa o a que les tocara un Juez con manga un poco ancha en temas de Violencia Sobre la Mujer… no era la primera vez que había visto a un agresor irse de rositas, sin tan siquiera una orden de alejamiento que hiciera sentir a su víctima algo más segura.

—No sé… bueno, habla con él, a ver. Nosotros nos vamos a adherir a lo que pida el Fiscal -aceptó la Abogada, a regañadientes.

—Pues no se hable más, voy a entrevistarme con él al calabozo.

Mientras la Letrada bajaba a calabozos a hablar con su cliente, Rodrigo aprovechó para ir a la máquina a coger un café. Mercedes fue a la mesa de su compañero, cogió el atestado de Andrés y se lo llevó. Sabia que no debía hacerlo, pero sentía la morbosa necesidad de leer la declaración de Belén, la novia, de ver las fotos… Cuando subió Rodrigo, se la encontró temblando, con la cara descompuesta.

—Pero, Mercedes, ¡por el amor de Dios! ¿qué haces mirando ese atestado?

—No lo he podido evitar, Rodrigo, cariño. No lo he podido evitar. ¿Tú has visto estas fotos? ¿Has visto a esta pobre criatura con la nariz rota? ¿Esos pechos llenos de arañazos? ¿Has visto los hematomas? ¡Por Dios, si tiene golpes hasta en sus partes! ¡Que le ha dado patadas hasta en sus partes, Rodrigo!

—Cálmate, Mercedes. No tendrías que haber visto esto -le dijo el compañero mientras recogía el atestado-. Vete un rato a la calle, anda, despéjate.

—Es que no hay derecho, Rodrigo, que mira lo que ha hecho ¡y se va a ir a su casa como si nada!

—Mercedes, hazme caso. Olvídate de este tema, vete a tomar una tila, tranquilízate y sube a preparar lo de la alcoholemia, que seguro que el Letrado está a punto de llegar.

En ese momento, volvieron las Abogadas y el Fiscal, quien se dirigió a Rodrigo y, entregándole un folio con el escrito de acusación, le dijo:

—Rodrigo, hay conformidad, ¿nos preparas el acta? Su Señoría ya lo sabe y en calabozos están avisados para subir al tío este. Cuando lo tengas todo preparado, salimos a firmar.

Rodrigo asintió, con gesto serio, y se puso a teclear el texto del acta de Juicio Rápido. Al cabo de unos minutos, avisó por teléfono a Aurelio para que subieran al detenido y se fue a buscar al Juez.

Durante todo ese rato, Mercedes había permanecido quieta, mirando al vacío. Cuando subió Andrés, nuevamente con su sonrisa de autosuficiencia, ella levantó la cabeza y se quedó mirándole fijamente.

—No me mire así, señora, que no me he comido a nadie -le espetó Andrés.

—Oye, un respeto -le dijo Aurelio, empujándole un poco para que avanzara hacia la mesa de Rodrigo.

En ese instante, llegaron el Juez, el Fiscal y las Letradas y dieron comienzo al Juicio Rápido. No duró ni cinco minutos, los suficientes para que el detenido fuera informado de que, dada la conformidad que había prestado con el escrito de acusación, su pena quedaba reducida a dos años de cárcel y, al no tener antecedentes, no tenía que entrar en prisión. Le hicieron las advertencias de rigor y, una vez firmada el Acta por todos los presentes, se dio por finalizado el Juicio. Mercedes, incapaz de seguir trabajando, lo presenció desde su mesa, sin mudar el gesto, con los puños cerrados, clavándose las uñas en las palmas de las manos hasta sangrar.

—Bueno, quitadme ya las esposas, ¿no? -dijo Andrés, extendiendo sus manos hacia los policías.

—Aún no -respondió Daniel-. Tenemos que bajar a calabozos a por tus cosas y allí te las quitamos y te marchas.

—Que suba otra vez antes de irse -intervino Rodrigo-. Tengo que notificarle el Auto de libertad y el de suspensión de condena y aún no los tengo hechos. Id bajando a por las cosas mientras los hago y así abreviamos.

—Hecho -contestó Aurelio, dirigiéndose nuevamente con el detenido hacia el ascensor.

No habían pasado ni treinta segundos cuando sonó el teléfono móvil de Rodrigo.

—Dime, nena, que estoy currando, ¿es urgente?… ¡Habla más despacio, que no te entiendo!… ¿Ya?? ¡Pero si faltan dos semanas!… ¡Tranquila, voy enseguida! ¡Tranquila!

—¿Qué pasa, Rodrigo? -preguntó Mercedes-. ¿Es tu mujer?

—Sí, es Ana, ¡que dice que ha roto aguas! ¡que ya viene el bebé!! Madre mía, y justo hoy que no están mis suegros en casa. ¡Madre mía!

—Anda, Rodrigo, echa a correr, que estás a diez minutos de casa, no pasa nada.

—Pero si es que no he terminado con el asunto este. ¡Joder, cómo se complican las cosas! -respondió Rodrigo, claramente alterado.

—Rodrigo, que te vayas. Sólo queda rematar los autos y notificarlos. Puedo hacerlo yo.

—Anda ya, Mercedes, que es un tema muy delicado.

—Que te marches, Rodrigo. Lo primero es lo primero -insistió Mercedes.

—Joder, joder, joder… Venga, me voy. Te debo una, Mercedes. Bueno, más que una, te debo la vida -exclamó Rodrigo mientras cogía la mochila con sus cosas y echaba a correr hacia la calle.

—¡Que vaya todo bien! -le gritó Mercedes, al tiempo que se levantaba de la silla y se dirigía al puesto de Rodrigo.

Una vez allí, abrió nuevamente el atestado para tomar los datos del detenido y se dispuso a finalizar las resoluciones que debía notificarle. Al cabo de unos minutos, llamó a calabozos y pidió que subieran a Andrés, ya preparado para marcharse.

En esa ocasión, Andrés subió acompañado tan sólo de Aurelio, que llevaba en un sobre las pertenencias del detenido, a punto de ser puesto en libertad. Mercedes le pidió que se acercara:

—Sólo le queda firmar un par de cosas -le comentó a Aurelio.

—Vale. A ver si acabamos pronto, que ya está abajo el Letrado del otro detenido. ¿Qué, señor Alonso? -preguntó, dirigiéndose al Fiscal-. ¿Afectado por lo del partido de ayer?.

Mientras el Fiscal y el policía hacían chanzas sobre el fútbol, Andrés se dirigió a Mercedes, que se había quedado quieta, mirando al ordenador, con las manos debajo de la mesa:

—Venga, señora, que es para hoy.

Mercedes alzó la vista y se quedó mirando a Andrés con una expresión extraña en la mirada:

—Hay que ver, Guillermo -le respondió-. ¿Cómo le hablas así a tu suegra?

—¿Guillermo? ¿mi suegra?, ¿pero qué dice esta mujer? -inquirió Andrés, mirando a Aurelio, quien seguía en animada conversación con el Fiscal.

—Eres un canalla, Guillermo, después de todo lo que hemos hecho por ti. Con lo que mi niña te quería, con lo que te quería…

Mercedes seguía mirando a Andrés, con los ojos llenos de imágenes del pasado. Miraba a Andrés y veía a su niña, a su Elena, la primera vez que llegó a casa con la cara muy maquillada para tapar un golpe que se había dado con la puerta… “hay que ver, mamá, qué torpe estoy”. Miraba a Andrés y veía a Guillermo regañando a su mujer porque había salido con una falda muy corta, “y tú ya no tienes edad para esas cosas, Elenita”. Miraba a Andrés y veía a Elena, mandándole mensajes al móvil para decirle “hoy no vamos a comer, mamá, que Guillermo anda acatarrado y no os lo queremos pegar”. Miraba a Andrés y veía a su Elena, escayolada, porque una vez también se cayó por las escaleras, y “es que voy a tener que ponerme gafas, mamá, que no veo por dónde piso”. Miraba a Andrés y veía a Ezequiel en su sillón, con su pijama, con sus lágrimas mudas… Miraba a Andrés y veía a su niña llena de tubos en una cama de hospital.

—Pero, señora… -dijo Andrés, esta vez con cierto nerviosismo.

El Fiscal, que se encontraba mirando hacia ellos, interrumpió la conversación con Aurelio, extrañado.

—Esta mujer dice que te calles, Guillermo, que ya has hecho mucho daño y que no vas a hacer más -dijo Mercedes, levantándose de la silla donde estaba sentada.

Aurelio se giró hacia ellos en ese momento, justo a tiempo de ver cómo Mercedes se abalanzaba sobre Andrés y, le clavaba el abrecartas, hasta la empuñadura, en el cuello.

—Eres un cabrón, Guillermo, un hijo de puta desgraciado, un hijo de puta, un hijo de puta -recitaba como un mantra, entre lágrimas, mientras le miraba a unos ojos que, asombrados, se preguntaban qué había pasado en esos segundos.

Aurelio acudió a toda velocidad hacia la mesa de Mercedes, gritando algo que aquella no alcanzaba a entender, justo a tiempo de agarrar a Andrés, que se desplomaba, desangrándose, sobre una silla. El Fiscal se quedó parado, sin poder reaccionar, mientras las Letradas, que volvían de la sala de espera, empezaron a dar gritos.

Mercedes dejó caer los brazos, se volvió a sentar y, mirándose las manos, llenas de sangre, le dijo a Aurelio:

—No podía dejar que se fuera otra vez, Aurelio. No podía. Mi niña…

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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