El efecto Pagliacci

Lo siento (empieza pidiendo disculpas uuuuh, verás tú…). Debo de ser el rancio del blog, pero es que leo con qué arte y frescura escriben los demás, y desde luego que cualquier intento que hago por escribir algo gracioso me parece ridículo. Tal vez sea buena idea escribir algún día un post cómico sobre cómo intenté escribir un post cómico. Pero hoy no será ese día. Hoy traigo tragedia. Agarraos los machos, vamos al lío.

El pasado 11 de agosto, además de ser mi cumpleaños, se cumplieron 2 años del fallecimiento de Robin Williams (suicidio). La verdad es que eso me marcó, no sólo por la casualidad de la fecha, también porque no se me ocurría como una persona como él, que siempre ha transmitido estar tan llena de positivismo y humanidad, fuera capaz de tomar un camino tan sombrío en su vida y con un desenlace tan nefasto. Así que me puse a leer sobre el tema, como siempre hago cuando algo me suscita inquietud, y descubrí el ténue pero irrompible hilo que vincula las personas cómicas y la depresión.

Creo que es la gente más triste quién intenta al máximo hacer felices a los demás, porque ellos saben cómo es sentirse totalmente inútil y no quieren que nadie más se sienta así.

– Robin Williams.

Así lo dijo Robin Williams, y no puedo estar más de acuerdo. No digo que no haya excepciones, como en todo, pero si conoces a alguien especialmente gracioso puedes dar por supuesto que en el fondo, muy en el fondo, existe un alma hasta cierto punto atormentada que con el tiempo ha aprendido a encontrar el equilibrio para poder mostrar lo mejor de sí mismo y dárselo a los demás.

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Chris Farley (La salchicha peleona), otro cómico en la lista de cómicos depresivos suicidas.

Como muchos elementos psicológicos, es curioso como este efecto cómico-depresivo funciona también siguiendo un patrón. Son una serie de elementos que se fraguan con el tiempo, y que de algún modo harán sentirse identificado/a a más de uno/a que esté leyendo esto.

Todo empieza en la infancia, cuando descubres que te odias a ti mismo. Quizás fue porque en el instituto fuiste objeto de burla, porque eras raro, o gordo, o porque ninguna chica quiso salir contigo. O quizás porque a los repetidores les resultaba más fácil meterse contigo, despreciarte, y un largo etcétera. No eres como los demás, no gustas, eres mierda.

Más adelante, en algún momento descubres que has hecho o dicho algo que, para tu sorpresa, ha arrancado a alguien una carcajada. Quizás un comentario ingenioso, quizás sólo fue estornudar y que te colgara un moco. La cuestión es que has recibido una reacción positiva. No ha sido amor o afecto, pero te ha llenado. Además es algo que puedes controlar, que puedes repetir.

Pronto aprendes que siendo gracioso puedes construir un sólido e infranqueable muro a tu alrededor. Algo que mantiene a los demás lejos de ver cómo eres realmente. Algo que te ayuda a alimentar una falsa confianza en ti mismo, porque la confianza original se la cargaron unos pocos descerebrados hace años por pura diversión.

Al final, terminas creando una proyección de ti mismo, un cómico que puede salir y representarte fuera de ese muro que te rodea. Siempre positivo, siempre de cachondeo, siempre el alma de la fiesta, con tal de evitar que a nadie se le ocurra saltarse el muro y descubrir lo que hay en realidad. Te sale natural. Lo haces instintivamente por tu seguridad y protección. Y lo más jodido es que funciona. Ya ves si funciona.

Así que… Sí… A menudo las personas cómicas y graciosas, lo son fruto de una catarsis personal que las ha llevado a ser así para protegerse. Si tienes a alguien de esas características cerca de ti, ve más allá. No te quedes sólo con el “me hace reír”. No digo que invadas su intimidad, pero valora otras facetas, imprégnate de sus otras maneras de hacerte crecer, de llenarte (porque las tiene, si te fijas) y quédate cerca.

Esto me recuerda a un chiste: Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde “El tratamiento es sencillo. El gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad. Vaya a verlo. Eso lo animará”. El hombre se echa a llorar. Y dice “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”. Es un buen chiste. Todo el mundo se ríe, suena un redoble y cae el telón.

Rorschach – Watchmen.

yutú Escuchando: Jimi Hendrix - All along the Watchtower

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