Ella

Inés había heredado los ojos verdes de su padre y la proverbial falta de moralidad de su madre, mezcla esta que, desde niña, le venía granjeando antipatía y admiración a partes iguales. Siempre supo que su sonrisa le abriría puertas normalmente cerradas a cal y canto para otros y no dudaba en utilizarla para conseguir cualquier cosa que le apeteciera, desde un caramelo a un nuevo y carísimo juguete, pasando por la atención de los adultos que la rodeaban, en detrimento, casi siempre, de su hermana mayor, Esmeralda, y de cualquier otro niño que hubiera tenido la desgracia de caer en su órbita de actuación.

Siempre fue consciente del poder de un gesto pícaro y unos ojos chispeantes, pero en la adolescencia descubrió que esa combinación era explosiva si se sumaba a un cuerpo voluptuoso. La revelación definitiva la tuvo a los quince años a través de la mirada de un amigo de su padre, veinte años mayor que ella. Ella no conocía el término “lascivia”, pero supo identificar el anhelo en los ojos de Enrique como algo prohibido y, en consecuencia, susceptible de proporcionarle algún beneficio. Unas semanas más tarde, al sentirse observada de la misma forma por Rubén, un compañero de instituto, descubrió que tenía en sus manos la herramienta para resarcirse de una ofensa de Marina, la novia de éste, que, tan sólo un día antes, había cometido el error de no invitar a Inés a su fiesta de cumpleaños. La satisfacción que le produjo el llanto de Marina al descubrirles magreándose en los vestuarios del instituto fue la primera de muchas conseguidas por el mismo camino, incluido un aprobado en segundo de Bachillerato cuyo coste fue un polvo apresurado en el asiento de atrás del coche del profesor de Ciencias Naturales.

Manuel era un satélite que vivía por y para estar en la órbita de Inés. Los padres de ambos eran socios y se habían criado prácticamente juntos. Desde niños, era habitual verles jugando en el jardín, casi siempre observados en la distancia por Esmeralda, que, a lo largo de los años, contempló y padeció la devoción de Manuel por Inés y la falta de escrúpulos de ésta para usarle a su antojo. Si Inés quería un juguete de cualquier niño, Manuel, ya desde pequeño más alto y corpulento que los demás, era el encargado de arrebatárselo al indefenso propietario. Si Inés se saltaba las clases, Manuel le cogía los apuntes y preparaba los exámenes con ella. Cuando Inés quería salir de fiesta hasta horas prohibidas en su casa, Manuel era su coartada o, en caso necesario, acompañante y, desde su coche, observador silencioso de cristales empañados y movimientos frenéticos del vehículo del chico que esa noche hubiera sido agraciado por Inés con su compañía.

Nunca escuchó Inés un “no” de la boca de Manuel. Esmeralda le preguntó en una ocasión si sería capaz de negarle algo a su hermana y Manuel, tras meditarlo unos instantes, le respondió:

-Jamás, Esmeralda. Y ella lo sabe.

– ¿Y si te pidiera algo que fuera contra tu voluntad, contra tus principios?

Manuel sonrió amargamente y contestó:

– Como si no lo hubiera hecho ya, Esmeralda, como si no lo hubiera hecho… Pero la quiero con todo mi corazón y ella lo sabe.

Ella sonrió y le cogió la mano:

– No sabe la suerte que tiene, Manuel… Bueno, sí que lo sabe, pero no la merece.

Esmeralda se había tenido que buscar la vida sola desde bien pequeña. Sus padres, pendientes de cualquier capricho de Inés, le dedicaban la atención imprescindible y ella creció siendo consciente de que su físico y su manera de ser estaban a años luz de los de su hermana. Fue una niña tranquila, de rasgos dulces y carácter reflexivo, convertida en una mujer inteligente y de una belleza serena que habitualmente pasaba desapercibida. Desde siempre había sido testigo de la influencia que sobre Manuel ejercía su hermana y le dolía ver cómo era tratado por ella. Manuel le parecía tan amable, tan cariñoso… Merecía alguien que le quisiera de verdad.

Una tarde, estaban Esmeralda y Manuel escuchando música en el salón mientras este esperaba a Inés; debían ir al aeropuerto, donde ella cogería un vuelo a Mallorca para conocer a su último ciberligue, quince años mayor y con negocios por todo el país. Estaban terminando el café cuando Inés bajó de la habitación, apresurada, y se dirigió a Esmeralda:

– Oye, tú, necesito tu vestido rojo, el de Custo, y no lo encuentro en el armario.

– Ni hablar -respondió Esmeralda-. Me lo voy a poner mañana para la boda de Andrea.

– Pues te pones otro. Lo necesito.

– Te he dicho que no, Inés. Tengo ya todo preparado… zapatos, bolso. De verdad, coge lo que quieras de mi armario, pero ese vestido es para la boda.

– Pero, ¿cómo puedes ser tan cabrona? ¡Que me dejes el vestido, coño! ¿No ves que tengo que estar estupenda para conocer a Marc?

– Mira, Inés, tú estás estupenda con cualquier cosa -intervino Manuel.

– Tú te callas, que esto no es cosa tuya -le espetó, con rabia en los ojos, Inés-. Y tú, imbécil, sácame el vestido ya o te vas a enterar.

– Inés, por favor… -empezó a decir Esmeralda.

– ¡Que te calles y me des el vestido! -chilló Inés, dándole un empujón a su hermana mayor.

– ¡Déjala en paz! -intervino Manuel gritando, mientras se ponía en pie.

Las dos hermanas se quedaron calladas y miraron sorprendidas a Manuel, que contemplaba enfadado a Inés.

– ¿Perdona? -preguntó esta, con ojos como platos- ¿Me estás hablando a mí?

– Sí, te estoy hablando a ti. Te estoy diciendo que dejes en paz a tu hermana y que ni se te ocurra volver a tocarla.

– Pero, ¿qué dices, imbécil? ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro? Anda, cállate y vete al coche a esperarme, que esto es cosa mía.

– No, Inés. Esto ya no es cosa tuya. Estoy harto de ver cómo utilizas a los demás a tu antojo, de verte jugar con la gente, como si fuéramos tu colección de Barbies. Estoy harto de llevarte a tus juergas y traerte de tus borracheras; de aguantar tus pataletas, de esperar cada día que te dignes mirarme como a una persona; que alguna vez, para variar, seas tú la que hagas algo por mí. Ahí te quedas.

Manuel se giró hacia la puerta, dudó unos momentos y, volviéndose, le tendió la mano a Esmeralda:

– ¿Te vienes conmigo?

Esmeralda miró a su hermana, roja de ira y, cogiéndole la mano a Manuel, respondió:

– Me voy contigo.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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