OMG

Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. La verdad es que me importa tres cojones de lo que esté empedrado el camino del infierno. Es más, siendo científico ni siquiera creo que ese infierno exista. Si hice lo que hice fue porque quería que la gente fuera más feliz. Y para ganar dinero, claro. Y si salió mal…bueno, si salió mal probablemente sea porque en realidad el ser humano no está preparado para ser feliz, y en el fondo tal vez ni siquiera quiera serlo.

Resulta que, mientras el resto de mis compañeros de la comunidad científica movían cielo y tierra buscando la cura de terribles enfermedades, a mí me seducía la idea de centrarme en aspectos más hedonistas y también, por qué no decirlo, más lucrativos a corto plazo. Nuestra sociedad había desarrollado una caprichosa y egoísta obsesión basada en la necesidad de conseguir satisfacción inmediata, cuanto más inmediata mejor. La gente quería ser el centro de atención en las redes sociales, ser admirada, ser amada. Quería tener todos los episodios de sus series favoritas disponibles de una tacada para poder verlos antes que nadie. Quería éxito, dinero y fama cuanto antes y a ser posible sin tener que esforzarse demasiado. La gente lo quería todo y lo quería ya, y yo iba a darle lo más caprichoso, egoísta y satisfactorio que como científico era capaz de crear: una máquina de provocar orgasmos.

Mi Orgasm Machine Giver (no tenía ni idea de inglés, así que no sabía si aquélla era la forma correcta de llamar al invento, pero me gustaba que las siglas de mi artefacto fueran OMG, igual que en la expresión Oh My God) tenía la apariencia de un vulgar gorro de piscina, aunque por dentro contaba con una intrincada red de cables y microchips cuya función era enviar una serie de impulsos eléctricos al cerebro, tan inofensivos (no había riesgo alguno de morir electrocutado ni de freírse las neuronas) como eficaces. La idea era que la máquina manipulase el cerebro del usuario para hacerlo reaccionar ante la visión de un orgasmo ajeno de un modo similar al que reaccionaba ante la visión de un bostezo: al ver u oír a alguien bostezar, el cerebro acostumbra a generar una respuesta empática que hace que sea casi inevitable bostezar también. Pues bien, mi intención era que el cerebro provocara ese tipo de respuesta pero con orgasmos. Y lo conseguí. Bueno, más o menos.

Imaginad la posibilidad de estar teniendo relaciones sexuales con alguien y alcanzar ambos el clímax al mismo tiempo. Sería precioso. Sería maravilloso. Y sería algo por lo que seguro que alguien estaría dispuesto a pagar mucho dinero. En mi caso, fue una conocida marca de preservativos (cuyos ejecutivos no terminaban de entender en qué consistía mi invento ni cómo iba a funcionar, pero estaban más que dispuestos a lo que hiciera falta con tal de tener la exclusiva en caso de que aquello pudiera dar beneficios) la que se animó a aportar el capital suficiente para terminar de desarrollar el prototipo y preparar una presentación que correría a cargo de dos conocidas estrellas del cine para adultos y a la que invitaron a un buen puñado de medios de comunicación. Se generó un revuelo mediático tremendo que atrajo la atención de un montón de gente: científicos, políticos, actores, famosos de todo tipo…Nadie quería perdérselo, sabían que si mi invento funcionaba habrían formado parte de un momento histórico. Y en el peor de los casos, si no funcionaba, habrían asistido gratis a un espectáculo de sexo en vivo.

Allí estábamos por fin, había tantas personas que tuvimos que organizar la presentación en un pabellón deportivo en el que habitualmente se jugaban partidos de baloncesto. En el centro de la cancha se instaló una cama redonda en la que la pareja de actores porno, ataviados cada uno con su correspondiente gorro OMG, ya llevaban un rato practicando el coito. A su alrededor, rodeándolos, una veintena de cámaras se afanaban en grabar todo el evento mientras desde una unidad móvil un regidor se encargaba de seleccionar los mejores planos, que iban siendo retransmitidos simultáneamente en las pantallas gigantes del pabellón para que la audiencia allí congregada no se perdiera ningún detalle.

Entonces llegó el momento del orgasmo. Y entonces todo se fue a la mierda. Nunca llegué a saber qué fue lo que falló con certeza, jamás pude llegar a investigar las causas, lo único que pude hacer fue lidiar con las consecuencias. Mi teoría es que el hecho de haber utilizado dos gorros, uno por cada sujeto implicado en la prueba, provocó una retroalimentación que alteró algo en la química cerebral tanto de los participantes en el experimento como de todos los espectadores allí presentes. Pero sólo es eso, una teoría. Claro que la otra opción implicaría aceptar que lo que ocurrió, y todo lo que vino después, fue debido a la magia, o a una mística alineación de planetas, o a cualquier otra explicación fantástica que como científico me niego a aceptar.

El caso es que cuando uno de los participantes alcanzó por fin el orgasmo, la máquina se activó y el otro lo tuvo también, tal y como yo esperaba que sucediera. Lo que no esperaba era que todos los allí presentes, desde los cámaras que lo estaban grabando hasta los espectadores que lo estaban viendo, también tuviéramos al mismo tiempo un orgasmo instantáneo. El primer orgasmo provocó una inesperada e inexplicable reacción en cadena cuyo efecto fue que todos nos corriéramos a lo bestia. Si al menos todo hubiera terminado ahí entonces la cosa habría quedado en una anécdota, definitivamente extraña aunque no exenta de gracia, que podríamos haber contado en petit comité a los amigos y allegados de confianza, tal vez con alguna copa de más. El problema es que aquello fue sólo el principio, porque no sólo afectó a los que estábamos allí presentes, si no también a los que estaban siguiendo la retransmisión del experimento vía satélite y en streaming. Y a su vez, todas aquellas personas que estuvieran cerca de los afectados y les vieran u oyeran tener un orgasmo reaccionaban teniendo otro a su vez. Y cada vez que alguien reproducía alguno de los vídeos en los que había quedado registrado el experimento todo volvía a empezar. Como con los bostezos. Exactamente igual que con los putos bostezos. Había creado sin querer una epidemia de orgasmos. El orgasmo se había vuelto viral.

Y a partir de ahí todo cambió.

El mundo se volvió diferente de arriba a abajo en un abrir y cerrar de ojos. En cualquier momento podías recibir, ver o escuchar lo que no tardó en llamarse el vídeo del orgasmo. Había gente que temía salir de casa por miedo a encontrarse con alguien que estuviera teniendo un orgasmo y eso les hiciera tener uno a ellos. Gente que recibía un correo con el vídeo en el ordenador del trabajo y lo abría sin pensar, provocando que toda la oficina se sumiera en un mar de jadeos, sudores e incómodas manchas en el pantalón. Se perdieron jornadas de trabajo completas, negocios fueron a pique, los institutos tuvieron que cerrar hasta nuevo aviso por temor a que tanta efervescencia hormonal juvenil pudiera devenir en una orgía de proporciones catastróficas. Como consecuencia de esto, los índices de desempleo y de fracaso escolar se dispararon. Las autoridades sanitarias alertaban de los graves problemas que podía acarrear para el organismo estar expuesto a una salvaje sucesión de orgasmos incontrolados. Hubo algunas personas de marcado fervor religioso que se suicidaron ante la imposibilidad de poder controlar sus propios impulsos, creyendo que lo que les estaba sucediendo era fruto de una maligna posesión infernal.

La situación se había salido de madre, los políticos no sabían qué hacer y temiendo que tanto orgasmo en bucle pudiera provocar una crisis económica que hiciera tambalearse los cimientos de nuestra civilización, empezaron a tomar una decisión equivocada tras otra, lo que terminó por desembocar en La Gran Guerra Orgásmica. Los gobiernos tenían miedo de perder su poder y hegemonía y la industria militar estaba deseando probar cosas nuevas, y aquello les pareció una bicoca: tenían en sus manos el medio de derrotar a un ejército entero sin disparar un solo tiro ni soltar una sola bomba, sólo usando altavoces y pantallas gigantes de vídeo podían controlar una ciudad en cuestión de segundos. Es muy difícil oponer resistencia cuando te estás corriendo. Pero claro, algunos líderes mundiales amenazaron con echar mano de su arsenal nuclear y ahí ya fue cuando las Naciones Unidas decidieron tomar cartas en el asunto y echar el freno antes de que el apocalipsis nos alcanzara a todos. Se negociaron acuerdos, se firmaron tratados, se buscaron culpables. Y se decidió por unanimidad que el principal y único culpable era la persona que había originado todo aquel caos: yo.

Y aquí estoy, pudriéndome en una celda, ninguneado y olvidado por el mundo. Yo sólo quería regalarle a la gente un poco de felicidad sexual (sacando tajada de ello, obviamente) y casi termino llevando a la raza humana a la extinción. Sin embargo, pienso que la culpa no fue mía. Una herramienta no es mala por sí sola, todo depende del uso que le des. Con un martillo puedes montar un mueble o reventar una cabeza, y en ningún caso la culpa será del martillo, aunque siempre será más fácil castigar a otro que asumir responsabilidades, claro. De todas maneras me consuela pensar que, aunque yo no vaya a volver a ver la luz del sol, gracias al inesperado efecto secundario de mi invento siempre habrá alguien en algún lugar teniendo un orgasmo, lo quiera o no. Y ese es un pensamiento alentador.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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