Yo me bajo aquí

Corría el verano del 97. Aquel agosto se presentó como el más caluroso de los últimos 20 años. Bueno, supongo… Es lo que dicen cada agosto.

Por aquel entonces llevaba unos meses de relación con mi actual mujer (Puri, te quiero) y evidentemente, andaba más caliente que un adolescente con la cara plagada de granos, que es exactamente lo que yo era.

Mis padres habían alquilado un apartamento en la costa brava pero, en lugar de irme con ellos en el coche, les dije que iría unos días más tarde en tren con mi Puri. Porque, ¿quién no prefiere el agobio de un tren de mierda durante 4 horas en lugar de un cómodo viaje en coche de menos de dos? Supongo que todo esto fue con el único propósito de quedarme unos días solo en casa y, quizá, dejar de ser virgen. Vamos, digo yo. ¿Qué iba a ser si no…?

La cosa es que un par de días después cogimos un tren rumbo a Figueres. Allí debían recogernos y llevarnos hasta el apartamento. No sé si fue el chucuchú del tren o las 4 horas de trayecto, pero estaba hasta las narices de aquel viaje y sólo pensaba en llegar de una puñetera vez. Y de pronto, lo vi. Aquel cartel que indicaba Figueres apareció ante mí como una revelación divina, así que sin más demora, cogimos nuestras maletas y nos fuimos hasta la salida. Evidentemente, aquellos trenes tenían unas puertas que uno podía abrir cuando le diera la gana. Y es que nunca se sabe cuando pueden entrarte ganas de tirarte de un tren en marcha. ¡Gracias, Renfe!
Y de pronto, el tren empezó a detenerse. ¡Por fin! Cuando se paró del todo, abrí las puertas, cogí las maletas y bajé los dos escalones, a pesar de las reticencias de mi mujer. ¿Reticencias? ¿En serio? Porque si te apetece podemos hacer el Orient Express.

-¿Qué pasa? ¿No bajas?
-Esto no tiene mucha pinta de estación, ¿no?
-¿Cómo que no? Ahí ponía Figueres, ¿verdad? Pues baja.
-Pues yo diría que empieza a moverse de nuevo.
-Anda ya…
-Pues tus pies también se están moviendo.
-¿Que mis pies también se est…? ¡Coño!

Y ahí estaba yo, persiguiendo un tren, andando por encima de las piedras que hay al lado de las vías (¿en qué momento me pareció eso un andén?) cargando con dos maletas. Y el tren empezó a coger velocidad, así que yo aceleré el paso. Como pude, lancé mi maleta al interior del tren, pero claro, aún quedaba la de mi mujer. Ya sabéis, la típica maleta con ropa de verano que pesa unas 7 toneladas. Incapaz de lanzarla al interior, y viendo que ya iba prácticamente al trote, me agarré a la barra, subí un pie al primer escalón y me impulsé, y entonces me vinieron a la cabeza todos aquellos profesores de física a los que nunca escuché. No sé qué de la aceleración y la inercia. En fin…, que me encontraba con mi espalda pegada al exterior del tren, una mano en la barra y la otra sujetando una maleta al vuelo. Algo así como si a Jesús lo hubieran pillado y crucificado justo cuando se iba de vacaciones. Haciendo un alarde de fuerza, giré todo mi cuerpo y arrojé la maleta al interior. Entonces creí que ya era momento de entrar yo. Al fin y al cabo, las vistas tampoco eran tan bonitas. Y, ¿dónde estaba mi mujer?, os preguntaréis. ¿Tratando de socorrerme? ¿Buscando ayuda? No, en el suelo. ¿Un infarto causado por el terror de verme atropellado por un tren? No, se estaba descojonando (Puri, te odio). Unos 7 segundos después llegamos a la estación de Figueres.

Al acabar las vacaciones, me saqué el carné de conducir y me compré un coche. Fin.

Sobre Me cago en el cura

Veréis que risas cuando sepáis lo que cobra un psicólogo.

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