Estopa

Cantar.

Subir el volumen de la radio hasta que tiemblan los cristales, hasta que la música resuena en tu estómago, hasta que piensas que, seguramente, el resto de conductores también estarán escuchando “tú me rompes las entrañas, me trepas como una araña”.

Gritar.

Cantar tan fuerte que notas cómo tu garganta se vuelve lija. Dejar que la música te arrastre a ese bar, veinte años atrás, donde sonaba Estopa en bucle en la jukebox («anda, Luis, déjame una moneda para poner música, que ya no me quedan»).

Cantar y volver a bailar con Eva entre humo de cigarrillos y olor a alcohol. Reir a carcajadas con cualquier ocurrencia absurda de Iñaki y admirar las curvas de Encarna, que se contonea, lánguida, ajena a todo.

Cantar y contar las copas que lleva Jesús («ya van diez, Suso, hoy dejas aquí el coche y te vas en taxi»), salir a respirar a la calle y alzar la cara bajo la lluvia. Sonreír.

Cantar y volver a estar desnuda bajo el cuerpo de Mario, que te susurra al oído “joder, Marta, joder…”, confundir tu sudor con el suyo, el olor de su cuerpo con el del tuyo, entrelazar las lenguas y las piernas y las manos, pero no las vidas.

Cantar y volver a tener veinte años y el culo duro y las tetas medio palmo más arriba. Y todo el futuro por delante.

Cantar hasta que acaba la canción y llegar a casa (al futuro, al adosado con jardín, a los niños, al perro, a la alianza de oro con brillantes) justo a tiempo (“menos mal, cariño, tráeme papel, que estoy cagando y no hay… ¿Me has llevado el traje al tinte?… Y mira a ver qué le pasa a Jaime, que ha vomitado en el colegio”).

Callar.

Llorar.

Vivir.

About Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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