Supervivencia

Antoñita Buendía había aprendido desde muy joven que todos somos capaces de cualquier cosa: sólo necesitamos el escenario y la motivación adecuados. El escenario de Antoñita no era otro que la supervivencia y su motivación consistía en eso que los novelistas llaman el vil metal y la plebe conoce como el parné, los cuartos, los monises… en definitiva, el dinero.

La Buendía trabajaba en la calle de la Montera de Madrid desde que, a los diecisiete años, descubrió que su mayor capital y mejor carta de presentación laboral la llevaba entre las piernas, pero en los últimos tiempos había trasladado su sede social a la Casa de Campo, donde le resultaba más fácil encontrar clientes a los que importaran poco o nada sus veinte kilos y treinta años de más.

Con el tiempo, incluso la oscuridad del parque lo tenía difícil para suavizar arrugas y michelines, así que María Antonia Buendía y Jiménez tuvo que diversificar su negocio. Las chicas que trabajaban en la zona y los asiduos a este prostíbulo a cielo abierto sabían que en el bolso de Antoñita, previo pago, podían encontrar desde condones a toallitas higiénicas, pasando por esposas, lubricantes o pastillas azules de primera necesidad. También cumplía la mujer funciones de intermediaria del trapicheo entre camellos y consumidores y, por un módico precio, hacía labores de vigilancia, “dando el agua” a quienes estuvieran ocupados en sus juegos, desahogos o negocios si, por casualidad, un coche patrulla se dejaba ver por la zona.

El sábado por la noche se encontraba Antoñita sentada en una piedra, cenando su habitual bocadillo de mejillones en escabeche con una cerveza, cuando un BMW paró a su lado y el conductor le indicó con la mano que se acercara. Ella acudió, bolso en mano y refunfuñando por lo bajini, esperando que, al menos, la transacción compensara que la interrumpieran a medio cenar. El hombre, canoso, de unos sesenta años, le dijo:

– Oye, tú eres de la zona, te he visto muchas veces… Dime, ¿cuál es la chavala más joven de las que se lo curran por aquí?

Antoñita, que no soportaba a esos viejos babosos en búsqueda de carne fresca, le respondió:

– No sé… seguramente una mulata que se llama Carla y que debe andar ocupada entre los árboles.

– No me jodas -contestó el hombre-. Carla debe tener ya veinticinco, por lo menos. Te hablo de alguien joven de verdad.

– Mira, yo qué sé. No les voy pidiendo el DNI a las chicas.

El hombre sacó la cartera, cogió dos billetes de cincuenta euros y, tendiéndoselos, le dijo:

– Venga, anda, haz memoria.

Antoñita dudó un instante, tenía sus principios… pero esos cien euros le iban a venir fenomenal para pagar la luz ese mes. E incluso podría sobrarle algo para unos zapatos nuevos que tenía vistos en la calle Carretas. Cogiendo los billetes y guardándoselos entre los pechos, le dijo al hombre:

– Mira, acaba de llegar una cría de esas rumanas o rusas o yo qué sé. No tendrá más de dieciséis años. Se llama Dasha y suele andar frente a la puerta del Zoo.

El hombre subió la ventanilla y se marchó sin decir una palabra más. Antonia volvió a su bocadillo, e intentó disfrutarlo, pero no podía dejar de pensar en la pobre Dasha, con esa carita de cría, debajo del cerdo del BMW. O encima, o delante, que vete tú a saber lo que querría el tipo. E igual era peor y era de esos pervertidos que quieren cosas raras… Ya ni el bocadillo le sabía bien. Tiró la mitad y, con el bolso al hombro y la cerveza en la mano, se dirigió hacia la zona en la que le había dicho al del BMW que estaría la chica. Sólo para echar un vistazo, a ver si todo le iba bien.

Según iba llegando, empezó a escuchar gemidos y pensó “vaya, parece que Dasha sabe fingir bien, esta chica llegará lejos” y pensó en darse la vuelta por donde había venido, pero un ruido raro la hizo detenerse. Parecían palmadas, como aplausos de esos lentos… Y, entre los gemidos, se podía escuchar algún grito ahogado. Antoñita ya no las tenía todas consigo. Dejó el bolso y la cerveza junto a un árbol y cogió una piedra grande, por si las moscas. Se acercó al coche y desde la ventanilla pudo observar cómo el cerdo de las canas había amordazado y atado a Dasha con unas esposas a uno de los asideros traseros del coche y estaba abofeteándola mientras se masturbaba. La chica sangraba por un par de cortes en la cara, hechos con la alianza que aquel hijo de puta llevaba en la mano derecha, y estaba a punto de perder el conocimiento. Ni corta ni perezosa, Antonia abrió la puerta y, sin pensárselo un segundo, descargó la piedra con todas sus fuerzas en la cabeza del hombre, que cayó desplomado sobre las piernas de la cría.

La mujer encontró las llaves de las esposas tiradas en el asiento delantero, desató a la joven, que a duras penas se tenía en pie, y se marchó con ella caminando entre los árboles, dejando al hombre inconsciente y con el culo al aire tirado en el asiento trasero del vehículo.

Mientras se alejaba con Dasha colgada del hombro, Antoñita pensó que la supervivencia ajena también era un buen escenario. Sonrió, se acomodó los dos billetes de cincuenta dentro del sujetador y siguió su camino.

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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