Valentín

La primera vez fue algo fortuito que sucedió sin querer, casi por casualidad. O al menos eso quiso pensar él: empezó siendo una típica discusión pero se le acabó yendo de las manos y terminó teniendo un final trágico. La segunda vez, en cambio, lo que le impulsó fue la curiosidad de saber si sería capaz de repetir la misma situación en unas circunstancias similares. Sin embargo, a partir de la tercera la cosa ya empezó a convertirse en una especie de mezcla entre tradición y adicción. No obstante, procuraba ser honesto y no pretendía engañarse culpando como un hipócrita a mensajes ocultos escritos en las estrellas ni a unas hipotéticas voces en su cabeza, no, sabía de sobra lo que hacía y cada vez le gustaba más hacerlo: Valentín era un asesino en serie que mataba a sus novias cada 14 de febrero.

Mucho había llovido ya desde aquel primer asesinato inesperado y torpe. Cansado de mantener en secreto su relación con Alicia y queriendo dejar de ser su amante clandestino para convertirse en su novio formal, decidió invitarla a su casa aquel 14 de febrero para darle un ultimátum: o Alicia dejaba a su novio por él o no tendría más remedio que revelar aquella aventura que habían estado viviendo a lo largo del último mes y medio. Había pensado que el hecho de revelar sus verdaderos sentimientos en el Día de los Enamorados tal vez podría jugar a su favor. Se equivocaba. Ella se rió en su cara. “No voy a dejar a mi novio”, le dijo, “lo mío contigo sólo ha sido un pasatiempo…además, yo no te quiero. ¿Qué creías, que me había enamorado de ti?”. Alicia le rompió el corazón. Así que él le rompió el cráneo a ella. Se abalanzó sobre Alicia haciendo que perdiera el equilibrio, por lo que ambos cayeron al suelo,  y comenzó a golpear su cabeza una y otra vez hasta que por fin se quedó quieta. La sangre y los sesos de Alicia formaban un grotesco dibujo en el parquet. Al principio Valentín se dejó llevar por el pánico, pensó en llamar a la policía y confesar su crimen, pero poco a poco se fue calmando y decidió contemplar la situación desde una perspectiva si bien no más racional, desde luego sí mucho más pragmática. No tenía sentido pudrirse en la cárcel sabe dios cuántos años por un error provocado por un momento de ira irracional. Además estaban manteniendo su relación en secreto, por lo que nadie sabía que llevaban un tiempo viéndose ni que ella estaba allí. Así que nadie tenía por qué enterarse.

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La incertidumbre de los primeros días de no saber si de algún modo la investigación sobre la desaparición de Alicia podría apuntar hacia él como sospechoso se fue convirtiendo poco a poco en tranquilidad al comprobar que la policía no tenía ni la más remota idea de su implicación en los hechos. Es más, una vez interrogados los familiares, amigos y compañeros de trabajo de Alicia, poco más podían hacer. Valentín se iba a librar, y eso le producía una enorme satisfacción pero al mismo tiempo un tremendo vacío. Había arrebatado una vida con sus propias manos y jamás sería castigado por ello, aunque tampoco podría contárselo a nadie. ¿Eso era todo? ¿A eso se reducía? Se sentía profundamente decepcionado. Echaba de menos lo que había sentido al asesinar a Alicia y quería sentirlo de nuevo. Así que decidió volver a matar.

Se convirtió en un usuario asiduo de las redes sociales, creó varios perfiles falsos y con tiempo y paciencia se dedicó a buscar a la que sería su siguiente víctima. Todo aquello le provocaba un placer indescriptible, le encantaba buscar a chicas que fueran lo bastante incautas como para contar toda su vida en internet y dar más información de la cuenta, se empapaba de sus aficiones y aprendía tanto como podía acerca de todos sus intereses e ilusiones. Así, cuando por fin estableció contacto con María, fingiendo hacerlo de un modo por completo inocente y casual, no es de extrañar que ella se sintiera gratamente sorprendida ante toda la afinidad  y las cosas en común que tenía con Valentín. Cansada de tipos toscos sin elegancia ni educación que hablaban con ella sólo para ver si podían conseguir sexo, de repente tenía ante sí a un alma gemela que representaba un verdadero soplo de aire fresco, un hombre sensible y comprensivo dispuesto a apoyarla en todo. Conocer a Valentín había sido algo mágico. Como un milagro. Que le pidiera llevar la relación con discreción hizo que todavía se sintiera más atraída por él, le ilusionaba la idea de que aquel romance fuera un secreto compartido y que nadie más lo supiera. Por supuesto, aquello hizo que nadie más supiera tampoco cómo el 14 de febrero fue asesinada a cuchilladas encima de la mesa del comedor, justo después del postre que ponía punto y final en más de un sentido a aquella velada romántica.

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Después de María vendría Beatriz, una apasionada de los gatos que había perdido por completo la esperanza de volver a amar desde que su novio de toda la vida la dejara plantada en el altar. A Beatriz le seguiría Andrea, una chica alocada y extrovertida que daba clases de arte dramático y quería triunfar en el teatro musical. Luego vino Teresa, la abnegada trabajadora huérfana que ahorraba todo cuanto podía para pagar los estudios universitarios de su hermana en el extranjero. Al año siguiente Penélope, que era bibliotecaria y cuyo sueño era llegar a escribir algún día una saga de novelas de fantasía, cosa que obviamente nunca llegó a hacer. Un momento, ¿se llamaba Penélope o Patricia? Estaba llegando a un punto en el que ya le resultaba complicado recordar todos los nombres, todos los detalles. Había perfeccionado su técnica de búsqueda, engaño y asesinato hasta tal punto que había empezado a perder la emoción. Todo se había vuelto tan mecánico que ya no se veía a sí mismo como el depredador que acecha a su presa, si no más bien como el matarife que espera a la bestia en el matadero y para el que no hay pasión ni motivación en lo que hace, sólo rutina. Tal vez había llegado el momento de retirarse, de abandonar el juego antes de que la desidia le llevara a cometer algún error del que ya no hubiera vuelta atrás. Consideraba que los años y la práctica lo habían convertido en un profesional concienzudo, pero también era consciente de que la suerte no iba a durar para siempre. Así que tomó una decisión: celebraría un último San Valentín, mataría por última vez y abandonaría aquella vida definitivamente.

Y fue entonces cuando, del modo más inesperado, conoció a Valentina.

Ella le abordó en la sección de literatura de ficción de unos grandes almacenes, haciendo un comentario ingenioso acerca de la novela que Valentín estaba ojeando. Comenzaron a charlar, a él le sorprendió su frescura y su inteligencia, por no mencionar la improbable coincidencia de que ambos se llamaran igual. Cuando quiso darse cuenta, estaban tomando un café y quedando para volver a verse. Los cafés dieron paso al cine, que dio paso a las cenas y una cosa fue llevando a la otra. Empezó a preocuparle hallarse en una situación totalmente nueva para él, se había acostumbrado tanto a su rol de cazador al acecho que jamás se planteó la opción de poder llegar a conocer de verdad a alguien, de compartir momentos de un modo honesto y sincero con otra persona, de poder bajar la guardia y mostrarse tal y como era. Entonces comenzó a sentir miedo al darse cuenta de lo que le estaba sucediendo. Se estaba enamorando de Valentina por completo.

El calendario avanzaba inexorable y, cuanto más se iba acercando el 14 de febrero, más crecían la ansiedad y los nervios de Valentín. Necesitaba matar de nuevo, asesinar por última vez, pero no podía hacerle aquello a Valentina, a ella no, necesitaba ser fuerte, romper el ciclo, no paraba de repetirse que todo aquello estaba sólo en su cabeza, que no necesitaba hacerlo, debía ser capaz de superar sus impulsos y sus instintos,  no había necesidad de poner punto y final para seguir adelante, simplemente bastaba con tener la suficiente fuerza de voluntad como para hacerlo. Y hacerlo con Valentina. Comenzar una nueva vida. Empezar de cero. Empezar de nuevo.

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Y llegó el 14 de febrero. Valentín se paso casi toda la cena hecho un manojo de nervios, incapaz de seguir el hilo de la conversación. No se había sentido así de nervioso desde la primera vez, hacía tantos años ya, cuando confesó sus intenciones a Alicia y ella le rechazó, marcando así un punto de inflexión en su vida y creando sin ella saberlo a un monstruo. Recordar esto le enfureció y le hizo querer acabar con Valentina cuanto antes, odiaba la idea de volverse débil y perder su esencia: ella debía morir, definitivamente. Pero la amaba, ¿cómo no iba a amarla? Era una mujer maravillosa, y aún más, era su oportunidad de redimirse, de aniquilar a ese monstruo interior que le exigía hacer un sacrificio anual que en el fondo sabía que no servía para nada. Pero la furia le corroía las entrañas. Sentía que Valentina era su tabla de salvación y al mismo tiempo que debía matarla.

Su lucha interna cesó de repente cuando sintió un fuerte dolor en el abdomen. Al bajar la vista vio el cuchillo con el que habían cortado la tarta del postre, el mismo cuchillo con el que también se había cobrado la vida de más de una de sus víctimas, clavado en su barriga hasta el mango. Valentina se lo había clavado. Se la quedó mirando, confundido. Ella tiró del cuchillo y lo sacó con destreza, provocando así que la sangre brotara incesante de la herida.

-Lo siento mucho, Valentín -le dijo, mientras le clavaba el cuchillo de nuevo-. Te juro que he estado a punto de no hacerlo, porque eres uno de los hombres más majos que he conocido nunca. Pero seguro que al final la cosa se habría terminado torciendo y me habrías hecho daño, siempre me pasa lo mismo. Los tíos empezáis siendo muy románticos y muy atentos, pero al final todos sois unos cerdos que sólo pensáis en el sexo. Ya me pasó con mi primer novio, yo se lo dí todo y el quiso dejarme un 14 de febrero, ¿puedes creerlo? Creía que me iba a volver loca. Cuando quise darme cuenta, él estaba muerto en el suelo y yo estaba empapada de sangre. Ese día dejé de creer en el amor y de confiar en los hombres. Desde entonces, cada año seduzco a un incauto y lo asesino el Día de los Enamorados. Pensaba que contigo iba a ser distinto, Valentin, te lo digo de verdad, pero ya conoces el refrán: un leopardo nunca cambia sus manchas.

Mientras seguía recibiendo cuchilladas y se desangraba en el suelo del salón, a Valentín le dio por pensar lo curiosa y sorprendente que era la vida: todo iba a terminar en el mismo lugar en el que había empezado tantos años atrás, en el sitio en el que él mató a Alicia, a Beatriz, a Andrea, a Teresa y a tantas otras, sólo que ahora era él la víctima. Había caído en una trampa que prácticamente él mismo había inventado, el círculo iba a cerrarse de un modo tan perfecto como inesperado. Era la única vez que había bajado la guardia y había llegado a sentir un amor real e incondicional por otra persona, e iba a pagarlo con su vida. Le pareció que había cierta poesía en todo aquello, aunque en el fondo no le hacía ni puta gracia. Lo último que escuchó fue a Valentina diciendo:

-Feliz Día de los Enamorados.

 

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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