Hay un zombie en mi sopa.

La proliferación de películas como Guerra Mundial Z, series como The Walking Dead o programas como Mujeres y hombres y viceversa, me han hecho pensar en qué mundo queremos dejarles a nuestros zombies. O a los zombies de nuestros zombies, porque no nos engañemos, antes o después encontrarán la forma de procrear. Cuando ya no hayan más cerebros que devorar (cosa que, al ritmo que vamos, podría incluso suceder antes de que llegue el apocalipsis), los zombies descubrirán los placeres carnales, como toda civilización que se precie ha hecho. Es posible incluso que consigan hasta curar jamón de bellota.

Y es que el tema me tiene intrigado. Once de cada diez películas de terror giran en torno a los zombies. La televisión nos los mete hasta en la sopa. Y siempre encuentran, además, su réplica en los videojuegos. Vamos, que el mercado está bastante repletito ya de tan adorables criaturas. Y mucho está tardando Disney en hacer su propia versión de sus clásicos. Que por cierto, si algún cazatalentos me está leyendo, yo ya he escrito un guion para cuando esto suceda. Va de una joven doncella que es acogida por siete zombitos pero que, lejos de mostrarse hospitalarios, la obligan a recoger cerebros de ardillas recién nacidas para llenar su despensa. He pensado incluso que el papel del príncipe zombie lo podría interpretar Walt Disney. Sólo tienen que sacarlo de la nevera, colocarle un motorcillo y el maquillaje va de serie.

Pero, ¿de dónde vienen los zombies? ¿Dónde se originó toda esta cultura? Pues no tengo ni puta idea, la verdad. Y tampoco me apetece ponerme a indagar ahora, que se me gastan los megas. Pero vamos, que serían los chinos, que todo lo inventan.

Lo que sí me fascina son sus costumbres, algunas de las cuales ya estamos tardando en copiar. Para empezar, basta de agobios. Si al final vamos a llegar a dónde sea que vayamos, ¿para qué correr? Que el último cerebro humano, ese tan tierno y jugoso que tanto nos apetece, está en la otra punta del mundo, pues no pasa nada. Ya llegaremos. Y si cuando lleguemos ya se lo han comido otros, pues nos damos la vuelta y tan felices.
Otra es la costumbre de morder a los demás. Esto ya se hacía en el paleolítico*, y no pasaba nada. Mordías un poquito, y si te gustaba, te llevabas la pieza entera, y si no, pues también. Luego ya decidirías si te la comías o te hacías un abrigo.
(*Información no contrastada)
Y la que más me gusta de todas es la de enseñar carne. Vale que algunos se pasan y acaban perdiendo los intestinos, pero así en general, está bien. Anda que no van fresquitos ellos mostrando sus costillas, sin que nadie les venga con reproches de dudosa moralidad. Además, no hay que lavar nunca la ropa. Es más, no hay ni que llevar ropa. El medio ambiente y los niños de Singapur lo agradecerán. Chúpate esa, Amancio.

Y nada, que igual deberíamos empezar a cambiar de registro y tocar otros temas, no sé, por ejemplo pelis de ciencia-ficción en las que a unos políticos aparentemente honrados les da por saquear las arcas públicas. Algo casi inconcebible. O también podemos quedarnos con lo que ya tenemos, y así, de paso, nos aseguramos que los zombies del mañana no tengan ningún interés en nuestros cerebros. Y ahora os dejo, que empieza el Sálvame.

Sobre Me cago en el cura

Veréis que risas cuando sepáis lo que cobra un psicólogo.

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