Feliz

Amalia Espinosa era consciente de que disponía de todos los ingredientes de la receta de la felicidad, pero no era capaz de encontrar la fórmula para alcanzarla.

Tenía cincuenta años muy bien llevados, una salud de hierro, marido, hijos, trabajo, casa con jardín, perro y hasta un par de maletas de Louis Vuitton con las que viajaba por el mundo. Recibía clases de baile, de yoga y de cocina creativa y participaba en un taller literario. Salía todos los jueves a cenar con sus amigas de toda la vida, los sábados iba al cine o al teatro con su marido y los domingos de verano organizaba barbacoas a las que invitaba a 20 o 30 personas. Todos los que la rodeaban sentían cierta envidia de ella y se habrían sentido muy desconcertados de conocer el suplicio que, cada día, le suponía tener que levantarse y afrontar su vida de cuento de hadas.

Amalia Espinosa era infeliz, tremendamente infeliz. Su cabeza se asemejaba a una olla a presión a punto de explotar, repleta de pensamientos intrusos, de ideas recurrentes, de “y si”, de “ojalá” y de “ojalá no”. Unos días pensaba que debía haber elegido otra carrera, otros sentía que era mala madre, o mala esposa… o mala persona, algunos se convencía de que tenía alguna enfermedad terrible devorándole el cuerpo y casi todos ellos odiaba su aspecto y se quedaba perpleja cuando alguien le comentaba lo guapa que estaba. La mayor parte del tiempo conservaba la fachada de mujer perfecta con vida perfecta, pero, desde su interior, la veía resquebrajarse segundo a segundo.

Una noche, desvelada por alguno de esos pensamientos recurrentes, encendió el televisor y, tras un rato haciendo zapping, terminó viendo a una especie de vidente estrafalario que prometía ayudarte a conseguir la Felicidad Absoluta con una llamada de cinco minutos a un número 806, (25 €, impuestos incluidos). Amalia pensó “qué cojones, no tengo nada que perder, más que veinticinco euros y cinco minutos que, de todos modos, iba a emplear en llorar un rato”. Y marcó el número.

Cinco minutos.

Tan sólo cinco minutos.

Al día siguiente, Marcos, el esposo de Amalia, entró en el salón, donde su mujer se quedaba dormida muchas noches viendo alguna película, y se la encontró tumbada en el suelo, inconsciente, en medio de un charco de orina. Aterrado, llamó al 112 y, en un par de horas, una ambulancia se había llevado a Amalia Espinosa al Hospital Provincial. Los médicos estuvieron con ella muchas horas, muchos días, muchas semanas. Le hicieron todo tipo de pruebas: escáneres, resonancias, analíticas, punciones, biopsias… Y fueron incapaces de averiguar qué le había pasado a Amalia. Finalmente, sin diagnóstico ni cura, Marcos se la llevó a casa, donde era atendida por dos enfermeras mientras permanecía en la cama, con una sonrisa perpetua dibujada en la cara, en un mudo desafío al dolor de su marido y sus hijos.

Tendrían que haberle preguntado a Desiderio Solo, un vidente que, esporádicamente, hacía su aparición en programas de madrugada en la televisión. Desiderio era considerado un farsante, pero, en realidad, tenía un auténtico don, sólo que éste iba por libre y no dependía de él, no lo podía manejar. Tan sólo aparecía cuando su interlocutor deseaba algo tan intensamente que, no sabía cómo, pero le era concedido a través de la voz de Desiderio. Por eso, sólo él sabía que la profunda desolación en el alma de Amalia la había llevado al único sitio en el que no existían los pensamientos intrusos, las ideas recurrentes, los “y si”, los “ojalá” y los “ojalá no”.

Amalia Espinosa había sufrido una regresión al útero materno. Y allí permanecería hasta el día de su muerte, muchos años después.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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