Con buen pie

-¿Has oído alguna vez la historia esa de que en fin de año se comen doce uvas porque hace no sé cuántos siglos hubo un excedente de uvas y esa fue la única manera que se les ocurrió de darles salida? Pues es mentira. A ver, que es verdad que hubo un excedente, pero en realidad todo era un experimento de control mental con drogas de síntesis que se ha prolongado hasta nuestros días. El gobierno financió a las principales familias viticultoras del país para que se inventaran el bulo de que había una plaga de insectos capaces de arrasar con las vides, algo así como el Joker de Batman para las putas uvas, para que te hagas una idea. Y lo llamaron la filoxera, no te lo pierdas, pero en lugar de combatir la plaga lo que hacían era sulfatar los viñedos con una movida química que hace que la gente se vuelva gilipollas progresivamente: cuantas más comas, más tonto te vuelves. Y se sacaron de la manga que había que comer doce uvas cada año porque era una tradición de vete tú a saber qué. Ese es el motivo de que nuestra sociedad sea tan dócil y estemos todos tan aplatanados y amamonados, la droga en las uvas. Por eso nunca las tomo en fin de año. Bueno, ni en fin de año ni nunca. Tú deberías hacer lo mismo.

-Es una historia cojonuda, tío. ¿Pero entonces qué pasa con el vino?

-¿Qué vino?

-El que voy a pedirme ahora mismo para poder soportar la brasa que me estás dando, cabrón.

-¿Qué?

Menuda mierda de fiesta de Fin de Año. De nuevo. Otra vez. Como siempre. He pagado un pastizal para poder entrar en un tugurio de mala muerte y estar rodeado de personas sudorosas que van vestidas como si estuvieran en una boda. Para colmo tengo a mi lado a Mister Falcon Crest pasado de coca contándome sus teorías conspiratorias. Menos mal que hay barra libre. De garrafón infame, pero libre. Creo que todo irá más o menos bien mientras a nadie se le ocurra poner New Year’s Day de U2. No me malinterpretéis, me encantaba esa canción, pero es que no hay Nochevieja en la que por un motivo u otro no acabe sonando cuatro o cinco veces, y al final uno se harta de tantas tonterías. Como la enorme pantalla que tienen puesta en el garito. Más de cien pulgadas y están dando anuncios. ¡Anuncios! Y además como el volumen está apagado porque tienen la música a puesta a todo trapo, el efecto es todavía más raro: sale una chica en bragas y sujetador bailando y resulta que es un anuncio de cereales, salen dos chicas en bragas y sujetador haciendo una pelea de almohadas y es un anuncio de crema depilatoria, sale una chica desnuda y es…¿un anuncio de bragas y sujetadores? No entiendo nada. Y para colmo creo que estoy teniendo una erección. Vamos, no me jodas, ya es lo que me faltaba.

A mi espalda, el camarero me pregunta qué quiero tomar y lo primero que se me pasaba por la cabeza es decir “creo que estoy cachondo”, pero sólo alcanzo a decir algo así como“criquestoica” y lo siguiente que sé es que delante de mis narices tengo un ridículo botellín de tónica. No le culpo: entre el ruido, la música, la multitud y que el muchacho va a estar horas trabajando mientras los demás hacemos el ganso entiendo que no esté para perder el tiempo con chorradas. Pero veréis, es que llevo quince minutos esperando mi turno mientras veo anuncios cuyo subtexto no me queda nada claro y ahora tengo una puta tónica en mis manos. Esta Nochevieja va de mal en peor. Menos mal que a nadie le ha dado por poner New Year’s Day de U2. Están aguantando, hay esperanza.

Alguien choca conmigo, lo cual no deja de ser un milagro porque aquí dentro hay tanta gente que apenas podemos movernos. El primer milagro deja paso al segundo y el botellín de tónica cae al suelo y estalla en mil pedazos. Bueno, puede que en algunos menos. Me giro para ver quién ha sido el torpe y me encuentro con un chavalito vestido como Tony Montana morreándose con una chica con pinta de doblarle la edad y también de haber bebido al menos el doble que él. Yo aquí sin bebida, sin pareja, casi sin ganas de vivir y míralos. Estos dos sí que van a empezar el año con buen pie, aunque confieso que nunca he acabado de entender esa expresión. ¿Cómo va a ser empezar el año con buen pie si vuelves a casa haciendo eses? ¿Qué puto sentido tiene? ¿Y la resaca, qué? ¿Dónde está la gracia? ¿Por qué hacemos todo lo que hacemos aún sabiendo que no tiene sentido ni va a servir de nada? ¿Nos hemos vuelto todos gilipollas o qué? ¿Será verdad que las uvas están drogadas? ¿Y esa canción que está sonando no se parece demasiado a…?

Oh, joder. Es New Year’s Day de U2. Llegados a este punto sólo puedo decir:

-Se acabó, a la mierda. No vuelvo a salir nunca más en Nochevieja.

Y entonces alguien a mi lado contesta:

-Cuando el sentido común dice “nunca más”, el subconsciente sonríe mientras piensa “ya veremos…”

-¿Pero se puede saber qué coño acabas de decir? ¿Qué gilipollez es esa?

-No sé, tío, la frase no es mía, la leí en Twitter y he pensado que

Sé que mañana me arrepentiré de lo que voy a hacer, y si no es mañana tal vez sea pasado, pero antes de que llegue a terminar la frase le arreo un puñetazo en los morros y me largo.

Putas uvas. Puta vida. Puto fin de año.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

3 comentarios en “Con buen pie

  1. Jajajajaja. Muy bueno.

    * Saco el cuñao que llevo dentro:
    ¿Lo de la xiloxera es verdad? Es que si las uvas se recogen en septiembre y la Noche Vieja en Diciembre ¿Cómo aguantan las uvas? Se harían pasas ¿no? He dicho pasas. Feliz año

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