Mi última noche con Raúl

La historia que os cuento sucedió hace ya algún tiempo, en uno de esos bares de Barcelona que abren hasta las tantas y donde lo mismo te ponen el pop más alternativo que los grandes éxitos de la Carrá. Del grupo de amigos que habíamos salido aquella noche todos se habían ido yendo a casa en mejor o peor estado, y a esas alturas ya sólo quedábamos Raúl y yo. Raúl era un chico de estética hippie y buenos sentimientos cuyas principales preocupaciones eran independizarse de sus padres y encontrar el amor verdadero, no necesariamente en ese orden. A mí por aquel entonces me preocupaba bastante más descubrir cuánto podía beber sin llegar a vomitar. Nunca me he considerado una persona nostálgica, pero a veces echo de menos aquella época en la que todavía tenía el hígado casi por estrenar. Ah, los buenos viejos tiempos. Pero dejemos de hablar de mí.

Mientras bebíamos y bailábamos y bebíamos y bebíamos me di cuenta de que Raúl no dejaba de mirar al fondo del bar. Reconocí aquella mirada porque no era la primera vez que la veía, y es que a Raúl, tan romántico como tímido, ya le habían roto el corazón unas cuantas veces, algunas por enamoradizo y otras por ser un poco pardillo. Me giré con disimulo y, en efecto, comprobé que a escasos metros de nosotros teníamos a tres chicas que bailaban sin preocuparse de nada mientras bebían unos mojitos.

-¿Qué pasa? -le pregunté, aunque yo ya sabía de sobra lo que pasaba.

-Es guapísima, tío.

Ea, lo que yo decía, el bueno de Raúl se nos había vuelto a enamorar. Podría haberme burlado de él, o podría haber hecho como que no le escuchaba (la música en estos garitos, ya se sabe, siempre suena demasiado alta), pero no: ya fuera porque había sido el único de mis compadres con la suficiente paciencia y resistencia como para aguantar a mi lado toda la noche, o tal vez por efecto de esa absurda y ridícula valentía que surge como consecuencia de no tener ni la más remota idea de la cantidad de ron con cola que llevas ingerida, experimenté una especie de iluminación y decidí que esa noche sería su gran noche y que iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano para que mi amigo alcanzase su objetivo. Iba a ser su copiloto, su maestro, su sensei: yo sería su Yoda y él mi Luke Skywalker, yo sería su Miyagi y él mi Daniel-san, yo sería su Amo del Calabozo y él sería cualquiera de los protagonistas de la serie de dibujos animados Dragones y Mazmorras, yo sería su Batman y él mi Robin…bueno, no, olvidad esto último, que suena demasiado ambiguo a nivel sexual.

Resumiendo, que no tendría motivos para avergonzarme si durante el resto de mi vida no volvía a hacer nada que fuera de provecho, porque lo que sucediera aquella noche se convertiría en leyenda, y nuestros amigos y conocidos contarían aquella anécdota mítica y épica a la menor oportunidad que tuvieran a todas las personas que encontraran a su paso: en el supermercado, en el metro, en el trabajo y en la cola del paro. Lo que pasara aquella noche sería mi puto legado. Esta noche follas, Raúl.

Pero claro, no contaba con la timidez de Raúl. Raúl, la timidez y la puta madre que parió a la timidez.

-Venga, vamos y te la presento.

-¿Pero qué dices, tío? No.

-¿Pero cómo que no?

-Pues porque no, porque me gusta mucho y seguro que pasa algo y la liamos y se ríen en nuestra cara, así que casi mejor no.

-Raúl, me cago en todo, que de ningún cobarde se ha escrito nada y la esperanza es lo último que se pierde y el no ya lo tienes, y como ya lo tienes pues no acapares y evoluciona, coño, evoluciona, crece como persona o como pokemon o como lo que te salga a ti de las pelotas y pon en práctica todas esas movidas que cantan esos cantautores que tanto te gustan y todo lo que has aprendido leyendo a Benedetti, a Murakami, a Maserati y a Gorgonzola. Y hazme caso por una puta vez en tu vida, hostias.

-Vale.

-¿Ah, sí?

-Que sí, joder.

-Perdona, es que si te soy sincero no me lo esperaba…venga, vamos a por ello.

Y fuimos a por ello, vaya que si fuimos. Me planté delante de las tres muchachas y, señalando con el pulgar detrás de mí mientras intentaba que la lengua no se me trabara demasiado, dije:

-Hola, buenas noches, me gustaría presentaros a mi amigo.

Ellas me miraron fijamente, como si fuera la primera vez en su vida que me veían. Bueno, de hecho así era. Estuvieron mirándome un buen rato, luego miraron detrás de mí, volvieron a mirarme y la chica que había encandilado a Raúl me dijo:

-¿Qué amigo?

-Pues mi amigo -insistí yo, hablando muy lento y muy alto para que el mensaje le llegara con total claridad, mientras seguía moviendo con insistencia el pulgar. Ella volvió a mirarme, esta vez como si yo fuera un marciano, un vendedor de enciclopedias o simplemente un borracho chiflado, miró una vez más detrás de mí y volviendo a mirarme dijo:

-¿PERO QUÉ AMIGO?

Y yo, que en aquel momento ya había agotado las escasas reservas de paciencia que me quedaban, comencé a girarme gritando “PUES QUÉ AMIGO VA A SER, JODER, EL QUE TENGO AQUÍ DETRÁS…”

Pero detrás no había nadie. Y, mientras se me iba poniendo cara de tonto, completé la vuelta de ciento ochenta grados justo a tiempo de ver a Raúl corriendo hacia la salida del bar como si le persiguiera una enfermedad venérea. Intenté volver a encajarme la mandíbula y no parecer un gilipollas (sin éxito), mascullé algo parecido a una disculpa y salí de allí a toda velocidad al encuentro de mi amigo. Para cuando llegué a la calle, no había ni rastro de él.

Nunca más volví a verle.

A veces recuerdo lo que nos pasó aquella noche y sonrío con cierta nostalgia. Otras, en cambio, me encabrono un montón.

Ay, Raúl. Te echo de menos, Raúl.

Cómo me la jugaste.

Hijo de puta.

 

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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