Miedo a volar

-¿A que nunca has visto ninguna azafata de vuelo mayor de cincuenta años? ¿Nunca te has preguntado por qué?

Michael Campbell había empezado a sudar desde que se subió al avión. Tenía miedo a volar desde la primera vez que se montó en uno siendo niño. Estaba allí porque no le quedaba más remedio. Debía atravesar el país de inmediato  para acudir a una importante reunión de negocios. Su jefe confiaba en él. Sus compañeros de trabajo confiaban en él. La multinacional entera, con sedes por todo el planeta, confiaba en él. El único que no confiaba en él era él mismo. A pesar de ser todavía joven, cada día le pesaban más los años dedicados a un trabajo que ni le llenaba ni le gustaba. Y lo último que necesitaba era que el desconocido que iba sentado a su lado se pusiera a contarle chorradas. Aunque, por otra parte, tal vez sería un buen modo de olvidar que estaba atrapado en un armazón de acero a miles de metros de altura. Decidió seguir el juego a aquel tipo con el pelo largo y perilla vestido con camiseta de manga corta negra y tejanos. Le recordaba al cantante de un grupo de rock, si bien era incapaz de recordar a cuál.

-La verdad es que es algo que no se me había pasado por la cabeza jamás.

-Ni a ti ni a nadie. Es normal, la gente no suele prestar atención a las cosas a no ser que les afecten directamente. Tenéis una habilidad innata para no ver lo que está justo delante de vuestras narices.

-¿A qué te refieres?

-Cuando el avión ha despegado había siete azafatas en él. Cuando aterricemos, habrá sólo seis. Una de ellas estará muerta y nadie se habrá dado cuenta porque estaréis demasiado ocupados intentando coger vuestro equipaje de mano y queriendo bajar para ir corriendo a hacer lo que sea que tengáis que hacer.

-¿Muerta? ¿Cómo puede ser?

-Es más fácil de explicar que de asimilar. Verás, hay una especie de monstruo mitológico aéreo, como un demonio del aire para que me entiendas, que chantajea a las compañías aéreas exigiéndoles un sacrificio en forma de azafatas a cambio de no estrellar sus aviones.

-No me lo creo. ¿Un demonio chantajista?

-Exacto.

-¿Extorsionando a aerolíneas multimillonarias?

-Justamente.

-¿Y de todas las cosas que podría pedir exige azafatas maduritas?

-Nunca subestimes las filias sexuales de un ser mitológico.

-Tú estás loco.

-Es más que probable, pero ahora no estamos hablando de eso.

-Es que es del todo inverosímil. Y, aunque fuera cierto, no tiene ningún sentido, ¿por qué iba ninguna aerolínea a consentir una atrocidad así? ¿Y cómo sabe ese demonio si las compañías cumplen o no con su parte del trato? ¿Cómo puede estar en todos y cada uno de los vuelos que se realizan a diario?

-Las compañías lo consienten porque les da igual. Míralo desde su punto de vista: es más sencillo disimular y hacer como si no hubiera pasado nada cada vez que desaparece una azafata que permitir que se estrellen tus aviones e ir a la bancarrota. En cuanto al demonio, él no se mancha las manos directamente, lo hacen sus acólitos.

Michael estaba empezando a arrepentirse de haber entablado aquella conversación. Se sentía cada vez más agobiado y le costaba mantener la concentración.

-¿Alcohólicos? -preguntó.

-Acólitos. Sirvientes. El muy cabrón tiene montada una especie de culto religioso en torno a su figura y le da órdenes a un puñado de gilipollas capaces de lamer el culo de quien sea y de vender hasta a su propia madre con tal de conseguir el favor de su amo. Tienen conocimientos mínimos de brujería, lo justo para abrir un pequeño portal y mandar a la pobre azafata a un viaje sin retorno.

-¿Y a ti por qué te importa tanto todo esto?

-Porque parece ser que no le importa a nadie más. ¿Tienes alguna otra pregunta antes de que me meta en faena?

-Sí. ¿Por qué me cuentas todo esto?

-Porque si mi plan sale bien, ni tú ni ninguno de los pasajeros recordaréis nada cuando el avión aterrice.

-¿Y si sale mal?

-Estaremos muertos y dará igual.

Dicho esto, se levantó de su asiento y se dirigió hacia la parte delantera del avión, hasta situarse detrás de un tipo calvo que tenía un larga y espesa barba negra y vestía una gabardina. Sin pensárselo dos veces, le dio una sonora colleja al grito de “¡Hey, Rasputín!” El hombre se giró sobresaltado y, al verlo, dijo poniendo cara de asco:

-Vaya, vaya, pero si es Brian DeBobsleigh.

El resto de pasajeros hizo lo que se suele hacer en una situación en la que no tienes muy claro qué es lo que está pasando y no sabes con seguridad que es lo que sucederá a continuación: sacar sus teléfonos móviles y empezar a grabar. Desde detrás se oyó a Michael Campbell preguntar:

-¿Te conoce?

-¡Claro! -contestó con entusiasmo DeBobsleigh-. ¡Todo el mundo me conoce!

-¡Yo no!

-Tranquilo…-dijo, mientras se giraba hacia Rasputín mostrando una sonrisa irónica en sus labios -. Ahora me conocerás. ¡A ver, calvorota! ¿Por dónde íbamos?

-Pues había pensado aprovechar la oportunidad de que estés aquí para matarte, pero creo que a mi señor Hellairon le resultará mucho más satisfactorio si te envío a ti para que se divierta torturándote en lugar de enviarle a una vulgar azafata.

-Espera, espera, espera…¿Hellairon? ¿Eres el criado de un tío que tiene un nombre que parece sacado de un disco de heavy metal de los años 80? Jajajajajajaja, no puede ser…¡no tienes dignidad ni vergüenza!

-¡No te rías!

-¿Pero tú te has visto? Eres un tío calvo de cuarentaymuchos años con una barba seguramente teñida que casi le llega hasta el ombligo y vestido con una gabardina vieja. ¿Qué pasa, los siervos de Hullandron no tenéis espejos?

-¡Hellairon! ¡Se llama Hellairon! ¡Te voy a matar, cabrón!

Rasputín metió las manos en los bolsillos de su gabardina y se puso más pálido de lo que ya era de por sí al no encontrar lo que buscaba. Y todavía se puso más pálido al ver que la esfera metálica repleta de símbolos arcanos que debería haber estado en su bolsillo estaba en las manos de Brian. Cuando vio que además de habérsela quitado parecía saber a la perfección cómo usarla, abrió tanto sus ojos que por un momento pareció que se le fueran a salir de las cuencas.

-¿Pero cómo…?

-Puede que te la haya quitado cuando te he dado la colleja, o a lo mejor ya ni siquiera la llevabas cuando te has montado en el avión. O simplemente es que soy mucho mejor que tú, no le des más vueltas -mientras hablaba, iba pasando sus dedos por los símbolos, siguiendo una secuencia concreta que hizo que se materializara un portal delante de él -. Por cierto, antes de que te despedace Hellarion, porque te aseguro que eso es lo que va a hacer cuando te vea aparecer por allí a ti en lugar de a la azafata, asegúrate de decirle que soy yo quien te envía. Y que a partir de ahora las azafatas están bajo mi protección.

Mientras el portal ejercía una fuerza irresistible que atraía sin remedio a Rasputín hacía él (y también a unas cuantas bandejas, revistas y algún que otro teléfono móvil), aún se le pudo oír gritar:

-¡Insensato! ¡Mi señor no va a estar complacido con esto! ¡Hoy te has creado un poderoso enemigo! ¡Hellairon no cejará en su empeño hasta acabar contigo!

Y, mientras acariciaba con delicadeza la esfera, pulsando los símbolos en el orden correcto para cerrar el portal que ya se había tragado a Rasputín, Brian DeBobsleigh contestó:

-Que se ponga a la cola.

Los pasajeros, ante la duda de si lo que acababan de presenciar había sucedido de verdad, se trataba de una performance o simplemente era el resultado de que les hubieran echado algún alucinógeno en la bebida, optaron por la salida más entusiasta y diplomática y se pusieron a aplaudir. Brian saludó con efusividad, estrechó algunas manos y volvió a su asiento, muy satisfecho. Michael le estaba mirando con cara de no haber visto nada igual en su vida. Y bueno, en realidad así era.

-¿Y ahora qué? -pregunto.

-Pues ahora lanzaré un complicado hechizo de amnesia que hará que olvidéis todo lo que ha pasado y borrará el contenido de vuestros teléfonos. Y en cuanto aterricemos me iré a comer algo, porque toda esta mierda me ha abierto un montón el apetito.

-No, me refiero a todo el asunto con el demonio, las azafatas y eso.

-Bueno, está claro que Hellairon va a estar muy cabreado y querrá vengarse. Cuando no me encuentre, porque no me encontrará, descargará su ira con los siguientes de la lista, así que con suerte tal vez descuartice a algunos jefazos de las compañías aéreas. Y a las azafatas no les pasará nada. Todos salimos ganando.

-¿Y no vas a hacer nada contra las compañías aéreas? Ellas también estaban metidas en el ajo.

-De momento no. Me temo que ni siquiera yo puedo luchar contra las multinacionales. Al menos, no como a mí me gustaría.

-¿Podría pedirte un favor?

-Lo que sea menos dinero.

-No me hagas olvidar lo que ha pasado. Ha sido lo más increíble y espectacular que he visto en mi vida.

-Lo siento, no puedo hacer eso. Te traería un montón de problemas y a la larga me los acabaría trayendo también a mí, y ya tengo bastante con los que tengo, la verdad. Aunque sí hay algo que puedo hacer por ti…

DeBobsleigh chasqueó los dedos y un cegador resplandor blanco inundó toda la cabina. Cuando el avión tomó tierra, el asiento al lado del de Michael Campbell estaba vacío. Ninguno de los pasajeros parecía recordar con claridad nada de lo sucedido en el viaje, aunque a todos les extraño que sus teléfonos estuvieran estropeados.

Michael llegó a la reunión de negocios puntual, convenció y venció. El acuerdo que consiguió haría ganar a su empresa un montón de dinero, del que él se llevaría una importante comisión. Lo primero que hizo en cuanto la cobró fue despedirse de ese trabajo que le estaba pudriendo el alma y marcharse a recorrer mundo y vivir aventuras. No tenía ni idea de qué iba a hacer o cómo se iba a ganar la vida, pero ya se le ocurriría algo, tenía recursos e inteligencia de sobra para conseguir lo que se propusiera. Había perdido el miedo a volar, figurada y literalmente.

Y sí, volvería a encontrarse con Brian DeBobsleigh. Pero esa ya es otra historia…

 

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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