Mediocre

Alguien me dijo una vez que aburrirse enseguida de las cosas es síntoma de inteligencia. Yo creo que más bien es síntoma de que todo es una puta mierda. Fijaos en mí, por ejemplo: desde que tuve uso de razón jamás quise destacar en nada, ni ser el mejor, ni ser el primero. Nunca entendí dónde estaba la gracia de luchar con uñas y dientes para alcanzar el liderazgo, tener que soportar toda esa presión y esforzarse tanto para obtener unos beneficios que jamás estarían a la altura del sacrificio realizado. Así que me dediqué a ir a lo mío, a pasar de todo procurando no quedar nunca por encima de nadie. En definitiva, a ser un mediocre. Y todo me iba genial porque se me daba muy bien, allá donde fuese había un montón de mediocres como yo con los que integrarme, me sentía como pez en el agua estando entre iguales. Era feliz siendo un don nadie. Hasta que la sociedad decidió empezar a coger a los mediocres y subirlos a pedestales.

De un día para otro, no valer para nada se convirtió en tendencia. Seres que hacían gala de su ineptitud y su ignorancia se convertían en ídolos a los que adorar e imitar. Personas con serios problemas para construir una frase coherente y que todo lo que habían hecho en su vida era golpear una pelota, ya fuera con alguna parte de su cuerpo o con algún otro objeto, eran considerados dioses. Había gente cuyo principal interés en la vida era follarse a los famosos sólo por el hecho de que eran famosos. Construíamos monumentos a la vacuidad, rendíamos pleitesía a la nada más absoluta. Contemplar la evidencia de aquella realidad podría haber hecho caer a cualquiera en la depresión y la locura. A mí, en cambio, me hizo abrir los ojos y tener una revelación: había llegado la hora de salir de mi zona de confort, de abandonar la comodidad del anonimato y enarbolar la bandera de la cutrez, lo casposo y lo vulgar. Si ellos estaban triunfando yo también podía triunfar. Si siendo mediocre se podía conseguir dinero, fama y sexo, yo también podía hacerlo. Y mucho mejor que ellos.

Pero, ¿qué se puede hacer cuando no se te da bien nada?, os preguntaréis. La respuesta es muy sencilla: cualquier cosa. Estar tan limitado significaba que en realidad no tenía limitación alguna. Entré arrasando en todas las redes sociales, sin miedo, sin vergüenza y con más cara que espalda. ¿Os gustan los chistes? Contaré chistes. ¿Os gustan los cortometrajes? Haré los que queráis, de cualquier género. ¿Os gustan los relatos? Escribiré hasta que me salgan callos en los dedos. ¿Buscáis cantante para vuestro grupo? Me apunto. ¿Que no tengo ni idea de solfeo y mi voz es horrenda? No pasa nada, eso es algo que tengo en común con la mayoría de cantantes contemporáneos. ¿Os gusta la polémica, el morbo, el escándalo? Perfecto, hecho, no hay problema. Haré lo que sea necesario para abrirme hueco. ¿Qué más da que nada se me dé bien? Seré como un artista del Renacimiento pero al revés. Fingiré ser simpático y agradable, os reiré las gracias y haré la pelota a quien haga falta. Eso sí, no olvidéis seguirme, compartir, suscribiros y darle al botón de “me gusta”. Hacedme famoso, hijos de puta.

Y poco a poco, con paciencia, tesón e insistencia, y sobre todo con una carencia total y absoluta de escrúpulos, me acabé haciendo un nombre entre los mediocres. Había otros mediocres que me pedían que colaborara con ellos, horribles programas de radio y televisión que me invitaban para promocionar mis mierdas en horario de máxima audiencia y claro, una cosa llevó a la otra y entré en una absurda e imparable espiral ascendente: cuanto más aparecía en cualquier medio, más gente me veía, y cuanto más me veían, más famoso me hacía y más querían que apareciera en los medios. Era obvio que llegaría un momento en el que todo aquello terminaría, pero eso no me iba a impedir aprovecharlo mientras durara: fiestas a las que me pagaban por asistir, drogas que me invitaban a probar, productos de todo tipo que me regalaban por promocionarlos…y por supuesto el sexo. Tuve más sexo en seis meses del que había tenido en toda mi vida. La gente quería follar conmigo porque salía en la tele, en la radio y en internet. Les daba igual que yo fuera un jodido mediocre, porque era un jodido mediocre famoso. Y yo no tenía prejuicios de ningún tipo. Ni criterio tampoco. Toda esa gente vivía engañada, o bien se autoengañaba, y yo no tenía reparos en aprovecharme y sacar ventaja. Me follaba todo lo que se me pusiera por delante, me daba igual género, estatura, color o peso. A veces me tocaba follarme algún orco y otras veces el orco era yo. Así es la vida, supongo.

Nada de aquello tenía sentido. Era ridículo ver a un montón de personas patéticas pensando que eras mejor que ellas sólo porque eras conocido y salías en los medios. Todos queriendo hacerse una foto contigo, diciéndote todo el rato lo genial que eras y cómo las gilipolleces que habías hecho les habían inspirado y animado a cambiar sus vidas. No eran más que un hatajo de mediocres admirando a otros mediocres por las mediocridades que hacían. Una pirámide infinita de mediocridad, en definitiva, donde los que estaban abajo soñaban con llegar algún día arriba aunque en realidad no tuvieran nada que aportar ni talento alguno para hacerlo. Qué asco me daban. Tal vez fuera porque me recordaban a mí, porque yo era exactamente igual que ellos: torpe, ridículo, patético. Todo el mundo conocía mi cara y mi nombre, pero yo sabía que seguía siendo un don nadie, un mediocre. Demasiado inútil para crear nada que valiera la pena y demasiado cobarde como para abandonar la vida cómoda y fácil que había conseguido, aunque a esas alturas ya estuviera más que muerto de aburrimiento. Todo me parecía una mierda, pero tenía fama, sexo y dinero. Dicen que con el tiempo suficiente uno puede acabar acostumbrándose hasta al mismísimo Infierno. ¿Cómo no iba yo a acostumbrarme a aquello?

 

 

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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