Algún día alguien dirá basta

-¿Entonces tú no crees en Dios?

-No es que no crea, es que prefiero pensar que no existe. Mira el tema de la reproducción, por ejemplo. Los tíos tenemos polla, que básicamente no es más que un mecanismo de bombeo a través del cual, una vez alcanzado el punto necesario de fricción y calor, sale disparada una especie de pasta blanca y grumosa, más o menos como la leche condensada pero con menos aceite de palma, dentro de la cual hay millones de bichos microscópicos en cuya cabeza va metida un montón de información, como por ejemplo de qué color son tus ojos o tu pelo, y cuyo objetivo es juntarse con una bola que hay muy dentro de la vagina de la mujer y que también va cargada de información. Lo llaman material genético y se supone que contiene todos los datos de cómo será una persona a lo largo de su vida, es una puta pasada. Cuando se juntan, se mezcla todo y de ahí salen los bebés nueve meses después. Pero ojo, porque si la mujer no se queda embarazada esa bola explota a los 28 días y la chica puede llegar a pasarse hasta una semana sangrando. A lo que quiero ir a parar con todo esto es que, no me jodas, un dios capaz de pensar y crear algo así tiene que estar muy jodido de la cabeza. Así que prefiero creer que no existe. Porque si un tipo con esas ideas es el que lo ha creado todo, entonces estamos bien jodidos.

-Pues mira, precisamente por eso es por lo que yo creo en él. Si nuestro creador es capaz de hacer cosas así, entonces nosotros no tenemos nada de lo que preocuparnos. Cualquier salvajada que se nos ocurra hacer o que Don Barilha nos mande estará plenamente justificada. No estaremos haciendo nada que a Dios no se le haya ocurrido ya o no haya hecho antes. Y eso facilita mucho las cosas en trabajos como el nuestro.

-Hombre, visto así…

-Hazme caso. Deja de preocuparte tanto, te irá mejor. Y por cierto, no tienes ni puta idea de sexualidad ni de reproducción, tío. Deberías ver algún documental o algo, yo qué sé. Joder, hace calor esta noche. ¿Tú no tienes calor? A ver si Don Barilha termina de una vez con el tipo que le hemos traído y nos vamos a tomar una cerveza o diez.

Frankie y Marty están montando guardia ante la puerta de un almacén situado en la zona industrial de la ciudad. Son dos tipos fornidos acostumbrados desde hace tiempo a realizar el trabajo sucio sin hacer preguntas. Tampoco es que tengan muchas preguntas que hacer, no son de esa clase de persona. A su jefe, Don Barilha, ya le va bien así. Por eso ha sido toda una sorpresa que horas atrás, esa misma noche, hayan demostrado la suficiente iniciativa como para atrapar a William Marlowe, que al parecer es un espía del capo rival Don Santini, mientras merodeaba por uno de los locales de striptease de la ciudad. Cuando Don Barilha se ha enterado, ha decidido hacerse cargo personalmente del interrogatorio. Y en esas estamos.

La sangre que mana de la ceja partida de William Marlowe se ha introducido en su ojo derecho, ya de por sí hinchado a causa de los puñetazos, impidiéndole ver con claridad. Aun así, Marlowe sonríe. Le duelen los brazos y siente un terrible escozor en sus muñecas debido a la cuerda que le aprieta con fuerza y le mantiene atado e inmovilizado en la silla en la que está sentado. Aun así, Marlowe sonríe. De pie, delante de él, Don Barilha, un hombre de mediana edad medio calvo, gordo y bajo, vestido con un traje elegante, no para de deambular de un lado a otro de la habitación gritando y profiriendo amenazas. Lleva un cuchillo en la mano. Y aun así, Marlowe sonríe. Cuando Barilha parece calmarse por un momento y se calla por fin, Marlowe escupe una mezcla de saliva, mocos y sangre y habla:

-Mira, no pretendo que te pongas en mi lugar, a mí jamás se me ocurriría pedírtelo y no creo que tú estuvieras dispuesto a hacerlo, pero debes entenderme: si de verdad estuviera a punto de suceder algo, jamás te lo contaría. Y si no fuera a suceder nada, ¿entonces qué habría que contar?

-Seguro que te crees muy ingenioso, plantando cara a pesar de estar en una situación adversa y sonriendo aunque te haya dado una paliza. Pero escúchame, hijo, tarde o temprano te sacaremos la información, si no soy yo será alguno de mis hombres. No vale la pena que te resistas, esta muestra de lealtad no tiene ningún sentido, nadie va a enterarse y aunque se enteraran nadie te lo iba a agradecer. Lamento decirte que el honor no va a salvarte la vida, porque tu jefe Santini es un perro sin honor.

-Te estás confundiendo. No se trata de honor, el honor es una falacia que aprisiona y atenaza mucho más que estas cuerdas que me atan. El honor tiene más de absurda prisión que de acto liberador. Yo hablo de hacer las cosas bien, de cumplir una palabra cuando se da y no romper las promesas.

-Y es una manera de pensar muy loable. De hecho, yo también pienso así. Sólo digo que hay que saber reconocer cuándo te han vencido. Y tú estás en una situación en la que no puedes ganar. Pero si te sirve de consuelo, comparto tu forma de pensar. Al final tú y yo no somos más que dos caras de la misma moneda.

-Eso no es cierto, hay límites que yo nunca cruzaría para conseguir mis objetivos.

-Y supongo que por eso tú eres el que está atado en la silla y yo soy el que sostiene el cuchillo. Mira dónde te ha llevado no querer cruzar según qué límites y mira dónde me ha llevado a mí. Supongo que no tienes la culpa, han sido los años y la experiencia los que me han acabado convirtiendo en un hombre práctico y pragmático.

-Y en un hijo de puta sin escrúpulos.

Don Barilha le da a Marlowe un puñetazo con tanta fuerza que uno de sus dientes sale disparado, haciendo un curioso ruido al rebotar por el suelo. Parece como si toda la escena transcurriera a cámara lenta, hasta que Barilha empieza a gritar, enfurecido.

-¡No voy a tolerar que me hables así, desgraciado! ¿Te enteras?

-Tiene razón. Tiene razón, joder. Es verdad, es el momento de confesar.

-Ya era hora de que entraras en razón. Adelante, te escucho.

-Confieso. Confieso que eres un hijo de la grandísima puta, igual que todos los de tu calaña. Vuestros trajes a medida, vuestros coches caros y vuestras cenas en restaurantes de lujo apenas pueden ocultar lo que en realidad sois: unos delincuentes venidos a más. Os hicisteis con el control de la ciudad hace décadas usando el terror, el chantaje, las amenazas y la extorsión. Hoy sois más sofisticados en vuestros métodos pero vuestras herramientas son básicamente las mismas. Tenéis en el bolsillo a policías, jueces y políticos. Os sentís inmunes en vuestra torre de marfil, nadie se atreve a llamároslo a la cara, pero todos murmuran el nombre a vuestras espaldas. Mafia. Mafia. Mafia. Sois clanes mafiosos podridos de ambición y lucháis entre vosotros pero en realidad es la gente de a pie la que paga las consecuencias y la que sufre con todo lo que hacéis. Pero os da igual, lo más jodido de todo es que os da igual. Sois indiferentes al dolor ajeno y si alguna vez alguien es capaz de reunir el valor suficiente como para intentar llevaros ante la justicia siempre acaba muriendo en extrañas circunstancias, o las pruebas se pierden, o el juez dicta que el caso no se sostiene y falla a vuestro favor. Como mucho cae algún cabeza de turco de vez en cuando, algún mindundi, gente sin importancia. Vosotros no. Vosotros nunca. Nunca caen los grandes. Pero escúchame, óyeme bien: vuestra propia altivez será vuestra condena. Os creéis intocables y no os dais cuenta de que el mundo avanza mucho más rápido que vosotros. Algún día alguien será más inteligente que vosotros. Algún día alguien convencerá a la gente para que deje de temeros y se organice contra vosotros. Algún día alguien dirá basta. Y ese día es hoy.

De pronto, el ensordecedor sonido de disparos que proviene del exterior impide escuchar las palabras que salen de la boca de Don Barilha, aunque no resulta complicado intuir que se trata de insultos y palabrotas provocadas por la sorpresa y la ira. Y también por el miedo. Cuando la puerta se abre, dos hombres armados con escopetas entran y no son sus hombres. Frankie y Marty yacen muertos en el suelo, cosidos a tiros. Uno de estos hombres le golpea con la culata de su escopeta en la cara, rompiéndole la mandíbula y mandándolo al suelo, el otro desata con rapidez a Marlowe, que se agacha en cuclillas delante de Don Barilha, el cual se agarra la boca con fuerza. No es capaz de gritar, pero enormes lágrimas surcan su rostro.

-Ya que estamos con las confesiones, te confesaré que no trabajo para Don Santini. Pero claro, tus hombres vieron a un desconocido rondando por los locales de vuestro territorio y enseguida asumieron que se trataba de un espía de una banda rival. Lamento decirte que ellos no me atraparon, fui yo quien se dejó atrapar. Y, aunque me quitasteis las armas que llevaba encima, ni se os ocurrió pensar que uno de mis dientes fuera en realidad un localizador GPS -se agacha y recoge el diente que había caído al suelo a causa del puñetazo y que en realidad no es un diente, y se lo enseña a Barilha -. Tú me has dado una buena paliza, pero yo he traído a los cazadores a la guarida del lobo. Y, por si te lo preguntas, en la otra punta de la ciudad le estamos haciendo lo mismo a Don Santini. Hoy se os acaba el chollo.

-No consigo entenderte. No lo entiendo. ¿Quién estaría tan loco como para organizar algo así?

-Alguien que se ha cansado de vosotros y ha decidido jugar a vuestro juego usando los mismos métodos. Para cuando todo el mundo se pregunte qué coño ha pasado ya nos habremos hecho con el control de todos vuestros negocios. Después de eso, ya veremos.

-Ah, por fin te quitas la máscara y muestras tu verdadero rostro. ¡Qué poco has tardado! Eres un jodido hipócrita, nos criticas sin ningún respeto y hablas de lo malos que somos mientras planeas quedarte con todo. ¿Qué harás cuando seas el dueño de la ciudad? ¿Repartirás los beneficios? ¿Dejarás nuestros negocios en manos de la gente de la ciudad? No lo creo. En cuanto pruebes el poder no querrás soltarlo y te convertirás en lo que somos nosotros. Y ese será tu final.

-Es posible que ese sea mi final, pero de momento… -Marlowe coge un revólver, lo amartilla y apunta a la cabeza de Don Barilha mientras pronuncia las últimas palabra que el viejo capo oirá en su vida -…de momento, esto es un jodido buen principio.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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