Consejos egoístas para personas mezquinas

La culpa de todo la tienen los libros de autoayuda. Si a una persona con una pésima imagen de sí misma y una baja autoestima le dices que es única, genial y maravillosa, no te creerá. Al menos la primera vez. Y a lo mejor puede que tampoco te haga caso las primeras diez. Pero si se lo repites cien veces, mil veces, un millón de veces, existe la posibilidad de que sucedan dos cosas. Una de ellas es que te mande a la mierda. La otra es que se lo crea.

Cuando echo la vista atrás, hay una palabra que sobresale por encima del resto a la hora de definir mi vida: mediocre. Nunca había destacado en nada, ni era la mejor amiga de nadie. Jamás fui el alma de la fiesta, ni había llevado a cabo ninguna acción importante o relevante. Si algún día alguien cometiera la insensatez de intentar realizar una película sobre mi vida me temo que no tendría material ni para rodar un cortometraje. Imagino que la gente a mi alrededor se daba cuenta de esto, porque nadie se esforzaba demasiado por conocerme y, si alguna vez mostraban preocupación o interés era más por cumplir que por otra cosa. “Siempre estás muy seria, Beatriz”, decían, o “¿te encuentras bien, Beatriz? Deberías salir por ahí y divertirte”, pero la cosa nunca pasaba de ahí.

El día de mi cumpleaños, mis compañeros de trabajo me regalaron un libro de autoayuda. Ignoro si había alguna intención oculta detrás de aquel obsequio o si simplemente se trató de una broma de mal gusto, el caso es que no tenía nada mejor que hacer y me lo leí. Y no sé si fue por su rabioso optimismo y esa persistencia en insistir en que todo saldría bien, o por los exagerados esfuerzos del autor por elevar los ánimos del lector, pero la verdad es que me gustó. Me gustó tanto que me compré otro, y otro cuando terminé ése, y luego otro, y otro, y cuando quise darme cuenta ya tenía toda una colección, estanterías y estanterías llenas. Lo que más me llamaba la atención era que, a grandes rasgos, todos incidían en los mismos temas: que yo era especial, que siempre debía ser la número uno en mi lista de prioridades, que yo era la persona más importante de mi vida y que, si me lo proponía, podría conseguir cualquier cosa que quisiera. Tras meses leyendo una y otra vez las mismas consignas, al final me dí cuenta de que tenían razón: podía conseguir todo lo que me propusiera. Así que me propuse vengarme de todas aquellas personas que se habían portado mal conmigo a lo largo de toda mi vida.

Primero fui a por mis compañeros de clase, que me amargaron la infancia a fuerza de inventarse apodos, cada uno más absurdo y ofensivo que el anterior. No me fue difícil dar con ellos. ¡Benditas redes sociales! En menos de dos horas los había localizado a todos. Les pareció genial la idea de organizar una cena de reencuentro, estaban deseando aparcar sus obligaciones paternofiliales por una noche y emborracharse hasta caer inconscientes. Y yo que pensaba que mi vida era aburrida. Cuando los vi la noche de la cena casi sentí lástima. Aquellos monstruos de mi adolescencia que vestían ropa de marca y se estaban preparando para comerse el mundo eran ahora seres cargados de problemas de trabajo, de pareja, de dinero y de sobrepeso. Por un instante, se apoderó de mí una piadosa empatía. Ya no eran demonios, tan sólo unos pobres diablos igual que yo. Pero claro, por su culpa me había pasado años aterrorizada y arrastrando traumas, algunos de los cuales todavía duraban. Habían sido unos hijos de la gran puta en su día y quería verlos muertos. Además, había llegado con una hora de antelación al restaurante para envenenar la sangría, así que ya no había marcha atrás. No habían pasado ni diez minutos del primer brindis y ya estaban todos retorciéndose en sus asientos y vomitando sangre. Fue una auténtica gozada, lo único que me supo mal fue no poder quedarme a contemplar el caos que se iba a formar en cuanto se juntaran allí ambulancias, familiares y mirones. Bueno, ya lo vería en las noticias. Ahora tocaba preparar mi visita a David.

Mis experiencias sentimentales siempre habían dejado mucho que desear. Habían sido pocas y decepcionantes, y todas seguían punto por punto el mismo patrón: Bea conoce a chico, chico se camela a Bea diciéndole que está muy enamorado de ella y que quiere tener una relación seria, Bea se ilusiona como una tonta, chico se folla a Bea, chico desaparece, Bea llora como una idiota, Bea se hincha a comer chocolate y se plantea comprarse catorce gatos. Pero eso estaba a punto de cambiar, en esta ocasión el final de la historia sería “Bea se lleva por delante a todos los cerdos que se aprovecharon de ella”. Y como David había sido el primero también lo sería ahora. De nuevo, las redes sociales jugaron un papel fundamental. ¡Qué manía tiene la gente de explicar toda su vida con pelos y señales! Una vez supe dónde vivía me presenté allí fingiendo ser una repartidora que debía realizar una entrega, él dijo que no esperaba nada, y desde luego que no se esperaba lo que iba a pasar: en cuanto abrió la puerta le reventé las narices con un puño americano y, cuando se desplomó en el suelo desorientado a causa del golpe, comencé a golpearle las piernas con un bate de béisbol. Cuando me aseguré de que no iba a ir a ninguna parte, saqué el cuchillo. ¡Cómo gritaba cuando lo vio! Y aún gritó más cuando le quité los pantalones. Claro que eso no fue nada comparado con el momento en el que le corté la polla y los cojones. Menudos alaridos, aquello parecía la matanza del cerdo. Bueno, en cierto modo lo era. Me sorprendió comprobar lo desmejorada que quedaba esa parte de la anatomía masculina una vez que perdía toda la sangre. Me dio tanto asco que se la tiré a David a la cara y me marché dejándolo allí, desangrándose en el suelo del recibidor. Yo tenía cosas mejores que hacer. Como estrenar mi licencia de armas, por ejemplo.

Conseguir armas de modo legal no es tan difícil como la gente se piensa. Básicamente es una cuestión de paciencia y dinero, más de lo segundo que de lo primero. Hay academias que te preparan para superar las pruebas que debes realizar para poder manejar armas de fuego. A los examinadores no les interesa que les digas lo que piensas de verdad, sólo lo que quieren oír. Bueno, supongo que eso le pasa un poco a todo el mundo. Así que, tras unas cuantas sesiones de “por supuesto que no tengo ningún tipo de antecedentes penales”“no señor, ya lo ve, yo no estoy loca” y por supuesto “pues claro que no pienso subirme a un campanario y liarme a tiros”, ya podía disfrutar de mi flamante licencia. Y vaya si la disfruté. Tras descubrir que en mi ciudad había muchas más armerías de lo que yo pensaba y hacer una fructífera visita a la más cercana, me fui a ver al casero que años atrás me echó de mi primer piso por haberme retrasado unos días en el pago del alquiler. Sin mediar palabra, porque tampoco es que hubiera mucho que decir, le descerrajé dos tiros en la cabeza. No pensaba que fuera a mancharme de sangre tanto como lo hice, así que me fui a casa a ducharme y, ya que estaba por allí, aproveché para tirotear al vecino plasta que siempre ponía la música a todo volumen, al imbécil que se dormía y se dejaba la tele puesta toda la noche y a la vieja que siempre me hacía perder el tiempo contándome sus batallitas, siempre las mismas. Qué harta me tenía. Qué harta me tenían todos.

Mientras me duchaba, frotando con fuerza para quitarme los restos de sangre, sesos y otros fluídos, caí en la cuenta de que con tanto trajín se me había pasado por completo ir a trabajar. Seguro que los inútiles de mis compañeros ni se habían dado cuenta. La mayoría ni siquiera sabía cómo me llamaba. Y se acordaban de mi cumpleaños porque todas las fechas estaban apuntadas en un calendario que había en la oficina, si no de qué. Nunca habían mostrado un verdadero interés por mí. Yo, por otra parte, me moría de ganas de probar la metralleta que me había comprado.

Nada más entrar en la oficina el jefe vino hacia mí furioso y pegando gritos, pero se calló en cuanto vio el arma, y cuando apreté el gatillo ya no volvió a decir nada nunca más. A partir de ahí, fue como si todo transcurriera a cámara lenta: abrí fuego sobre mis compañeros, algunos se habían quedado paralizados a causa de la sorpresa y el miedo, otros intentaban escapar o esconderse en vano, porque no había manera, yo estaba en todas partes como si fuera un ángel vengador, sólo que en vez de llevar en mis manos una espada de fuego administraba mi venganza bíblica a tiro limpio. Veía las balas atravesar los cuerpos de mis compañeros y cómo se tambaleaban y caían al suelo como si bailaran una angustiosa danza macabra, mientras todo el material de oficina salía volando por los aires y los ordenadores explotaban. Era un espectáculo fabuloso. Debería haber hecho esto hace años, joder.

Y aquí estoy finalmente, contemplando mi obra con una sonrisa en los labios y el cargador vacío. Oigo sirenas a lo lejos, debe ser la policía. Normal, tampoco es que haya sido muy discreta. Mierda, están rodeando el edificio y bloqueando todas las salidas. Me temo que no me va a quedar más remedio que recargar mis armas y abrirme paso a tiros, no pienso dejarme atrapar ahora que he llegado tan lejos. Me cargaré a todo el que se interponga en mi camino, huiré hasta el aeropuerto más cercano, me cambiaré el color del pelo y volaré hacia algún país que no tenga leyes de extradición. No sé a cuál, nunca se me dio bien la geografía. ¿Que qué haré cuando llegue allí? Ni idea, lo que me dé la gana, ya se me ocurrirá algo. Después de todo, puedo hacer cualquier cosa que me proponga, porque soy maravillosa, genial y única. Me lo han dicho los libros de autoayuda.

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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