La llamada

-No debiste llamarle, Luis.
-No empieces otra vez, Lucía. Vamos a tratar de pasar este día en paz.

Lo cierto es que Luis no había dejado de preguntárselo ni un solo día desde hacía un año: -¿Por qué le llamé?


Carlos era un chico responsable. Al menos todo lo responsable que se puede ser con 18 años recién cumplidos. Aplicado en sus estudios, comprometido con su trabajo a media jornada y muy cariñoso con aquellos que le conocían bien. Apenas salía de noche, salvo cuando la ocasión lo merecía. Y aquella noche lo merecía. Elena cumplía años.

Ay, Elena… Carlos se sonrojaba cada vez que aquella encantadora chica le dirigía la palabra. Y ella no dudaba en dirigírsela siempre que tenía la ocasión para provocar aquella reacción en él. Nunca habían hablado de ello, pero era evidente que ambos se sentían atraídos el uno por el otro. Pero no les importaba. Aquel juego de miradas y sonrisas les hacía disfrutar casi tanto como cualquier relación consolidada. Y ambos estaban seguros que antes o después la relación pasaría al siguiente nivel.
Elena cumplía años. Con la complicidad de su primo Salva, habían logrado convencer al dueño del bar Alaska para que les dejara una de las salas donde poder celebrar una pequeña fiesta. Salva llevaba 9 años trabajando allí y no le costó demasiado.
La fiesta empezó a las 10. Los pocos amigos de Elena invitados llegaron puntuales. Y evidentemente, Carlos no iba a faltar. Las cervezas, refrescos y patatas fritas corrían a cargo de Salva. Ese fue su regalo. Algo de música, montones de risas y en general, muy buen rollo fueron la tónica predominante todo el tiempo.
Poco antes de la media noche, el móvil de Carlos empezó a sonar.

-¿Papá? ¿Qué pasa?
-Hijo. ¿A qué hora piensas volver? Mañana es viernes y tienes clase. Ya sabes que no me gusta que estés hasta tan tarde fuera de casa.
-Va, papá. No pasa nada. Además, estoy aquí al lado.
-Bueno, hijo. Tú verás. Pero que no me gusta. Ya lo sabes.

Sí que lo sabía. Y a Carlos jamás le gustó decepcionar a sus padres, aunque tuvo que hacer un esfuerzo por reprimir su enfado.

-Elena, me voy ya.
-¿Tan pronto? – Carlos notó la decepción en el rostro de Elena.
-Sí. Mañana hay clase y aún debo acabar algunas cosas del trabajo de filosofía. – Fue lo primero que se le ocurrió. Él jamás dejaba nada para el último día. – Mañana nos vemos.

Le dio un beso en la mejilla y se despidió de todos. Se subió a su coche y mientras se alejaba, bajó la ventanilla para despedirse nuevamente de Elena, quien había salido a la puerta del bar a decirle adiós.
El trayecto en coche era de poco más de 3 kilómetros, y la carretera estaba vacía. No se veía ni un alma por la calle. Y de repente, aquel camión…

-¿Por qué le llamé? – Luis no paraba de repetir en su cabeza aquella pregunta. – Carlos habría vuelto un poco más tarde. Él siempre actuaba con responsabilidad. –  Se repetía una y otra vez.

Ya hacía un año del fatídico accidente que le costó la vida a Carlos. Lucía y Luis se dirigían al cementerio a llevar flores al frío nicho de su hijo. En realidad lo hacían una vez por semana, pero hoy era una fecha especial. De camino, pararon en el cruce donde aquel camión, obviando todas las normas de circulación, les arrebató lo que más querían. Colgaron un ramo de flores en la señal que indicaba el giro hacia la avenida donde se encontraba su casa. Se quedaron en silencio un buen rato… Incapaces de pronunciar una sola palabra, dejaron que las lágrimas cayeran por sus rostros. La pena que les inundaba les llegaba a cortar la respiración.
-Va, Lucía. Vámonos o no llegaremos a tiempo de comprar las flores.
-Sólo unos minutos más, por favor. Aquí le siento tan cerca…

Tras un buen rato, decidieron volver al coche y seguir hacia el cementerio. Justo antes de cerrar las puertas, la oyeron. Desde la cuneta sonaba aquella canción: Son of a preacher man. La conocían perfectamente. Era la melodía del móvil de Carlos, aquel móvil que nunca apareció. Un escalofrío recorrió el cuerpo de ambos, y sus rostros estaban tan pálidos como aquellos claveles blancos que colgaban de la señal.
-Luis… Es su móvil. Está sonando.
-Lo sé. Lo estoy oyendo. Pero no puede ser. Ya hace un año…

Bajaron del coche y abandonaron la carretera para buscar lo que creían que era imposible encontrar. La melodía sonaba cada vez más fuerte y casi llegaba a hacerles desquiciar. Lucía era incapaz de decir nada y Luis golpeaba cada arbusto y cada piedra desesperado por encontrar aquel móvil. Y lo encontró. Estaba agrietado y de su pantalla prácticamente destruida no salía ninguna luz. Pero seguía sonando.
-¿Di…diga?
-¿Por qué me llamaste, papá?
Luis tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no desplomarse allí mismo y como pudo, se acercó a Lucía.
-¿Qué pasa, Luis? – Preguntó, con un hilo de voz casi imperceptible. – ¿Quién es?
-Es… Es Carlos.

Los dos se quedaron mirando, sin entender nada, en mitad de aquella carretera desierta.

Y de repente, aquel camión…

Sobre Me cago en el cura

Veréis que risas cuando sepáis lo que cobra un psicólogo.

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