Principio y fin.

Amalia se colocó los auriculares y subió el volumen de la música hasta amortiguar todo lo posible el ruido machacón que se escuchaba en la sala. Levantó la mano derecha, hizo el gesto de OK con el pulgar y, después, acomodó los brazos a lo largo del cuerpo. Cerró los ojos, respiró hondo y sintió cómo se deslizaba, sobre la camilla, hacia el interior de la máquina. Le habían dicho que la prueba duraría unos cuarenta minutos, así que intentó relajarse dejando vagar la mente, pero siempre acudía a su cabeza el mismo pensamiento: ¿le encontrarían algo malo? Era difícil no plantearse esa posibilidad mientras te engullía un aparato gigantesco que iba a explorar tu interior en busca de cualquier señal de alarma. La muerte se presentaba como algo tan real que sintió un escalofrío.

¿Qué pasaría si le dijeran que tenía un problema grave, si le confirmaban que sufría La Enfermedad…? Muchas veces nos planteamos qué haríamos si supiéramos que nos quedaba un año de vida (por poner una cifra): viajar, pasar tiempo con la familia, tirarse en paracaídas… en definitiva, aprovechar el poco tiempo que nos quedase haciendo algo agradable, cumpliendo sueños. Amalia se preguntó si tenía algún sueño por cumplir. Era una mujer austera y pragmática, sin grandes pretensiones; trabajaba en un supermercado a cien metros del piso en que vivía con su madre desde que Julián decidiera, hacía apenas un año y al cabo de veinte de matrimonio, que los cincuenta eran una buena edad para empezar de cero junto a una compañera de trabajo más joven y guapa… Posiblemente, esa sería una de las primeras cosas que Amalia haría si tuviera que aprovechar un último año de vida: embellecerse y rejuvenecer. Se gastaría parte de sus ahorros, que ya no iba a necesitar, en tratamientos de belleza de esos que anunciaban en las revistas que leía su madre. También tendría que ocuparse de ese tema: de su madre. Estaba harta de vivir con ella, de sus malos modos, del control a que estaba sometida constantemente, de los ataques, de los desprecios, de escuchar lo normal que era que Julián la hubiera abandonado, con esa facha y esas pintas que tenía siempre. Como no había tenido hijos (algo que en este momento casi agradecía), se buscaría un piso de alquiler pequeñito, pero en el centro, para poder ir a cines, a museos a ver escaparates… todas esas cosas que nunca había hecho, ya fuera porque a Julián no le gustaban o porque, cuando él la abandonó, no le alcanzaba el sueldo para ese tipo de dispendios. Incluso se apuntaría a clases de Zumba o algo así. También mandaría a hacer gárgaras a su jefe; estaba harta de ese tirano que siempre estaba vigilando si llegaba puntual y salía justo a su hora y ni un minuto antes, que controlaba el tiempo que tardaba en ir al baño, que le ponía siempre el turno de festivo, alegando que ella no tenía familia de la que ocuparse… Se dibujó una sonrisa en su cara al imaginar un futuro así, corto, pero agradable. En ese momento, sonó un pitido agudo, cesó el estruendo de la máquina y su cuerpo se deslizó nuevamente sobre la camilla, hacia la salida.

– Hemos terminado -dijo el técnico que maneja el aparato de resonancia magnética-. Puede vestirse y marcharse. Su doctora le dará los resultados.

Dos semanas después, Amalia esperaba sentada en la sala de espera de la consulta de la Doctora Márquez, en el décimo piso de un famoso edificio de la capital, mientras hojeaba una revista del corazón. Se había teñido el pelo y se lo había cortado como esa actriz tan guapa que salía en la película de las sombras. Llevaba los labios pintados y estrenaba un conjunto que, por primera vez en su vida, no había comprado en la sección de textil del supermercado. Estaba relajada, dispuesta a afrontar con serenidad cualquier noticia que pudieran darle.

– Puede pasar, Amalia -le comunicó la recepcionista de la clínica.

La mujer entró en la consulta y saludó a la doctora, que se levantó, sonriente, y le tendió la mano:

– Amalia, tengo buenas noticias… Todas las pruebas han salido perfectas, no tienes nada malo. Con unos resultados como estos, raro será que no vivas, por lo menos, otros cuarenta años.

Amalia sonrió y soltó lentamente la mano de la doctora, que, durante el resto de su vida, no podría olvidar la cara de la mujer que, tras dejar el bolso con cuidado sobre la mesa, se dirigió hacia la ventana de la consulta y, sin decir una sola palabra, saltó al vacío.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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