F. Ollador

La sesión aún no había comenzado y sin embargo Fernando ya se estaba arrepintiendo de haber acudido allí, porque si él mismo no era capaz de hallar una solución a su problema nadie iba a poder hacerlo. Tampoco alcanzaba a entender cómo una conversación casual con su médico de cabecera durante una revisión rutinaria el día anterior podía haber terminado con la recomendación por parte de éste de visitar a un psicoterapeuta sexual. Y luego estaba la cuestión del nombre que figuraba en la puerta del consultorio: en cuanto Fernando lo vio, supo de inmediato que nada bueno podía salir de todo aquello. Su único consuelo en esos instantes era que, al menos, el diván en el que estaba tumbado era bastante cómodo.

El doctor llevaba ya un buen rato mirándolo sin decir nada, sentado con una actitud relajada y una sonrisa que tenía un punto entre burlón y siniestro. Sobre su mesa, al lado del ordenador y de varias carpetas con información de otros pacientes, había una placa en la que, tal y como sucedía con la que había en la puerta de entrada, se podía leer la inicial de su nombre y su primer apellido completo: Dr. F. Ollador.

-Bien, pues tú dirás -dijo por fin el doctor F. Ollador.

-Es complicado -contestó Fernando.

-En realidad nunca lo es. Cuéntame.

-Que sepas que si de mí dependiera no estaría aquí, pero mi médico ha insistido en que debía venir a verte. Dicho esto, a ver cómo te lo explico…verás, desde hace unas semanas, hay tres mujeres que han empezado a mostrar un interés en mí que hasta ahora no habían mostrado. A lo mejor son imaginaciones mías, o puede que esté pecando de desconfiado porque no estoy acostumbrado a recibir este tipo de atención por parte del sexo opuesto, así que a lo mejor me estoy equivocando…

-No sigas. Entiendo a la perfección lo que está pasando, el diagnóstico no podría estar más claro: quieren follarte hasta dejarte seco.

-¡Pero qué dices, animal!

-Perdona, no te hacía tan mojigato. Desean mantener relaciones sexuales contigo sin cesar con la intención de dejarte extenuado. ¿Te suena mejor así?

Fernando se levantó del diván y se dirigió hacia la puerta, se sentía incómodo con todo aquello pero, en lugar de abrirla, se giró y dijo:

-Tengo novia, ¿sabes?

-¿Y qué? -contestó el doctor.

-¿Cómo que y qué?

-Eres un muchacho joven y sano. Y bastante atractivo, para qué nos vamos a engañar. De repente, ha surgido la posibilidad de hartarte a follar. No consigo ver dónde está el problema.

-El problema está en que, por muy halagado que me sienta por esas mujeres y aunque no niego que tal vez sienta cierta atracción por ellas, no estoy dispuesto a traicionar a mi novia.

-Para el carro un momento, chico. ¿Traicionar? No estamos hablando de que vayas a asesinar a su familia o a venderla a una red de trata de blancas de la mafia rusa, sólo vas a tener sexo con otras mujeres, una cosa de lo más normal. El sexo es algo natural.

-¿Ser infiel y engañarla es natural? ¿Y entonces dónde queda el amor?

-¡El amor es lo antinatural! El amor no es más que el nombre que le hemos puesto a ese pacto extraño y retorcido que hacen dos personas y que les obliga a profesarse mutua fidelidad y pasar el resto de su vida juntos. Lo que llamamos amor en realidad no es más que una completa y absoluta patraña.

-¿Y entonces cómo llamas a esa sensación que sientes en el estómago y te atenaza las tripas cuando alguien te gusta?

-Eso podría ser cualquier cosa antes que amor: ansiedad, hambre, nervios, gases, alguna clase de parásito intestinal o incluso, aunque tampoco es necesario ponerse en lo peor, cáncer.

-No puede ser. Me niego a pensar que todo se reduzca a algo tan básico, que no seamos mejores que los animales ni hayamos evolucionado nada desde las cavernas.

El doctor abrió uno de los cajones de su escritorio, cogió un folio y lo empezó a plegar con destreza hasta que consiguió hacer un pene de origami que de inmediato mostró a Fernando, no sin cierto orgullo.

-¿Qué te sugiere esto? -preguntó.

-Que no me estás haciendo ni puto caso -respondió Fernando. El doctor rió a carcajadas, pero paró cuando comprobó que a su paciente aquello no le estaba haciendo la menor gracia.

-Mira, chaval, no pretendo cabrearte. Lo único que digo es que el amor está muy lejos de ser algo infalible o absoluto. Sucede lo mismo que con las religiones y tantos otros conceptos abstractos. Han sido creados por los seres humanos y, si por algo nos caracterizamos los seres humanos, es por nuestra tendencia casi patológica a cometer errores y equivocarnos.

-Pero entonces, siguiendo ese razonamiento, acostarme con otras mujeres podría ser uno de esos errores que nuestra especie comete con tanta frecuencia, así que no debería hacerlo.

-O te podrías estar equivocando y el error sería no acostarte con ellas. ¿Por qué no puedes hacerlo?

-Porque estaría traicionando a una persona a la que quiero y sé que si lo hiciera me acabaría arrepintiendo. Terminaría por decírselo, ella no me lo perdonaría y yo tampoco sería capaz de perdonármelo.

-Claro, y eso es porque tanto tus decisiones como tus actos están regidos por un ridículo código ético que han inventado personas cobardes que no quieren responsabilizarse de sus actos. Estáis tan obsesionados con lo que creéis que debéis hacer que al final se os olvida qué es lo que de verdad queréis hacer. Mira, decir que tienes un código de honor está muy bien, es bonito, pero a la hora de la verdad no te va a servir de una puta mierda. Tú no eres un samurai ni un caballero Jedi. Ni la Fuerza es poderosa en tu interior ni tu vida sigue los dictados del bushido. Eres un pardillo que cree estar haciendo lo correcto mientras son otros los que están disfrutando de las cosas buenas de la vida. Tienes la posibilidad de follar con mujeres muy atractivas que quieren tener sexo contigo y estás dispuesto a tirarlo todo por la borda porque quieres ser fiel a una persona que no sabes si te está siendo fiel a ti.

-Pues claro que lo es, me quiere un montón.

-¿Cómo puedes saberlo? ¿Cómo puedes estar seguro? Por muy claras que creas tener tus ideas, por muy firmes que puedan ser tus convicciones, hay situaciones ante las que no sabes como vas a reaccionar hasta que te enfrentes a ellas. ¿Qué te hace pensar que si tu novia estuviera en una situación similar a la tuya no se lanzaría en plancha a follar como una loca?

-Porque nos queremos, ¿me oyes? Muchísimo.

-Venga, voy a hacer que te creo, actuaré como si me hubieras convencido. Vale, os queréis. ¿Pero hasta cuándo? ¿Cuánto durará eso? Haz memoria, recuerda todas aquellas cosas que te gustaban cuando tenías cinco años y cómo te parecían lo más importante del mundo y no podías ni querías pensar en nada más. Luego, de repente, ya tenías diez años y tus intereses habían cambiado por completo. A los quince las cosas que te gustaban a los diez te parecían chiquilladas, y a los veinte pensabas “¿cómo es posible que pudieran gustarme esas bobadas cuando tenía quince años?”. Pues bien, siento decirte que eso es algo que nunca va a dejar de pasarte. Llegará el día en el que incluso tu canción favorita dejará de serlo y todo lo que una vez te importó carecerá de sentido por completo. Algún día todos moriremos y nadie se planteará si cumpliste con tu deber o si tomaste la decisión correcta llegado el momento. Ni vamos a ser recordados ni haremos historia. Existe la posibilidad de que en realidad no le importemos a nadie, así que hazte un puto favor y aprovecha esta oportunidad que se te ha presentado delante. Vive. Disfruta. Folla.

-¿En serio? ¿Me vas a venir a estas alturas con el puto carpe diem?

Abriendo otro de los cajones del escritorio, el doctor sacó lo que a todas luces parecía una caja de preservativos sin estrenar, la desprecintó, la abrió y comenzó a tirarle condones a Fernando mientras le gritaba:

-¿Pero qué carpe diem ni qué niño muerto? ¡Si fuéramos fieles al carpe diem todos la habríamos palmado mucho antes de cumplir los treinta, hostia! ¡Lo que intento que entiendas de una puta vez es que si te sientes atraído por unas mujeres que quieren follar contigo lo aproveches porque eso no es algo que te vaya a pasar todos los días! ¡De hecho, cada día, cada mes y cada año que pase te irá pasando menos! ¡Y deja ya de preocuparte de una puta vez por tu novia, porque llevo más de dos meses acostándome con ella!

Fernando abrió tanto los ojos que por un momento casi pareció que se le iban a salir de sus cuencas, y señalando al doctor exclamó:

-¡Lo sabía, joder! ¡Sabía que todo esto no podía ser casualidad! Que mi médico me insistiera tanto en que viniera a visitarte era parte de tu plan. Mierda, seguro que esas mujeres ni siquiera quieren nada conmigo y las has convencido para que me hagan creer que quieren follarme y así yo te deje el terreno libre con mi novia.

-Ni lo confirmo ni lo desmiento.  De acuerdo, puede que una de las tres sea una actriz a la que he contratado. Puede. Tal vez.

-Eres un cabrón amoral. No me extraña que mamá se divorciara de ti.

-Vamos, no metas a tu madre en esto, ella era incapaz de compartir mis puntos de vista e insistía en aferrarse a dogmas anticuados. ¿Qué tal le va, por cierto?

-¡Vete a la mierda, papá!

Fernando salió de la consulta dando un estruendoso portazo. Mientras bajaba por las escaleras hacia el portal, más cabreado de lo que había estado en años, escuchaba a su padre gritarle desde atrás:

-¿Es que no lo entiendes, hijo? ¡Lo llevamos en los genes! Yo soy Francisco Ollador y tú Fernando Ollador, ¡eres un F. Ollador hijo de otro F. Ollador! ¡Has nacido para dar y recibir placer! ¡Nunca podrás ser fiel! ¡Te debes a las mujeres! ¡Es tu destino, chico! ¡Es tu destino!

 

 

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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