Tengo una carta para ti

Lo primero que nos enseñaron en la Escuela de Asesinos fue que debíamos incorporar un toque característico en los trabajos que realizáramos, algo que sirviera para que todos los que lo vieran supieran quién lo había hecho, como una especie de sello personal. Es cierto que como consejo era una puta mierda, porque la verdadera profesionalidad de un asesino debería consistir en que nadie en absoluto supiera que había estado involucrado en el crimen, pero aquella década estaba siendo muy mala para el negocio y todo era poco con tal de impresionar a los jóvenes aspirantes. Y vaya si lo consiguieron.

Emilio El Charcutero Pereira, por ejemplo, se especializó en descuartizamientos y siempre dejaba un gancho de carnicería en la escena del crimen. El francés Eugène LaFleur, en cambio, prefería dejar margaritas sobre los ojos de sus víctimas. Luego estaba Connie Cortacésped Cameron, la cual…bueno, con ese apodo ya os lo podéis imaginar. Pero la mejor de todos y la alumna más aventajada era sin duda Alexandra Laurent. Cada vez que alguien le encargaba un trabajo, Alexandra llamaba por teléfono a la que iba a ser su víctima y le decía “tengo una carta para ti”. Al poco tiempo, la futura víctima recibía en su domicilio un telegrama, una carta certificada o a veces incluso una postal en la que podían leerse con claridad dos palabras: Estás muerto. Antes de que acabara el día, Alexandra había llevado a cabo la amenaza y el trabajo.

Al poco tiempo de graduarse en la Escuela de Asesinos ya se la estaban rifando. No era fácil encontrar profesionalidad y eficiencia a precios tan razonables, y menos aún con ese modus operandi tan original y macabro que ella aportaba. Alexandra era inteligente, despiadada y guapísima. Esto último no influía para nada en el negocio de administrar muertes por encargo al que nos dedicábamos, pero a mí me traía de cabeza. Y es que me había enamorado hasta las trancas de ella.

El problema era que no le llegaba a la suela de los zapatos, no había nada en mí que pudiera llamar su atención. Yo era un tipo vulgar y disperso, ni siquiera había sido capaz de encontrar todavía mi propia señal identificativa. Probé con estrellas ninja, pero costaban una pasta y tenía que utilizar un montón hasta que por fin acertaba. Probé con un látigo, pero no es que fuera mucho más fácil que las estrellas ninja y además estaba la dificultad añadida de que matar a alguien con un látigo no era fácil ni rápido. Al final me decanté por un par de revólveres, que no eran demasiado originales pero son un valor seguro que nunca da disgustos. Bueno, excepto para la persona a la que fríes a tiros.

Para acabar de complicarlo todo, empecé a trabajar para la familia mafiosa rival de la que la había contratado a ella en exclusiva. Lo nuestro pasó de improbable a imposible en menos de lo que Vito Corleone tardaría en decir “quiero unos cannoli de crema”. Y entonces, justo cuando ya pensaba que las cosas no podían ir a peor, un día recibí una llamada telefónica. Reconocí su voz al otro lado mientras pronunciaba aquellas cinco palabras que no presagiaban nada bueno: “Tengo una carta para ti”. Llamaron a la puerta. Me preparé para lo peor. Cuando abrí me encontré al cartero, que llevaba en sus manos un sobre lacrado con mi nombre escrito en él. Entre los nervios y el acojone que tenía no le dí ni los buenos días, ni las gracias, ni mucho menos una propina. A duras penas pude firmar en la hoja que me plantó delante de las narices. No era capaz de pensar en nada.

Abrí el sobre entre temblores y me llevé una inesperada sorpresa al ver que, en lugar de mi sentencia de muerte, Alexandra me explicaba en la carta que había estado enamorada de mí desde que me conoció en la Escuela de Asesinos, aunque nunca me había dicho nada por miedo a que su amor no fuera correspondido. Si por fin se había decidido a dar el paso era porque ya estaba harta de aquella vida, de librar las guerras de otros, de ser una asesina a sueldo. Decía que, por muy excitante y glamouroso que pudiera parecer todo aquello, al final no éramos más que esclavos, sirvientes venidos a más, no éramos mejores que el perro que cumple raudo y fiel las órdenes de su dueño. Y me proponía fugarnos juntos, cuanto antes mejor, y mandar a la mierda aquella vida sin futuro y aquella lucha de poder que ni nos importaba ni era de nuestra incumbencia, y que a la larga sólo nos traería dolor y miseria.

Me dio un vuelco el corazón. Aquella carta era justo lo que había estado esperando toda mi vida. Bajé corriendo las escaleras hasta la puerta de la calle y en cuanto salí la vi, esperándome delante de su coche con una sonrisa llena de dudas en los labios. Pensé en abrazarla y besar su boca hasta que nos salieran llagas, imagine en un solo segundo toda una vida lejos de aquel mundo despiadado y caótico, imaginé hijos, un perro, una casa con jardín, imaginé envejecer juntos, imaginé ser feliz. Pero también pensé que a lo mejor todo aquello no era más que una estratagema para utilizarme, sacarme información y acabar conmigo cuando ya no le fuera útil. Al fin y al cabo, Alexandra siempre había sido mucho más inteligente que yo.

Tal vez amar a alguien consistiera justo en eso: en romper con todo y entregarse sin reservas, aunque siempre tendrías el temor de que en cualquier momento todo pudiera acabarse, de que un buen día podías despertarte con un cuchillo clavado en las costillas. A lo mejor el verdadero amor era exactamente eso, una eterna lucha entre la alegría y el miedo. Y yo siempre la había amado y siempre lo seguiría haciendo, pero no me veía capaz de estar el resto de mis días pasando miedo. Así que desenfundé mis revólveres y le vacié los cargadores en el pecho.

Al fin y al cabo qué sabría yo del amor, si lo único que había hecho en la vida era matar a cambio de dinero.

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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