Versos vacíos

Yo que siempre me había jactado de ser un hombre recto

de los que tienen las ideas claras y dicen “nunca haría eso”,

resulta que he cambiado desde que te he conocido

y siento la necesidad de cagarme en mis principios

y mandar a la mierda cualquier ideología

traicionando todo en lo que alguna vez he creído.

Cada día me cuesta más pensar con claridad,

no sé si son las cervezas o el modo en que me miras,

como si fueras a devorarme en cualquier momento

o quisieras avivar este fuego que arde dentro

hasta consumirme y dejarme reducido a cenizas,

y ni me importa ni me asusta: lo deseo y te deseo.

Y anhelo hacer la guerra contigo en mi cama

salir ambos victoriosos, nunca vencidos

mientras marcas tu territorio con tus uñas en mi espalda.

Y si ha de arder el mundo con nosotros dentro

te espero donde tú sabes, tráete cerillas

que ya tengo preparada una lata de gasolina.

*****

El aprendiz de escritor era incapaz de apartar la mirada de la pantalla de su ordenador. La mujer que ocupaba a todas horas sus pensamientos se había quedado dormida en su cama después de hacer el amor, y él había querido aprovechar aquel momento de descanso e inspiración para escribir unas líneas en su honor. Desnudo delante del teclado, las palabras habían acudido raudas a su cabeza y de ahí al procesador de textos, pero el resultado no le convencía en absoluto. Se le antojaba un material indigno tanto de él como de ella, lo que sentía en su interior no podía expresarse con palabras: el lenguaje era una pésima jaula incapaz de contener todo lo que llevaba dentro. Sentía que sus manos estaban llenas de versos vacíos, cuando con lo que de verdad quería llenarlas era con las formas de ella, con su carne, con su cuerpo. A su mente vino aquella canción de Serrat en la que el cantautor decía “amor no es literatura si no se puede escribir en la piel, y eso era justo lo que él pensaba en aquel instante. Notaba que la necesidad que le apremiaba era más física que artística, más material que etérea, y llegó a la conclusión de que sin duda era cierto eso que decían de que la poesía había que dejársela a los poetas. Lo sacó de su ensimismamiento la voz procedente del dormitorio:

-¿Qué estás haciendo? ¿Por qué no vienes aquí conmigo?

Así que eso fue lo que hizo: borró los torpes versos que había escrito, apagó el ordenador, volvió a la cama, se acostó al lado de ella, se abrazaron, se besaron y se follaron bien follados. Ya habría tiempo para componer poesías.

Sobre Maylaïf Dhisis

Os lanzo proclamas, consignas y aseveraciones desde la autoridad moral que me da pasarme la tarde tumbado en el sofá rascándome los cojones.

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