Es Amor

¿Sonia?… Soy Carmen, la mujer de tu… amigo Daniel. Está en el hospital, muy grave y creo que te necesita.

Carmen pulsó el botón de finalizar la llamada y dejó el teléfono sobre la mesita blanca de la habitación del hospital. Miró a Daniel, su marido, con todos esos tubos saliendo de su cuerpo, con todas esas máquinas lanzando mensajes de vida o muerte, con todas esas vendas tapando golpes y heridas…

Llevaban allí un par de días, o un par de meses, si había que atender a la noción del tiempo que en esos momentos tenía Carmen, para la que los segundos transcurrían como si fueran horas. Recibió la llamada el martes; lo sabía porque acababa de recoger de ballet a Lidia, su hija pequeña y se dirigían a casa charlando tranquilamente cuando sonó su móvil y vio que se trataba de un número desconocido. Atendió, pensando que sería otra de esas llamadas para captar clientes de alguna compañía de seguros, y, en el mismo instante en que escuchó una voz de hombre preguntando si conocía a Daniel Guzmán, supo que su vida, tal y como la conocía hasta ese momento, había terminado para siempre.

Daniel había sufrido un accidente de coche. Un conductor borracho se había saltado un semáforo en rojo y se lo había llevado por delante. En un primer momento, pensaron que Daniel había fallecido, pero los servicios de urgencias consiguieron reanimarle y había ingresado en el hospital con varias fracturas, entre ellas una craneal que había requerido una larga operación y de la que aún no sabían si se terminaría recuperando.

Carmen llevaba en el hospital desde el primer momento, sentada junto a la cama de su esposo. Apenas se  había movido para ir al baño y ni siquiera había ido a casa a por ropa o a ducharse. Comía, obligada, lo que le traían y dormía sentada, con la cabeza sobre la cama en la que Daniel luchaba por su vida. Nada más llegar, le dieron una bolsa con las pertenencias de su marido: las llaves de casa, unas monedas, la cartera, un pañuelo recién planchado (siempre le había gustado más la tela que el papel) y el móvil. El móvil. Carmen apenas lo había mirado más que para notar que se había agrietado el cristal, pero que aún funcionaba. Lo metió en el cajón de la mesita con el resto de objetos y se olvidó de él.

La primera noche, mientras rezaba por la vida de su marido, con un pañuelo entre las manos, escuchó el sonido de un mensaje de whatsapp y miró su teléfono, por si eran las niñas, pero no había entrado ninguno. Abrió el cajón, cogió el teléfono de su interior y allí estaba, una ventana emergente en la que podía leerse “Daniel, ¿dónde andas?”. La remitente era una tal Sonia. Carmen dejó el teléfono en su sitio sin darle mayor importancia y se centró nuevamente en mirar a su marido, en intentar atisbar un signo de que iba recuperándose. A la mañana siguiente, un nuevo mensaje: “Buenos días, pendón… qué estarías haciendo anoche”. Sonia otra vez. Carmen se quedó mirando el teléfono, sin saber qué pensar, y lo volvió a meter en el cajón. El día transcurrió sin novedades en el estado de su marido y Carmen permaneció junto a la cama pensando en qué haría ella si Daniel la dejaba, si… se iba. No se atrevía ni a pensar en la maldita palabra, por si atraía a la Parca. Era el amor de su vida, siempre lo había sido, y no concebía un mundo sin él.

La noche llegó y, con ella, otro mensaje: “Daniel, cariño, estoy preocupada… ¿estás bien?”. Cariño. Carmen, sintió un frío que recorría su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies, cogió el pulgar de su marido, desbloqueó el móvil y su mundo, por segunda vez en dos días, se desmoronó.

Sonia, al parecer, era un contacto de trabajo de su marido. Alguien de alguna empresa relacionada con la que Daniel dirigía. Llevaban meses hablando y viéndose a escondidas cada vez que podían. Los cientos de mensajes no dejaban lugar a dudas: Daniel estaba loco por esa mujer. Y ella parecía corresponderle. Carmen no podía creer lo que estaba leyendo. Daniel, su Daniel, enamorado de otra persona. Y ella sin notar nada. ¿Cómo iba a hacerlo, si su vida era trabajo, niñas, casa, compras, reuniones…?. En un primer momento, sintió el impulso de llamar a esa mujer y ponerla de vuelta y media. ¡Estaba rompiendo un matrimonio! ¿Cómo podía ser tan zorra??. Lloró, la insultó, les insultó a los dos, siguió llorando hasta no encontrar una sola gota más en su interior… Y amaneció. Miró a Daniel, estancado en ese puente entre la vida y la muerte, perdido, sin saber hacia dónde ir, y supo lo que tenía que hacer.

Cogió el teléfono.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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