Traición.

Salió del trabajo más tarde de lo habitual, con los hombros caídos y el cansancio pintado en las ojeras. Agosto en Madrid, mal momento y mal lugar para trabajar con traje y corbata y, sobre todo, para verse obligado a hacer un sprint hasta la parada del 27.

Sudando por la carrera y por los cuarenta y tantos años de vida sedentaria, cogió el último autobús y llegó a casa pasadas las doce, con piernas de flan y cabeza de condenado a muerte… un último empujón y se dejaría caer en el sofá, con los pies sobre la mesa y una cerveza helada en la mano.

Nada más abrir la puerta del piso, tropezó con ella, que salía del dormitorio de invitados, el único con orientación al norte y, por ese motivo, el más fresco de la vivienda, prácticamente el único sitio en que se podía respirar de toda la casa. La expresión de su mujer se lo dijo todo: llevaba pintada la traición en la mirada, primero sorprendida y luego esquiva, y en la forma en que tomó aire y cerró la boca, apretando los labios.

Él, con un rictus a medio camino entre el dolor y el desprecio, miró alternativamente a su mujer y a la puerta de la habitación, semientornada. Ella, con un aura incandescente de culpabilidad, dio un par de pasos hacia atrás, como si así pudiera evitar lo que estaba a punto de suceder.

No se lo podía creer; todos sus sueños, sus anhelos… todo estaba a punto de irse al traste. Quería y no quería entrar en esa habitación, quería y no quería confirmar sus sospechas, quería y no quería conocer el sufrimiento que, indefectiblemente, habría de llegar en unos segundos.

Dejó el maletín en el suelo y, sin pararse a deshacerse de la chaqueta y la corbata, se dirigió hacia la habitación. Ella intentó interponerse en su camino y le agarró del brazo, diciéndole una sola palabra, un “¡espera!” que, paradójicamente, sonó desesperado. Él rechazó sus palabras y sus gestos y, esquivándola, abrió la puerta del cuarto de invitados.

Allí estaba él: quieto, callado, vacío… aún con gotas de humedad por encima. Testigo mudo e inerte de la traición. ¿Cómo había podido hacerle eso? Sintió que algo se le rompía por dentro y, sin apenas escuchar el “perdón” que brotó de los labios de ella, se giró y, señalando la prueba del delito, le gritó:

– ¡Te has bebido el último botellín!!

Sobre Pijortera

Polipolar. Lo mismo me pongo un Armani que te canto por Los Chichos. Consumista por la gracia de Dior.

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