Nothing else matters.

Llegó corriendo al baño, justo en el momento en que el vómito acudía a su boca y salía disparado hacia el inodoro. Doblada sobre sí misma, siguió expulsando todo el contenido de su estómago hasta que la bilis le quemó la garganta, mientras las lágrimas, no sabia si del dolor o del puro esfuerzo, le empapaban las mejillas y resbalaban hasta su pecho desnudo.

Lo había hecho, había engañado a su marido; ya era, oficialmente, una zorra.

La ventana estaba abierta y, desde algún otro piso del bloque, le llegaba la voz de James Hetfield cantando Nothing else matters. La melodía se le coló hasta lo más hondo, revolviéndole las entrañas y arrancándole más lágrimas mientras se retorcía, de rodillas, en el suelo.

Life is ours, we live it our way

All these words I don’t just say

And nothing else matters…

Esa misma tarde, aunque ahora parecía que había pasado un siglo, había entrado en el ascensor, molesta por la discusión con Fran, y, mientras llegaba a la calle, abrió el chat de whatsapp con Miguel, tecleó un simple “a las 7 en el Starbucks” y, tras unos segundos de vacilación, envió el mensaje. El corazón se le salía por la boca mientras caminaba hacia la cafetería. Se colocó los auriculares y empezó a escuchar música a todo volumen para no tener que pensar en lo que estaba haciendo, aunque, con la voz de Fito Cabrales de fondo “… para encontrarme búscame en algún sitio entre la espada y la pared…”, no podía dejar de repetirse: “un café, un simple café”.

Llegó al local y él ya estaba dentro, esperándola sentado en un sillón junto a una mesita baja, muy típico en las cafeterías de esa cadena. Se dieron dos besos y él le dijo:

– Por fin…

– Sí. Por fin… -respondió Laura.

– ¿Qué tal?

– Bien, bien. Es sólo que me apetecía conocer este sitio y ahora no tenía nada que hacer.

– Pues me encanta que hayas elegido hacer esto -concluyó él, con una sonrisa.

Laura fue a la barra y pidió lo primero que vio escrito en la pizarra. Sabía que su cuerpo no iba a admitir ningún alimento, ni siquiera líquido. Los nervios se lo impedirían. Se sentó frente a Miguel y empezaron a hablar de… no podría decir de qué. Lo único que pudo recordar después es que estuvieron más de una hora sentados en aquellos sillones y durante todo ese tiempo ambos se habían dedicado a desnudarse con la mirada hasta que, en un instante que marcaría un antes y un después en su vida, Miguel le tomó la mano y le dijo tan sólo una palabra: “Vamos”.

Salieron a la calle sin decir nada, se subieron en el coche de él, que estaba aparcado a tan sólo unos metros, e hicieron todo el trayecto hasta el piso de Miguel sin decir una palabra. Laura sólo podía escuchar los latidos de su propio corazón y las respiraciones agitadas de ambos. Al llegar al portal, tuvo un momento de duda, un par de segundos durante los que sintió que estaba a punto de cometer un error, pero ya no había vuelta atrás, el deseo se había convertido en total y absoluta necesidad.

Nada más cerrar tras ellos la puerta del piso, Miguel agarró la cara de Laura con ambas manos y, sin dejar de mirar sus ojos, la besó suavemente. Él temblaba tanto que le abrazó con fuerza y, hundiendo la cabeza en su cuello, empezó a susurrarle: “ya está… ya está… estamos aquí”.

Sin dejar de besarse, comenzaron a quitarse la ropa con urgencia y, a ciegas, se dejaron caer en el sofá, donde las manos y las bocas recorrieron el mismo camino que, tan sólo unos minutos antes, habían recorrido los ojos. Cuando él se tumbó sobre ella, Laura le agarró la cabeza, besándole con fiereza y enroscó las piernas alrededor de sus caderas, como si quisiera fundirse con él. El orgasmo fue una explosión que llenó su cuerpo de calor, de la cabeza a los pies y, cuando él terminó, ambos se dejaron caer extenuados en el sofá, sin dejar de tocarse, como si, de hacerlo, el otro fuera a desaparecer.

Tardaron apenas unos segundos en quedarse dormidos y, al cabo de una hora, Laura despertó, desorientada. Fue tomar conciencia de dónde estaba, de su cuerpo desnudo junto al de Miguel, del olor a sexo en el salón y la náusea acudió sin previo aviso, empujándola a levantarse y correr hacia el baño.

Y ahí seguía, abrazada a sus rodillas, cuando Miguel abrió la puerta y entró. Lo primero que hizo al verla así fue ayudarle a levantarse y darle un abrazo lleno de ternura mientras repetía una y otra vez “no te preocupes, tranquila, todo va a salir bien”. Mientras se abrazaban, Laura no podía ver cómo sonreía Miguel. “Hay que ver, las vueltas que da la vida y la de cosas que llegamos a hacer en nombre del amor”, pensaba él, mientras recordaba aquel inocente primer mensaje que le había enviado a Laura con la excusa de consultar una duda referente a los deberes de sus hijos, y cómo una cosa había ido llevando a la otra y habían terminado entablando una conversación.

Aunque claro, de inocente aquel mensaje no había tenido nada, Miguel lo envió con toda la intención de establecer un primer contacto. Pero eso no podía decírselo a ella. Bien pensado, había muchas cosas que era mejor que ella no supiera. Como, por ejemplo, que unos meses atrás había conocido a Fran, el marido de Laura, corriendo un domingo por el parque. A los cinco minutos de haber entablado conversación ya se podía adivinar que aquel hombre no era feliz en su matrimonio desde hacía tiempo, que aquello no era para él, que quería escapar pero no sabía cómo. Se le veía tan perdido, al pobre, tan vulnerable. Miguel casi sintió lástima por él, aunque le cayó bien.

Comenzaron a verse cada domingo, pues ambos compartían la afición del ejercicio dominical, y poco a poco Fran le fue explicando todos los pormenores de su relación con Laura. La historia seguía prácticamente paso a paso todas las etapas por las que había pasado el matrimonio de Miguel con su ahora ex-esposa Berta: el aburrimiento de la rutina, el hastío de la incomprensión, la certeza de haber elegido el camino equivocado, el saber que aquél ya no era tu lugar ni aquello era ya lo que querías pero el miedo te atenazaba y te impedía dar el paso definitivo, por tus hijos, por el qué dirán…

Pero si algo le había enseñado su propia experiencia era que no valía la pena devanarse los sesos sufriendo al pensar en los caminos no tomados. Sólo iba a vivir una vez, que él supiera, así que qué mejor que hacerlo a su manera. Así que vio que allí había una oportunidad de comenzar de nuevo, de ser feliz, y no dudó en aprovecharla. Aprendió todo lo que pudo sobre Laura: sus gustos, sus aficiones, el argumento de su película favorita, el nombre de aquella novela que tantas veces había leído, sus postres preferidos. Lo que hiciera falta para que ella creyera que tenían cosas en común, que eran almas gemelas. Se había ido haciendo un hueco en su vida ofreciendo todo el cariño, la simpatía y la comprensión que Fran ya no era capaz de darle.

Finalmente, Laura y él se habían acostado juntos. Como era de esperar, ella no había tardado en arrepentirse. Las personas con un profundo y desarrollado sentido de la responsabilidad eran las que se venían abajo con más facilidad cuando cometían una traición. Si a eso se le sumaban los resquicios de la educación católica que ella había recibido de pequeña, era lógico y normal que hubiera tardado tan poco en venirse abajo. Y ahora él la consolaba, pensando que era cuestión de tiempo que todo aquello saliera a la luz: seguro que alguien los había visto salir de la cafetería y montar juntos en su coche, o los había visto entrar en su piso, o puede que un mensaje enviado “por error” al grupo de whatsapp de madres del colegio acabara destapando todo el asunto…la gente se enteraría, y Laura acabaría dejando a su marido. Era lo mejor para ambos a corto, medio y largo plazo. Era lo mejor para todos. Si de verdad deseas algo, tienes que estar dispuesto a hacer sacrificios. Aquella relación llevaba demasiado tiempo muerta, y cuando algo muere lo único que queda por hacer es enterrarlo y decirle adiós para siempre.

Y una vez que eso sucediera, que sin duda sería más temprano que tarde, por fin Fran y Miguel podrían estar juntos sin necesidad de esconderse ni vivir a hurtadillas un romance clandestino. Todos los planes que habían hecho cada domingo en el parque al fin daban sus frutos. Mientras abrazaba a Laura, Miguel pensaba “hay que ver, las vueltas que da la vida y la de cosas que llegamos a hacer en nombre del amor”. En algún otro piso del bloque sonaba Nothing else matters de Metallica. Miguel sonrió y pensó “pronto tú te divorciarás y Fran será mío para siempre…y nada más importa”.

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