Rizos rojos.

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El hombre gris salió del almacén y cerró con suavidad la puerta a su espalda. Tenía el pelo oscuro entreverado de canas y la tez cenicienta rematada por dos espesas cejas que sobresalían por encima de unas gafas con montura de plata desvaída. Vestía un traje color marengo con chaleco y corbata en el mismo tono, camisa que había perdido la blancura a base de lavados y unos zapatos negros cubiertos de polvo.

Con paso cansino, se dirigió a la salida del establecimiento llevando la bolsa de congelados en la mano derecha mientras con la izquierda, en un gesto automático, se aseguraba de que tenía en el bolsillo de la americana un par de bolsitas de plástico. Siempre las llevaba encima, desde aquella vez que se encontró mal en el metro, después de la cena de despedida de un compañero, y tuvo que vomitar dentro del paraguas.

La existencia del hombre también era gris. Tenía cincuenta y cinco años y llevaba más de treinta casado con una mujer cinco años mayor que él, con la que no había tenido hijos. El matrimonio vivía en un modesto piso de tres dormitorios en un barrio de la periferia de Madrid, junto con los padres de él, de ochenta y ochenta y tres años, y los de su esposa, de ochenta y siete y noventa. En secreto, para sí mismo, se refería a su casa como “El Panteón”.

La única nota de color en su vida la ponía Elisa, una chica de apenas treinta años recién incorporada a la plantilla del supermercado del que él era gerente. Elisa tenía el pelo rojo, los ojos verdes y la piel blanca cuajada de pecas. Como decían los poetas románticos, del gusto del hombre gris, iluminaba toda la estancia con su sola presencia. El primer día que la vio, con su uniforme rosa chillón y un pañuelo de flores recogiéndole el pelo, sintió que se quedaba sin respiración. Desde ese mismo instante, la buscaba a todas horas con la mirada por la tienda. Conocía sus turnos de memoria y a menudo cuadraba los suyos para coincidir con ella. Abandonó este hábito en una ocasión en que la estuvo observando en su rato de descanso mientras se comía a bocados unas fresas con tal deleite que el hombre gris no pudo hacer nada para evitar tener una erección y, en apenas dos segundos, empapar su ropa interior. Desde entonces, constantemente soñaba con enredar sus manos en los rizos de Elisa y averiguar a qué sabrían sus labios.

El hombre salió del establecimiento y, tras bajar el cierre y conectar la alarma, se dirigió al tren y, al cabo de media hora de viaje, llegó a su barrio y se dirigió, pensativo a su casa. Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta procurando hacer el menor ruido posible, ya que sabía que a esa hora su familia estaría durmiendo la siesta. Pasó un momento por la cocina y, tras observar a su esposa roncando en el sofá del salón y a los otros habitantes del Panteón recostados en sus sillones, también con los ojos cerrados, entró en su dormitorio y se sentó pesadamente en la cama, contempló la bolsa de congelados y, quizás por primera vez en varios años, sonrío.

Maruja, la vecina del piso inferior, comentó al día siguiente ante las cámaras de Tele5 que, gracias a que era asidua seguidora de Mentes Criminales, supo que, ante el fuerte olor a gas, lo que tenía que hacer era abrir las ventanas y, bajo ningún concepto, encender las luces o aparatos electrónicos. Avisó a los escasos vecinos del edificio con gritos y golpes en las puertas y, cuando todos, excepto los del 3º A, estuvieron en la calle, llamó al 112 desde su teléfono móvil. Cuando los bomberos entraron en el inmueble, lo primero que vieron fue a una señora de mediana edad y  cuatro ancianos que parecían dormir plácidamente, pero que, en realidad, habían fallecido intoxicados por el gas. En la habitación del fondo hicieron un hallazgo algo más macabro: un hombre de traje gris, también muerto, se encontraba tumbado sobre la cama de matrimonio, con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniendo entre sus manos una cabeza cuajada de rizos rojos.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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