Hasta que sea demasiado tarde

Un buen asesino nunca dejará que lo atrapen. Un buen asesino intentará que otro cargue con la culpa. Un buen asesino esperará sin que sospeches dónde está escondido para matarte hasta que sea demasiado tarde. Esas tres reglas fueron lo primero que mi compañero me enseñó cuando comencé a trabajar con él como detective de homicidios. Lo siguiente que me enseñó fue cómo conseguir que nunca se cumplieran. No había asesino que no pudiera ser atrapado, pista falsa que no pudiera detectarse o misterio que no pudiera resolverse. Los genios criminales sólo existían en la ficción. En el mundo real todos terminaban por cometer algún error y ser detenidos. Y más aún si tenían la mala suerte de que el detective asignado al caso fuera mi veterano compañero, Víctor Valenzuela. Era inteligente e implacable. Trabajar con él fue lo mejor que pudo pasarme. Me enseñó todo lo que sé. Por eso me dolía ver el bajón que había pegado en el último año, tanto físico como anímico, a raíz de su divorcio. Su mujer se cansó de que Víctor antepusiera siempre el trabajo al matrimonio. Víctor no la culpaba, sabía que ella tenía razón, era cierto que se implicaba demasiado en todos los casos, pero aquello le estaba pasando factura. Para colmo, llevábamos meses persiguiendo a un asesino en serie y todavía no habíamos sido capaces de hallar ninguna pista que pudiera llevarnos hasta su identidad o paradero.

Aquél era ya el quinto escenario de similares características al que nos enfrentábamos Víctor y yo. Si bien era cierto que no podíamos asegurar que se tratara del mismo asesino en todos los casos, las coincidencias eran demasiadas como para suponer que se tratara de dos personas distintas. Además, preferíamos pensar que en efecto se trataba de un único psicópata. Con uno ya teníamos más que suficiente, sobre todo teniendo en cuenta su manera de actuar. Estábamos ante un cabrón sanguinario tan metódico como paciente. Sospechábamos que era capaz de pasarse horas escondido en casa de sus víctimas hasta que por fin se decidía a atacar, y cuando lo hacía le gustaba tomarse su tiempo y hacer las cosas con calma. Despellejaba y descuartizaba a sus víctimas, repartiendo después los pedazos aleatoriamente por todas las habitaciones. Y todo eso sin dejar ni una sola huella, fibra de ropa o muestra de ADN. Era frustrante. En uno de los casos lo hizo con una familia entera: padre, madre y dos hijos. Estuvimos casi un día entero tratando de ordenar aquello y dilucidar a quién pertenecía cada miembro. Lo único que sabíamos con seguridad era que a todas sus víctimas les faltaban los pulgares. Suponíamos que se los llevaba a modo de trofeo. Pero claro, tampoco era un dato que se pudiera facilitar a la prensa, ávida de conseguir público sin importar lo morboso o sensacionalista que pudiera ser el títular. Lo último que necesitábamos en esos momentos era que la gente leyera algo como “El Asesino de los Pulgares anda suelto”. Necesitábamos resolver aquel caso, necesitábamos esa victoria. Y Víctor más que nadie. Por eso fue tan importante encontrar aquella pista en la escena del crimen. Aunque no tuviera ningún sentido.

-¿Un carnet de conducir? ¿Me tomas el pelo? -Víctor parecía más cabreado que decepcionado.

-Opino lo mismo que tú, no tiene lógica.

-No es que no tenga lógica, joder, es que es mentira. Apesta a pista falsa, alguien lo ha puesto ahí a propósito. Están jugando con nosotros, hostia.

-Yo tampoco me creo que de pronto el asesino se olvide el carnet en la escena del crimen, pero ahora mismo es lo único que tenemos. Y tú mismo me has dicho cientos de veces que…

-Lo sé, lo sé. No hay que dejar ningún cabo suelto.

El carnet de conducir pertenecía a Alberto Lobato, un agente inmobiliario con aspecto de dedicar más horas a mirarse en el espejo del gimnasio que a vender pisos. Su cabeza afeitada, su barba perfectamente recortada y su antinatural musculatura gritaban a voces que él no era el hombre que había matado a toda aquella gente pero, de todos modos, debíamos devolverle su carnet y hacerle algunas preguntas. Y no estábamos para aguantar gilipolleces.

-Muy bien, señor Lobato, voy a ser claro respecto a esto: cuanto menos tiempo nos haga perder, menos tiempo le haremos perder a usted -aquella frase era de las primeras que me había enseñado Víctor. Era una manera respetuosa pero muy directa de dejar claro quien llevaba la voz cantante, una versión suave del “no nos jodas y no te joderemos”. Y ahí era cuando entraba Víctor:

-¿Podría explicarnos qué hacía su carnet de conducir en la escena de un crimen?

-¿Qué? ¡Yo no he hecho nada, lo juro! ¡Lo perdí hace unos días! -el pobre diablo estaba sudando más de lo que seguramente había sudado en el gimnasio en toda su puta vida.

-¿Perdido? ¿Dónde?

-Bueno, en realidad no lo perdí. La verdad es que me da vergüenza decirlo…

-Puedes explicárnoslo aquí y ahora o podemos detenerte como sospechoso de asesinato delante de todos tus compañeros y nos lo explicas cuando lleguemos a comisaria, como prefieras.

-Está bien. Me atracaron la otra noche y me robaron la cartera con toda mi documentación.

-¿Y se puede saber por qué no denunció el robo?

-¡Porque fue un yonqui, joder! ¿Quién iba a creerse que a un tío como yo le había robado la pasta un puto drogata?

Un clásico. Aquel imbécil había malgastado tiempo, dinero y es probable que también salud en ponerse cachas y luego se cagaba por la pata abajo en cuanto el primer yonqui le ponía un pincho en el cuello. Si no había denunciado no era por temor a que no le creyeran, era por el miedo a convertirse en el hazmerreír de sus coleguitas del gimnasio. Lo bueno de todo aquello era que al menos podíamos seguir tirando del hilo, con la esperanza de llegar a algo más concreto.

-¿Sería capaz de describirnos al atracador?

-Yo qué sé, tampoco pude percatarme en detalles -traducido: estaba tan acojonado que ni me fijé en quién me estaba robando -. Lo que sí me llamó la atención fue el peinado, parecía salido de un vídeo de rock de los años 80.

Miré a Víctor sólo para comprobar que él también me estaba mirando. No hizo falta que dijéramos nada, pues ambos sabíamos con total seguridad que aquel cachas de gimnasio nos estaba hablando de Carlos. Carlos el Cardado Hidalgo.

Carlos el Cardado Hidalgo se había ido convirtiendo con el tiempo en una especie de chiste privado de nuestra comisaria, si bien era cierto que tenía bastante más de patético que de gracioso. Carlos era un apasionado de la década de los 80: su música, sus series, su estética…de hecho, creo recordar que su trabajo de final de carrera pretendía ser una crónica de aquellos años o algo por el estilo. El problema vino cuando también quiso probar las drogas de los 80 y se enganchó sin remedio a la heroína. En cuestión de meses todo se fue al carajo. Si parece una mierda de historia, es porque está explicando una mierda de vida. El Cardado, al que el apodo le venía por su peinado voluminoso y exagerado, se pagaba la adicción trabajando como confidente para la policía cuando no estaba detenido por hacer algún trapicheo. Ya no podía caer más bajo, por eso nos costaba creer que pudiera estar implicado en algo como aquello. ¿Cómo un carnet robado por El Cardado terminaba en el suelo del piso en el que habían descuartizado a un profesor de secundaria de cuarenta y cinco años? ¿De qué manera podía estar aquello conectado, si es que estaba conectado de algún modo? Necesitábamos respuestas. Y las necesitábamos pronto.

Estuvimos toda la tarde buscándolo en los lugares donde solía ir a comprar droga o a consumirla y no fuimos capaces de encontrarlo en ninguno de ellos. A esas alturas ya estábamos más aburridos que desesperados. Víctor propuso probar suerte en un almacén abandonado y medio en ruinas que había no muy lejos de donde nos encontrábamos. Pillamos a Carlos cuchara en mano, enfundado en su chándal roñoso y con su peinado particular. Siempre me preguntaré qué habría pasado si sólo hubiésemos llegado cinco minutos después. Nunca lo sabré.

-Carlos, tenemos que hablar contigo -dijo víctor, mientras se llevaba la mano a la funda de la pistola. En cuanto nos vio, El Cardado enloqueció.

-¡No! ¡Joder, no! ¡He hecho todo lo que me dijiste, cabrón! ¡Tal y como dijiste! ¡No vengas a joderme ahora, cerdo! ¡El Cardado no es la cabeza de turco de nadie! ¡No me vas a joder!

Sacó una pistola enorme de algún lugar de su chándal, no tuve tiempo de fijarme, jamás pensé que fuera capaz de moverse tan rápido. Aunque no tan rápido como Víctor, que le pegó dos tiros en el pecho antes de que llegara a efectuar siquiera el primer disparo. Ya estaba muerto para cuando cayó al suelo. Iba a darle las gracias a Víctor cuando de pronto lo comprendí todo. Vi  una rabia en su cara y en sus ojos que indicaban que yo iba a ser el siguiente en caer, así que hice lo único que podía hacer en aquella situación: disparar primero. Y así fue cómo maté a Víctor Valenzuela, mi compañero. El hombre que me había enseñado todo. Bueno, todo no.

La investigación llevada a cabo durante los siguientes días fue un mazazo para todo el cuerpo de policía. Sabíamos que el divorcio había dejado a Víctor muy tocado, pero jamás se nos habría ocurrido imaginar que tras tantos años de investigar y perseguir a asesinos él mismo acabaría convirtiéndose en uno. Encontramos en el congelador de su piso los pulgares de todas sus víctimas. Nos tuvo durante meses jugando a su antojo. ¿Con qué fin? Ya nunca lo sabríamos.

-No consigo entenderlo -me confesaba el comisario en su oficina. Quería hablar conmigo antes de que me fuera, nuestros superiores habían decidido que lo mejor, dadas las circunstancias, era que me tomara unas semanas de descanso -. No consigo entender que después de tantos años de impecable servicio a alguien se le pueda ir tanto la cabeza. Matar a toda esa gente a sangre fría y descuartizarla. Y luego implicar a ese yonqui en toda esta historia. Imagino que pretendía inculparlo por los crímenes pero la cosa se torció. Tal vez, si tú no hubieras estado allí…joder, podría haberte matado. Maldito cabrón. No lo habría sospechado ni en un millón de años. Bueno, no quiero entretenerte más. Vete a casa. Te lo has ganado.

Salí de comisaría, me monté en mi coche, arranqué y me alejé de allí. No dejaba de escuchar en mi cabeza las tres primeras reglas que Víctor me enseño. Un buen asesino nunca dejará que lo atrapen. Y allí estaba yo, marchándome de vacaciones pagadas después de haber engañado a todo el mundo. Un buen asesino intentará que otro cargue con la culpa. Aquélla no había sido tan fácil. Darle al Cardado la suficiente heroína como para que se atreviera a atracar al cachas de la inmobiliaria y me pasara a mí su documentación para que yo pudiera dejarla en casa del profesor al que descuarticé era una jugada demasiado arriesgada. Y que se colara en casa de Víctor y dejara en su congelador la caja con los pulgares mientras nosotros nos dedicábamos a buscarlo por toda la ciudad era directamente suicida. No podía salir bien. Aunque yo ya contaba con eso. Casi se podía apreciar la decepción en la cara de Víctor cuando mató al Cardado y entendió que quien estaba detrás de todo aquello era yo. No era un mal tipo, pero tenía que morir. Tenía que inculparle para poder escapar. Un pequeño sacrificio para poder obtener mi libertad. Libre para matar de nuevo, lo que nos lleva a la tercera regla. Puede que te estés preguntando por qué te cuento todo esto, cuál es el sentido de que te revele mi secreto. Es muy sencillo, no te he contado toda la historia. No sabes mi nombre, por ejemplo, no conoces mi aspecto físico, ni siquiera sabes si soy hombre o mujer. Y ahora, como todos los buenos asesinos hacen, me estoy escondiendo en algún lugar de tu casa sin que tú sospeches nada, esperando pacientemente para matarte.

Y no vas a poder escapar.

Hasta que sea demasiado tarde.

 

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Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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