Sextática

¡Vive sano! ¡Come sano! ¡Haz deporte! Ya me estaba hartando de tantas consignas motivacionales, de tantos cánones de belleza inaccesibles impuestos por agencias publicitarias y de tanto interés hipócrita por parte de un gobierno que aseguraba preocuparse por la salud de sus contribuyentes mientras no dudaba en sacar una buena tajada en impuestos por el alcohol y el tabaco. Y me estaba hartando más que nada porque, después de oponer toda la resistencia posible y de pasarme años entregado en cuerpo y alma a los hábitos peligrosos, todos aquellos mensajes estaban empezando finalmente a calarme y a hacer mella. Tenía que hacer algo con mi vida. Mi pasión desmedida por la bollería industrial, la cerveza y los bocadillos de longaniza me había pasado una factura que en breve iba a ser incapaz de afrontar. No podía seguir así, cada vez que me disponía a entrar en la ducha y me veía desnudo en el espejo del lavabo me daba por pensar que sería más sencillo llevar mi cuerpo a un desguace que a un gimnasio. Necesitaba perder peso. El problema era que mi pereza y mis pocas ganas de relacionarme con la gente iban a dificultarme mucho la tarea de ir a ningún sitio para hacer ejercicio, así que opté por tomar un camino intermedio. Me compré una bicicleta estática.

Sin lugar a dudas, una bicicleta estática podría darme todo lo que necesitaba: la posibilidad de deshacerme de esos kilos que me sobraban sin necesidad de salir de casa ni hablar con nadie. Y para obligarme a ser constante y utilizarla a diario había planeado ver todos los capítulos de esas series que tenía pendientes, que no eran pocos, seguro de que de esa manera el esfuerzo sería más llevadero. Así que me lancé a la aventura de la vida sana sin pensarlo dos veces. Y justo ese fue el problema, que no pensé.

Pulso play, comienza la serie y me subo a la bici. El sillín es de todo menos cómodo, por cierto. Agarro con fuerza el manillar y pedaleo, pedaleo, pedaleo. En la pantalla un aguerrido agente de una organización antiterrorista intenta acabar con una conspiración para derrocar al presidente de Estados Unidos. Madre mía, qué intenso todo. Y cuántos tiros y explosiones. Y yo pedaleo, pedaleo, pedaleo. La siguiente serie transcurre en la Edad Media o algo parecido, porque me cuesta creer que en aquella época hubieran dragones y hechiceros, y dudo mucho que todas las mujeres estuvieran rasuradas y tuvieran tan bien depilado todo el cuerpo. La trama tiene mucha intriga, pero hay tantos personajes que no me estoy enterando de una mierda. Y yo pedaleo, pedaleo, pedaleo. Luego empieza una de un tipo muy extravagante que viaja en el tiempo. Me temo que estoy entendiendo el argumento de ésta todavía menos que en la de los dragones y las doncellas sin pelos en las piernas, aquí salen unos bichos rarísimos y algo que no sé muy bien si son robots o qué, pero a mí me recuerdan demasiado a un pimentero. Y yo pedaleo, pedaleo, pedaleo.

Y, de tanto pedalear, empiezo a notar un hormigueo. El problema es que no soy capaz de saber con seguridad si lo siento en las manos o en la entrepierna. A lo mejor he agarrado el manillar con demasiada fuerza y se me han dormido los dedos, o esta mierda de sillín que parece un aparato de tortura del medievo me ha oprimido el escroto hasta el punto de dejarme adormecidos los huevos. Lo que tengo claro es que esto no puede ser bueno. Pero tampoco quiero dejar de pedalear, no puedo rendirme cuando apenas he comenzado a hacer ejercicio. Así que sigo pedaleando, agarrando el manillar con la mano derecha mientras con la izquierda empiezo a masajear con suavidad mis testículos. No noto nada. Es como apretar unas pelotas antiestrés, con la salvedad de que sí que me estoy estresando bastante. Necesito relajarme, así que respiro hondo y continúo con el masaje, palpando y tocando arriba y abajo sin parar.

Por culpa de mi falta de sensibilidad, ni me he dado cuenta de que llevo un rato acariciándome la polla y a estas alturas ya tengo una erección tremenda. Esta cabrona va por libre, a lo suyo, ha sido notar un poco de roce y venirse arriba. Estoy entre acojonado y cachondo, maldita mierda. Soy incapaz de pensar con claridad, así que empiezo a masturbarme y que sea lo que dios quiera. A ver si así consigo sentir algo de una maldita vez. O eso o me da un infarto, a estas alturas ya me da igual todo. No sé ni qué serie tengo puesta, ahora mismo sólo tengo ojos y manos para lo que tengo entre las piernas. Y pedaleo, pedaleo, pedaleo y me masturbo de manera compulsiva al ritmo de los pedales y ya no sé si tengo más sangre en la cabeza, en los gemelos o en el miembro, que bombea sangre al ritmo que va marcando mi corazón, cada vez más rápido, más deprisa, más fuerte, más intenso, y todo mi cuerpo late al unísono y por fin siento como si algo explotara en mi cabeza, en el centro del cerebro, detrás de mis ojos, en mi pecho y en mis huevos. Y me corro como una bestia, un chorro de semen sale disparado y se estrella contra el manillar de la bicicleta, salpicándome en la mano, mientras el resto cae en mis muslos, en el suelo, por todas partes, es como si se hubieran abierto las compuertas de una presa, noto como me vacío por dentro. Y qué bien, qué maravilla, qué placer, qué gusto, qué liberación, qué todo. No sé si voy a perder peso, pero ésta es sin duda la sensación más intensa que he vivido en los últimos años.

Definitivamente, voy a tener que practicar esto de hacer deporte a diario.

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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