En la barra

-¿No te cansas de venir aquí todos los días a hacer lo mismo?

La pregunta de Inma dejó a Juan desconcertado. Siempre había sido un tipo bastante tímido y todavía le costaba reaccionar bien ante preguntas tan directas. Entonces recordó que ella también acudía todos los días a aquel bar y que, tarde tras tarde, se habían sentado juntos y se habían dedicado a hablar, descubriendo que tenían muchas cosas en común, que en algunas cosas pensaban exactamente igual y que en otras jamás serían capaces de ponerse de acuerdo. Así que respiró hondo, dio un buen trago a su cerveza y contestó:

-A ver, a veces se hace un poco repetitivo pero también tiene sus cosas buenas.

-¿Como cuáles?

-Pues mira, para empezar si no viniera no te habría conocido.

Eso era cierto. Ambos tenían trabajos que les ocupaban toda la mañana, así que procuraban disfrutar de sus tardes tanto como podían, ya fuera dedicando tiempo a sus aficiones o acudiendo a aquel bar, un bar que no cerraba nunca y donde siempre podías encontrar a alguien contando alguna anécdota divertida, quejándose por algo o intentando ligar. Si uno tenía paciencia y sabía dónde mirar, era casi imposible aburrirse. E igual que sucedía en el resto de bares que alguna vez hayan existido, había algunos personajes que siempre estaban allí, día tras día. Era como si ya formasen parte del mobiliario. Por ejemplo, sentada en una mesa entre la máquina de discos y el lavabo, estaba La Señora del Escote Generoso, que aunque no era demasiado joven ni demasiado atractiva siempre tenía a varios pretendientes rondando cerca. En esos momentos estaba a punto de atrapar en sus redes a un jovencito incauto.

-No te vayas a pensar que yo hago estas cosas con todo el mundo -susurraba al oído del jovencito, que tenía la frente perlada de sudor a causa de los nervios, mientras se lo llevaba al lavabo tratando de ser discreta, aunque sin conseguirlo.

-¡Otra muesca para el Colt! ¡Me cago en la puta, esa tía folla más que todos nosotros juntos! -El Borrachuzo Cascarrabias siempre estaba al tanto de todo y rara vez estaba contento con nada. Y nunca se callaba. A veces podía llegar a ser muy divertido, pero en otras ocasiones era simplemente insoportable. A su lado, apoyado también en la barra, el Cotilla Cansino iba soltando su veneno en forma de chismes y rumores tan jugosos como difíciles de comprobar:

-Pues a lo mejor el muchacho termina saliendo escaldado: dicen que  hay más enfermedades venéreas entre las piernas de esa tía que en una orgía hippie.

-¿Y tú lo sabes porque te acostaste con ella? -preguntó Inma. Juan tuvo que taparse la boca para no soltar una carcajada. El Camarero Carismático contemplaba toda la escena desde detrás de la barra, sonriendo mientras mantenía activo el suministro de cerveza.

-Sólo digo lo que me han dicho -se justificó el Cotilla.

-Entonces la criticas porque nunca se ha querido acostar contigo, ¿verdad?- Inma estaba disfrutando con aquello. El Cotilla nunca le había caído bien y si tenía una oportunidad de putearlo, por pequeña que fuera, pensaba aprovecharla. Por desgracia, el Cotilla Cansino no estaba acostumbrado a plantar cara.

-¡Oye, tampoco hace falta que mates al mensajero! ¡Vive y deja vivir! ¡Joder, hay que ver cómo os defendéis entre vosotras! -aún seguía con la retahíla de improperios cuando salió del bar.

-Ese está apollardao– apostilló El Borrachuzo Cascarrabias, poniendo punto final a aquel conato de discusión.

Más tarde, fumando un cigarrillo en la puerta del bar, Juan e Inma se reirían comentando cómo había salido por piernas el Cotilla a la primera de cambio.

-¿Te veré mañana? -preguntó Juan.

-¿Mismo sitio, misma hora? -preguntó Inma en respuesta.

-Vale.

*****

Ambos acudieron puntuales a la cita al día siguiente. Como de costumbre, no fueron los únicos. El Borrachuzo y el Cotilla ya llevaban unas horas por allí, escuchando con atención las historias de la Chica Ya No Tan Joven Pero Todavía Muy Enamoradiza. Les estaba contando, a ellos y a todos aquellos que estuvieran lo bastante cerca como para escucharla (dicho de otro modo, al bar entero), que el día anterior no había podido acudir al bar porque había estado con su nueva pareja: un chico guapo, simpático, inteligente, con cuerpazo y además buen follador. Estaba muy feliz de haber encontrado al que sin duda iba a ser el amor de su vida. No obstante, omitía en su relato el dato de que era la quinta vez en lo que iba de año que encontraba al amor de su vida, algo que tampoco tendría nada de malo si no fuera porque cada desengaño amoroso la sumía en un cabreo épico que siempre se acababan comiendo todos los parroquianos del bar, y en el que nunca faltaban los clásicos “todos los tíos son iguales”, “¿por qué me tiene que pasar siempre esto a mí?” y el mítico “no pienso volver a enamorarme nunca más”.

Inma y Juan contemplaban la escena en silencio, bebiendo sus cervezas y compartiendo miradas cómplices de vez en cuando. No necesitaban hablar para saber que ambos pensaban lo mismo, que la Chica Ya No Tan Joven Pero Todavía Muy Enamoradiza era una mamarracha. Cada vez se sentían más cómodos el uno con el otro, y cada vez les aburría más aquel bar y la gente que había en él. No albergaban ningún tipo de odio ni rencor, pero demasiado a menudo aquello parecía un bucle repleto de lugares comunes. Juan recordó la pregunta que Inma le había hecho el día anterior y pensó que sí que tenía una parte de razón, que allí dentro todos los días eran tal vez no iguales, pero sí demasiado parecidos. Como queriendo corroborar esa idea, la puerta del lavabo se abrió y por ella salieron La Señora del Escote Generoso y un jovencito salidorro. Él lucía una sonrisa de oreja a oreja, mientras ella le iba comentando:

-Que sepas que estas cosas yo nunca las hago en la primera cita, no te vayas a formar una idea equivocada de mí.

El Cotilla Cansino intentaba establecer contacto visual con Inma, poniendo su mejor mirada de te lo dije, pero le sirvió de poco porque ella no le hizo ni puñetero caso, estaba tan ensimismada hablando con Juan que casi ni se dio cuenta de que la puerta del bar se abrió de par en par con un estruendoso golpe. Hecho una furia, el Ladronzuelo Lerdo hizo su aparición. Al Ladronzuelo Lerdo le encantaba llamar la atención y estar en todas las salsas, algo bastante estúpido y contradictorio teniendo en cuenta que se dedicaba a robar todo lo que se le pusiera por delante (siempre y cuando no fuera muy difícil ni le supusiera un gran esfuerzo físico). Para colmo, estaba convencido de tener un carisma canalla que en realidad nunca había tenido, pero le encantaba dárselas de listo y hacerse el interesante. Resumiendo, que era muy tonto.

-¡Me han robado la moto! ¡A mí! ¡Estos no saben con quién se la están jugando! ¡Cuando los pille se van a enterar! ¡Yo soy importante! ¡Yo soy alguien!

El Cotilla Cansino estaba a punto de venirse arriba soltando aquel rancio refrán de quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón, pero no tuvo ni tiempo de empezar porque el Borrachuzo Cascarrabias se arrancó con un monólogo colérico:

-¡Me cago en mi puta vida! ¡Estoy hasta los cojones de vuestros dramas de pacotilla! ¡Entre la que se enamora de gilipollas que se aprovechan de ella cada dos por tres, el que no tiene nada mejor que hacer que meterse en la vida de los demás, la que va de ingenua pero se folla a todo cristo y el que le jode que le hagan lo que él ha hecho siempre a los demás esto ya no hay quien lo aguante! ¡Antes molaba estar aquí y poco a poco lo habéis jodido todo! ¡Estoy hasta la polla! ¡Me marcho de aquí! ¡Y no pienso volver! ¡Que os jodan a todos!

Se hizo el silencio en el bar, nadie supo qué decir, o más bien nadie se atrevió a decir nada hasta que el Borrachuzo hubo abandonado el local, entonces sí que se pusieron de inmediato a murmurar todos. Inma miró a Juan y le dijo:

-Tal vez nosotros deberíamos hacer lo mismo.

-¿Montar un escándalo y poner a parir a todo el mundo? A mí me falta valor, no sé si sería capaz -respondió él.

-No, bobo, marcharnos de aquí para no volver. Hay otros lugares en los que estar y cosas mejores que ver. Aquí ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer.

-¿Entonces nos vamos y ya está? ¿Se acabó?

-Se acabó esto, pero empieza algo mejor.

-¿Juntos? ¿Tú y yo?

-Juntos, al menos hasta que se acabe.

-O hasta que de mí te hartes.

-Lo que primero suceda.

-O lo que suceda antes.

Juan e Inma comenzaron a reír a carcajadas. La gente del bar los miraba sin entender nada, tan sólo el Camarero Carismático fue capaz de intuir lo que estaba sucediendo y les guiñó el ojo. Ni siquiera les cobró las cervezas, dijo “invita la casa” y ellos se dieron la mano y se largaron corriendo de aquel bar al que le debían haberse conocido pero en el que ya no quedaba nada que les pudiera interesar. Ni siquiera se pararon a mirar atrás.

*****

El Borrachuzo Cascarrabias llegó a primera hora del día siguiente, se acomodó en la barra y empezó a beberse una cerveza tras otra. Nadie le preguntó nada por temor a que les respondiera con un gruñido, aunque en el fondo a nadie le sorprendió que hubiera tardado tan poco en regresar al bar. Los que no aparecieron fueron Inma y Juan, que se perdieron a  la Chica Ya No Tan Joven Pero Todavía Muy Enamoradiza lamentándose desconsolada porque el nuevo amor de su vida le había salido rana, al Cotilla Cansino malmetiendo como siempre, al Ladronzuelo Lerdo diciendo gilipolleces y a cinco jovencitos que resultó que estaban liados simultáneamente sin saberlo con La Señora del Escote Generoso y que coincidieron allí al mismo tiempo por un extraño azar del destino (o tal vez porque el Borrachuzo Cascarrabias se puso en contacto con todos ellos y los citó allí a la misma hora), lo que derivó en una tremenda batalla campal.

Y nadie supo jamás cómo les fueron las cosas a Inma y Juan, porque nunca más volvieron a aparecer por aquel bar.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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