Loca

-No te imaginas las ganas que tenía de conocerte. ¿Qué pasa, no vas a darme dos besos?

-Yo también estaba deseando verte por fin en persona -contesté mientras la besaba en las mejillas. No eran pocos los que me habían advertido sobre ella. Ten cuidado, me habían dicho, está loca, es como una viuda negra o una mantis religiosa: primero juega contigo y luego te devora. Es probable que estuvieran en lo cierto pero, ¿qué sería de la vida sin un poco de riesgo y de peligro? Aunque fuera verdad eso de que la curiosidad al final te acaba matando, siempre sería mejor morir de golpe que sentir cómo te pudre por dentro la incertidumbre, languideciendo un poco cada día mientras piensas en todo lo que podrías haber hecho, en todas las opciones que dejaste pasar porque no te atreviste. Y yo, que no era de desaprovechar oportunidades ni me gustaba eso de vivir con dudas, acudí a la cita sin dudarlo un instante.

-Debo confesar que no eres para nada como me esperaba -dije.

-Nadie suele serlo nunca, las expectativas son así de cabronas: o hacen que te quedes corto o te decepcionan. A mí también me ha pasado contigo, no es lo mismo leer lo que escribes en las redes sociales que tenerte aquí delante y poder comprobar cómo te expresas, si gesticulas al hablar o te quedas quieto como una estatua de mármol, ver qué cara pones y cómo reaccionas…

-Lo malo es que aquí no hay margen de error, tendré que ir improvisando sobre la marcha y aunque rectifique rápido no habrá vuelta atrás si la cago.

-Y eso lo hace todo mucho más interesante, ¿no crees? Además, ¿quién dice que vayas a cagarla?

Apenas hacía quince minutos que nos habíamos conocido y ya me tenía ganado por completo. Parecía que cada palabra que salía de su boca hubiera estado un segundo antes en mi cabeza, como si leyera mi mente y fuera siempre un paso por delante. Su manera de mover las manos y el cuerpo cuando hablaba resultaba del todo hipnótica, parecía estar realizando una sensual y sinuosa danza exclusiva para su único espectador, que era yo. Y me miraba como si pudiera ver a través de mí, como si estuviera desnudo o peor aún, como si fuera transparente. No podía huir ni esconderme de ella. Tampoco tenía ninguna intención de hacerlo.

Entre la conversación y las cervezas, me sentía cada vez más cómodo y más a gusto. Parecía que el mundo se difuminara y perdiera todo su color a nuestro alrededor, que en la terraza de aquel bar sólo estuviéramos nosotros dos. Sólo podía mirarla a ella, que destacaba como una explosión de color en el más gris de los paisajes, ella era la única imagen que tenía sentido en un mundo que se me antojaba cada vez más absurdo y borroso. Y cuando creía que no podía mejorarse lo que ya era perfecto, me dijo:

-¿Nunca te ha pasado eso de tener la certeza de llevar toda tu vida buscando algo pero sentir la incertidumbre de no saber qué es?

-Todos los putos días de mi vida desde que tengo uso de razón -dije yo. Ella cogió mis manos entre las suyas y, mirándome a los ojos, contestó:

-Pues ya no es necesario que busques más, estoy aquí. Ya me has encontrado.

Decían que estaba loca. Bendita locura, diría yo, tan bendita y maravillosa como para sacarte del tedio y la monotonía y llevarte a lugares que ni sabías que existían. Y el sitio al que decidió llevarme después de pagar al camarero todo lo que nos habíamos bebido fue a su habitación, donde pasó de ser una loca maravillosa a convertirse en amante, en musa, en diosa. Seguimos bebiendo desnudos en su cama, pero ya no era alcohol lo que ingeríamos sino nuestros propios fluidos y nuestro sudor, entregándonos por completo a la vorágine de darnos placer el uno al otro hasta alcanzar el éxtasis que sólo el sexo bien hecho puede darte, sin restricciones, si remilgos, sin ambages. Recorrimos cada centímetro de la piel del otro como si quisiéramos memorizar cada curva y cada recoveco, como si temiéramos que acaso pudiera golpearnos el infortunio de no volver a vernos y aquel fuera a ser nuestro primer y último encuentro. No quedó ninguna parte de nuestros cuerpos sin besar o acariciar, exploré todos sus orificios con mi boca, con mi lengua y con mi sexo, creyendo que aquella pasión cegadora iba a consumirme en cualquier momento. Un instante antes de correrme pensé que, si mi vida fuera a terminar allí, aceptaría con gusto mi destino con tal de poder morir entre sus piernas y que lo último que escucharan mis oídos fuera su respiración entrecortada, sus jadeos y gemidos fruto del orgasmo masivo que le estaba provocando. Pero, ironías del destino, en lugar de morirme me quedé dormido.

Cuando desperté, horas después, estaba encadenado en lo que a todas luces (o mejor dicho, debido a la falta de ellas) parecía un sótano. Delante de mí tenía a un chico muy demacrado, de melena sucia y barba desaliñada, vestido con una camiseta de algún grupo heavy que no era capaz de distinguir y que, al igual que yo, tenía las manos inmovilizadas por cadenas. No era capaz de adivinar cuánto tiempo llevaría atrapado allí. Él tampoco lo sabía con claridad. Le conté mi historia, con la intención de comprobar si se parecía a la suya. Supuse que él también había sido cautivado por la simpatía, la inteligencia y la belleza de aquella extraordinaria mujer y había terminado en el sótano tras una noche de desenfreno sexual.

-Así fue como me engañó a mí -le expliqué -. ¿Cómo te atrapó a ti?

-Se me acercó una noche en un bar, me preguntó si me apetecía follar y  contesté que sí.

-Bueno, supongo que no todos somos igual de complicados.

-Puede ser, aunque sí que estamos igual de jodidos.

Tal vez se debiera a su inesperada réplica, o puede que fuera por lo rocambolesco de toda la situación en su conjunto, pero no pude reprimir una sonora carcajada. Él empezó a reírse también. No podíamos parar. A nuestro alrededor, los esqueletos encadenados de las incautas víctimas anteriores a nosotros también nos sonreían de ese modo tan siniestro en el que sólo pueden sonreír los cráneos. Ignorábamos cuándo y cómo moriríamos, aunque estábamos muy seguros de que no iba a gustarnos. Y aún así seguíamos riendo, como quien ya no tiene nada que perder, conscientes de haber caído en la trampa de lleno y con la certeza de los que se saben condenados.

Decían que estaba loca. Tenían razón.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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