Nada

Es posible que algún día estuvieras en la superficie. No te parece muy probable la idea de que te hayan soltado directamente en medio de esta fría oscuridad, pero tampoco tienes un claro recuerdo de días cálidos y luminosos al que aferrarte. Sólo sabes que estás aquí, justo donde no quieres estar.

Te encuentras como suspendido en medio de la nada. No, no de la nada: es algo más molesto que la nada. Notas una presión constante en la cabeza y no sabes si viene del interior o del exterior. A veces sientes que no puedes respirar y algo (no sabes qué) duele mucho. La mayor parte del tiempo te encuentras bajo los efectos de una especie de anestesia incompleta, en la que eres consciente de que no estás bien, pero es un sufrimiento familiar y, por lo tanto, soportable. Sin embargo, hay ratos en los que el dolor te atraviesa de lado a lado. Sientes un hachazo en la cabeza y, a la vez, en el corazón, en el estómago… Es como una explosión nuclear, como un rayo inmenso que, durante un momento de duración cambiante (a veces unos minutos, a veces una semana), te hace desear la muerte, la aniquilación, la desaparición total y absoluta, cualquier cosa que te haga dejar de SENTIR.

Y es justo en esos ratos cuando la lucidez se presenta durante un instante y te susurra al oído que tiene que haber otra opción. Que arriba está la luz para tus ojos, el calor para tu piel, el aire para tus pulmones. Que por fuerza debe existir una salida a esta agónica nada, a este mundo que te envuelve con su frialdad húmeda y gris. La condición, la única y problemática condición es que tienes que moverte. No habrá un equipo de rescate que baje a por ti para llevarte, amoroso, a la superficie. Quizás alguien deje caer una cuerda, es posible que extiendan una mano a la que agarrarte, puede ser que, sin tú saberlo, cerca haya una corriente ascendente que te arrastre a la salvación… Lo ignoras. Aquí abajo no tienes vista ni oído, sólo piel. Presión y piel.

Hay una idea que, en ocasiones, aparece en tu cabeza: si llegas al fondo, abajo del todo, si tocas el suelo con tus pies, podrás impulsarte y ascender. SALIR. Pero el miedo se impone. ¿Y si, al llegar al fondo, tan sólo te encuentras rodeado de lodo, atascado entre ramas y cieno, y, lejos de coger impulso, cambias el sufrimiento ya familiar, casi amigo, por subsistir (que no vivir) en una asfixia perpetua, en un dolor incesante, en una oscuridad absoluta, sin la reconfortante posibilidad del rayo de luz? ¿Te vas a arriesgar a que lo que venga sea aún peor?

No, no quieres descender más, no vas a abandonar la comodidad de lo conocido, no quieres acercarte ni un paso más al infierno, aunque esa inactividad te deje eternamente soñando con la salida, viviendo en la incertidumbre del ¿y si…?

Tú no lo sabes, pero tu lago de sufrimiento, tu pantano, tu ciénaga de dolor es una burbuja que te rodea, te contiene y te aísla. Una burbuja entre millones de ellas. No es la peor. Ni la mejor. Es. Tan sólo es. Tiene un nombre, como todas: se llama “cuerpo”, “familia”, “amor”, “trabajo”, “alcohol”, “inseguridad”… o se llama sólo “tú”. Porque sí, porque tú. Hay burbujas irrompibles y burbujas frágiles, que sólo esperan un roce desde el exterior para quebrarse y liberar a su inquilino. Hay burbujas sin fondo y sin superficie. Hay burbujas livianas como el aire, que dejan pasar la luz y el calor. Hay burbujas opacas y atemorizantes. Hay tantas burbujas como miedos.

Puede que no sea mala idea explorar los confines de tu burbuja. Nadie te garantiza que emerjas como un delfín saltando en el mar y alcances, de una vez por todas, el calor, el aire y la luz, pero…

Vamos.

Muévete.

Nada.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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