Lo que nadie sabe

-¿Sabías que Super Mario Bros. es en realidad la historia de un fontanero moribundo obsesionado por la trágica desaparición de su hija? Juro que no me lo estoy inventando. Durante años la gente ha pensado que se trataba de un videojuego con una trama absurda pensada para pasar el rato, una excusa para ir pasando pantallas, pura evasión: un fontanero bigotudo que atraviesa un mundo de fantasía matando a monstruos con caparazón mientras intenta encontrar a una princesa. Lo que nadie sabe es el auténtico trasfondo de la historia. Mario era un fontanero viudo con una hija de ocho años, a la que llamaba cariñosamente princesa. A la niña le encantaban las tortugas, por ese motivo Mario le regalaba siempre alguna por su cumpleaños, por Navidad o cuando sacaba buenas notas y esas cosas, ya sabes. Un día, mientras él está trabajando, la niña se da cuenta de que no queda comida para tortugas y, aunque su padre siempre le ha dicho que no salga sola a la calle, ella decide bajar a por comida porque no quiere que sus mascotas mueran de hambre. Y jamás regresa. Desaparece de la faz de la tierra por completo. Imagínate el palo tremendo que supone para un padre pasar por una situación como esa, no saber dónde está tu hija, si  la han secuestrado, si está viva o muerta o qué coño le ha pasado. Nadie se recupera de algo así. Además, cada vez que ve a las tortugas qué él le regalo recuerda lo sucedido y eso le hunde todavía más. Poco a poco, Mario va cayendo en una depresión y termina volviéndose alcohólico, hasta que finalmente un día sufre una embolia cerebral mientras está en mitad de uno de sus trabajos de fontanería. Es entonces, mientras está muriendo, cuando su cerebro imagina toda una aventura fabulosa en la que él es un héroe imparable, capaz de convertirse en un gigante, de lanzar fuego por las manos, de volverse incluso indestructible mientras busca sin cesar a la princesa, a su princesa, pantalla tras pantalla hasta llegar al último castillo, donde mata al monstruo y por fin se reúne con su hija. Y mientras tú estás contemplando los fuegos artificiales y el final feliz, Mario encuentra algo parecido a la redención (una redención de mierda, todo sea dicho) mientras muere entre convulsiones tirado en el suelo de un lavabo. Obviamente, esta historia era demasiado jodida y cualquier crío que la hubiera visto se habría cagado en los pantalones, así que decidieron deshacerse del drama y dejar sólo la aventura. Por eso al final Super Mario Bros. terminó siendo la historia de un fontanero que mata tortugas mientras busca a una princesa de la que está enamorado, un argumento ridículo que lo mires por donde lo mires no se sostiene por ningún sitio.

-Pero entonces, ¿qué pinta ahí su hermano Luigi?

-Absolutamente nada. Imagino que Luigi fue un añadido de última hora para que el juego pudiera tener la opción de dos jugadores.

-¿Y usted cómo sabe todo esto?

-Bueno, verás…tengo contactos.

Aquella noche, Charlie Contactos Connor estaba más contento que de costumbre. Hacía apenas diez días que Enzo Leonese, el capo mafioso que llevaba años controlando la ciudad con mano de hierro, había sido brutalmente asesinado. Su muerte había dejado un vacío de poder que no tardó en desembocar en una guerra de bandas que estaba resultando muy beneficiosa para Connor, quien se había labrado a través de los años una gran reputación como intermediario y conseguidor. Si necesitabas hacerte con algo prohibido o ilegal, ibas a ver a Charlie. Si tenías que organizar una reunión con alguna banda rival en territorio neutral y no querías que la cosa terminara en un baño de sangre, ibas a ver a Charlie. Si querías hacer desaparecer a alguien de manera eficaz y permanente, ibas a ver a Charlie. Era todo un profesional, el mejor en su trabajo. Y siempre se llevaba una tajada de todo. Además, el hecho de ser tan importante en los bajos fondos lo había convertido casi en intocable, nadie iba a hacerle daño porque, de un modo u otro, todos le necesitaban. Teniendo en cuenta que fuera cual fuese el resultado de la guerra de bandas él iba a seguir llenándose los bolsillos, no era de extrañar que se mostrara tranquilo y confiado sentado detrás de su caro escritorio de roble, con buen humor y ganas de contar historias al primero que pasara por su oficina. Y el primero que había pasado por allí aquella noche era un tipo pintoresco ataviado con gafas de sol de aviador y un llamativo traje de pana de cuadros verdes y rojos llamado James Hudson, recién llegado a la ciudad con mucho dinero y tantas ganas de hacer negocios como de hablar.

-Viendo lo mucho que le gustan las historias, señor Connor, a mí también me gustaría compartir una con usted. Sucedió hace muchos años en esta misma ciudad, cuando uno de los hombres más poderosos e influyentes descubrió que su hija mayor, una joven universitaria, mantenía una relación en secreto con un chaval de un barrio humilde. El padre, que soñaba con casarla con el hijo de alguna familia adinerada, enloqueció de ira lamentándose por la virginidad perdida de su amada hija y por la subsiguiente deshonra que eso podía suponer para la familia. Ya se sabe lo melodramáticos que se ponen los ricachones con temas tan absurdos como el honor y la honra. El caso es que llegó a la conclusión de que el chaval debía morir, pero no quería ensuciarse las manos ni que el asunto le salpicara de ninguna manera, así que se puso en contacto con alguien de confianza para que se encargase del asunto con la mayor discreción y al menor coste económico posible. No quería gastar ni un centavo más de lo necesario en acabar con la vida del desgraciado que se había tirado a su hijita. Y claro, en lugar de contratar a un asesino profesional para que realice el trabajo, entran en escena un par de yonquis dispuestos a hacer lo que sea a cambio de unas dosis de heroína. Dicho y hecho, sin perder un minuto los yonquis encuentran al chaval, lo cosen a puñaladas y lo dejan tirado en un callejón. Ni siquiera se molestan en esconder el cadáver o deshacerse de él, de tan ansiosos como están por cobrar su recompensa e inyectársela en las venas. Lo que los muy imbéciles no saben es que en realidad el material que se están chutando está cortado con matarratas y morirán en cuestión de minutos. Y así se termina el problema: el ricachón ha conseguido lo que quería, el intermediario se gana su gratitud eterna y no queda nadie vivo que pueda demostrar la implicación de ambos en los hechos. Lo que nadie sabe es que la tarde que los yonquis mataron al chaval no estaba solo, volvía del cine con su hermano pequeño, que consiguió salir corriendo y salvarse, a pesar de que un mal navajazo le dio en la cara y terminó perdiendo el ojo izquierdo. Durante el entierro, antes de que sus padres y él se marcharan de la ciudad, juró volver algún día para descubrir a los verdaderos culpables y vengarse de ellos.

-¿Y eso es todo? No te ofendas, pero me parece un poco decepcionante. ¿Es así como termina tu relato?

-Ni mucho menos, la historia continúa hasta el presente. De hecho, hace diez días el muchacho regresó convertido ya en un hombre y mató al ricachón que ordenó la muerte de su hermano. Resulta que se había convertido en el principal capo de la ciudad, ¿puede usted creerlo? Me imagino que lo siguiente que hará ahora será ir a por el intermediario que se encargó de contratar a los yonquis.

Connor había perdido por completo las ganas de reír, estaba empapado en sudor y más nervioso a cada segundo que pasaba. No entendía por qué no acudían sus guardaespaldas de inmediato si estaba pulsando el botón oculto de su escritorio que debía advertirles de que vinieran, aunque se imaginaba lo peor. También temía y sospechaba la respuesta, pero aún así debía formular la pregunta.

-¿Y tú cómo sabes todo esto?

Con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, James Hudson se quitó lentamente las gafas de sol, miró a Charlie Connor a la cara y contestó:

-Porque yo soy el hermano del chico al que asesinaron los yonquis que tú contrataste.

Connor permaneció inmóvil mientras Hudson saltaba por encima de la mesa, lo tiraba al suelo y ponía las manos alrededor de su cuello para ahogarlo. Era incapaz de reaccionar. Lo único que podía hacer era contemplar el vacío que había donde tendría que haber estado el ojo izquierdo del muchacho y la cicatriz que surcaba su párpado, sin duda alguna fruto de un navajazo recibido hacía años.

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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