Tenacitas

Todos recordamos aquel entrañable y desternillante episodio de los Simpson en el que Homer tenía como mascota una langosta. Algo así me ocurrió a mí, solo que con un centollo proveniente de aguas cantábricas al que llamé “Rodolfo”.

La historia se remonta a Diciembre de 2006, cuando regresaba a casa desde Madrid, donde asistía a la universidad, con motivo de las vacaciones navideñas.

Era la mañana de Nochebuena. Mi madre había salido al supermercado con el objetivo de hacer las compras de última hora para la cena. Una cena especial en la que, por primera vez en la vida, cenaríamos solas sin más compañía que la de nuestra gata de angora, Melva.

Patés surtidos, sopa, marisco y un buen albariño para acompañar tan suculentos manjares. Mi madre había pensado en todo y hasta le había comprado a Melva sus latitas de paté de salmón favoritas. Todo parecía indicar que sería una velada preciosa e íntima entre mi querida progenitora y yo, hasta que algo enturbió la felicidad que nos invadía desde primera hora de la mañana.

—Ya he vuelto, hija. ¡He comprado un centollo… DE DOS KILOS!

—A ver, a ver… ¡HOSTIA! Que se mueve mamá, ¡que está vivo!

—Pues claro que se mueve, coño. ¡Tiene que estar fresco, joder!

—¿Y cómo cojones pretendes matarlo?

—Cociéndolo, hija, que pareces tonta.

—¿Vas a matar al pobre animal cociéndolo lentamente en una cazuela, agonizando de esa forma tan cruel?

—Me cago en mi puta madre…

—Pobre Rodolfo.

—Eso, tú encima ponle nombre.

—¡Asesina!

Media hora después de encerrarme en mi cuarto a llorar, mi madre volvió a la carga:

—¿Puedes meterlo tú en la cazuela?

—¿¡PER-DO-NA!?

—Rodolfo me está poniendo ojitos, no puedo hacerlo.

—Aaahhh, conque ahora sí se llama Rodolfo, ¿eh?

—Por favor, cuécelo tú.

—NI-DE-COÑA.

—Vale, lo haré yo.

Lo siguiente que recuerdo es estar las dos llorando abrazadas en mi cama con el ruido de la campana extractora de fondo jurando por nuestros antepasados que la próxima vez que comprásemos marisco sería ya cocido.

homer-simpson-comiendo-una-langosta-51

Pues bien, hoy he ido al supermercado y… Maldita la hora en la que reparé en ese cartel que anunciaba que el marisco estaba en oferta. En la que ese pedazo de centollo de kilo y medio me miró y me hizo ojitos. Maldita sea.

—Un centollo, por favor. Ese de ahí, que parece más grande.

Y así acabé, en mi cocina, diez años después, sin mi madre pero con un novio con una paciencia mayor que la del Santo Job, a quien obligué a meterlo en la cazuela tras pasarme media hora llorando desconsolada en la cama jurando que jamás volveria a comprar marisco vivo y que si volvía a caer, me haría vegana. Rodolfo II, que así se llamaba el nuevo crustáceo, era manco. Le faltaba una pata y parte de otra. Me dio pena. Me compadecí de él. No era esa forma de acabar, pescado con violencia, sometido a un ambiente hostil, para acabar bajo atentas miradas en un mostrador de hielo y escuchando a la pescadera contándole a su compañera qué tal le había ido el fin de semana romántico con su nuevo novio Richar.

IMG_20160827_155551

Rodolfo II – D.E.P.

Autoconvenciéndome de haberle dado un digno final a Rodolfo II, esta noche cenaremos centollo. Con lágrimas en los ojos, como aquella fatídica noche de Nochebuena, pero disfrutando, sorbiendo y chupando cada pieza, como Homer con su Tenacitas.

Lo malo es que las patas son impares, pero dejaré que mi novio se coma la que sobra. Se la ha ganado, ¿no?

Sobre Gorritos G's

Hago bailar tostadoras con mocos psicomagnetéricos. Mi media pinza @mgom5 / Amo a @PajaritaStory / Mi padrino @Tito_Hit / XOMINO’s Club

3 comentarios en “Tenacitas

Deja un comentario