La casa

Autor/a: @esauistaNo1

 

Era una noche preciosa, el aire era cálido pero no hasta el punto del bochorno. Pablo fumaba en el porche de la casa, sentado en el balancín que una vez fue de su abuela, disfrutando de la brisa en medio de la nada. El bosque que rodeaba la casa estaba en calma y tan sólo se oían los grillos.

Pablo se puso a recordar su infancia en esa casa, la casa de su abuela, ahora ya vacía. Esos veranos eternos bajando al muelle del lago, saltando al agua, tomando el sol, pescando.
– Tengo que ir a pescar por la mañana, me vendrá bien.

Pablo había enterrado al último miembro de su familia aquella tarde, su anciana tía Matilde, ahora estaba solo y la enorme y vacía casa era suya. Decidió tomarse el fin de semana libre para poder pensar en qué iba a hacer a partir de ahora.

Se encendió otro cigarrillo y notó algo extraño, no sabía decir qué era, pero había algo en el ambiente. De repente se dio cuenta: el silencio. Ya no se oía a los grillos, ni la brisa, ni el crujir de las ramas de los árboles. Se le puso la piel de gallina y le recorrió un escalofrío por toda la columna.
Tack, tack.
Vino de dentro de la casa, sonaba como cuando golpeas dos listones de madera entre sí, pero muy apagado, lejano.
Tack, tack.
Sí, estaba seguro, venía de dentro. Apagó el cigarrillo y se levantó, dispuesto a entrar.

Recorrió toda la planta baja, encendiendo la luz en cada estancia, mirando por todas partes. No encontraba nada. El suelo viejo de madera crujía bajo sus pies al moverse, así que se detuvo un momento a escuchar.
Tack, tack.
Arriba. Sonaba sutilmente más fuerte, venía de arriba. La madera de las escaleras se quejó amargamente al subirlas él de dos en dos. Ya pasaba de las 5 décadas, pero Pablo era un hombre fuerte, de espaldas anchas y músculo definido, se mantenía en forma.
Repitió el mismo procedimiento que en la planta baja sin encontrar nada. Se detuvo de nuevo.
Tack, tack.
Alto y claro, venía de… ¿la buhardilla? Hacia décadas que no subía allí, y probablemente su tía tampoco subió mucho últimamente. Localizó la trampilla del techo del pasillo y tiró de la cuerda. Le costó un poco abrirla pero al final, con un crujido lastimero, cedió. Tiró de las escaleras plegables y subió.

La bombilla se debió fundir años atrás sin que nadie lo notara, Pablo esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra que proporcionaba la luz de la luna que entraba por la claraboya y la poca luz que entraba por la trampilla, se puso a buscar entre trastos, cajas, polvo y…
-Ratas, claro, seguro que el maldito ruido es de ratas.
Se detuvo a escuchar una vez más, le tomó un rato conseguir calmar su respiración, su corazón iba a mil. Ese maldito ruido le estaba sacando de sus casillas.
Tack, tack.
-Pero qué demonios…
Mucho más fuerte, casi llegando a molestar. Venía de abajo, pero no era posible, lo había registrado todo abajo, a no ser…
-Bajo el suelo.
Bajó lo más rápido que pudo, ya empezaba a notar cansancio, los tramos de escalera que le llevaban a la planta baja, buscó el armario donde recordaba que su tío guardaba algunas herramientas. Allí seguían.

Apartó el mallo, cogió una palanca y un martillo de mano y volvió a subir. Tuvo que parar a respirar en la primera planta, la persecución estaba agotando sus ya mermadas fuerzas después de un día tan intenso. Pensó en dejar de buscar, irse a dormir y por la mañana lo vería todo más claro.
Tack, tack.
Sonó tan fuerte que le retumbaban los oídos. Furioso, casi mareado, Pablo respiró hondo y subió la escalera de la trampilla.
-Mierda, necesito luz aquí arriba.
Dejó las herramientas y bajó a buscar alguna linterna. Su tía guardaba velas en el cajón de la cocina, pensó que eso bastaría. Volvió a bajar.

Estaba ya agotado, y medio desquiciado. No sabía qué le estaba pasando, pero sabía que tenía que encontrar ese ruido y pararlo, pasara lo que pasara. No podía pensar en otra cosa.
Tack, tack.
Sonó ensordecedor. Con un dolor de cabeza ya intenso, Pablo empezó a levantar los listones de madera del suelo de la buhardilla, clavaba la palanca en las rendijas con un golpe de martillo y tiraba con todas sus fuerzas.
Tack, tack.
La madera vieja no tardó en ceder, y una vez cedió la primera, el resto fue relativamente sencillo.
Tack, tack.
El dolor de cabeza era insoportable, perdió la noción del tiempo allí arriba, puede que perdiera algo más.
Tack, tack.
Sucio, sudado, con heridas en las manos y los ojos inyectados en sangre, Pablo se encontró a si mismo observando las habitaciones de la planta baja a través de algunos agujeros en el suelo. Se le había ido la mano, puede que algo más. No tuvo tiempo de pararse a respirar y el dolor de cabeza le impedía pensar.
Tack, tack.
-¡Joder!
El estruendo venía de abajo, Pablo enfureció del todo, bajó a por el mallo mientras tropezaba con todo lo que encontraba a su camino, tirando al suelo lámparas, cuadros, muebles… Todo. Lo que fuera para silenciar ese espantoso sonido, pero…
Tack, tack.
Volvió a la primera planta con el mallo y empezó a destrozar paredes, muebles, suelos. Sin control, sin pensar, sólo quería encontrar el origen del ruido y poder descansar.
Tack, tack.
Arrasó la primera planta sin éxito, y bajó a la planta baja. A esas alturas su ropa estaba destrozada, sus manos llenas de sangre y apenas podía mantener los ojos abiertos del dolor. Usaba manos y pies para sacarle las tripas a todo lo que había destrozado con el mallo.
Tack, tack.
Puede que hubiese amanecido ya, quién sabe, qué más da, cuando terminó con la planta baja. Golpeando todo lo que encontraba a su paso, cegado por una jaqueca insoportable y guiado por una fuerza sobrehumana, se encontró a si mismo ante una puerta.

El estruendo cesó.

No supo por qué, pero desapareció. El dolor de cabeza era ahora residual, latente, y consiguió abrir los ojos: la puerta del sótano. Estaba completamente agotado, con todo el cuerpo dolorido, en harapos y completamente bañado en sangre. Empezaba a sentir un hilo de esperanza…
TACK, TACK.
Casi le explotó la cabeza, el estruendo volvió multiplicado por diez. De una patada atravesó la puerta del sótano, con un alarido de dolor y rabia, y siguió con su devastación. Pablo ya no existía, sólo un mallo con patas y cosas por destruir.
TACK, TACK.
Siguió golpeando todo lo que veía, ya ni tan siquiera buscaba, sólo destrozada, hasta que de repente un ruido distinto, no tan fuerte pero más horrible, sustituyó al anterior y lo sacó de su trance.
CREEEECK
Se le cayó el mallo de las manos, y antes de que pudiese darse cuenta de que en su frenesí había roto uno de los pilares principales de la casa, ésta se le vino encima.
La casa se hundió, desde arriba y hacia adentro, y todo cayó justo en el centro del sótano, donde Pablo había vuelto en sí justo a tiempo para saber que iba a morir ahí.

El estrépito del derrumbe había cesado ya hacía rato cuando la última mota de polvo se posaba en el suelo. De la casa solo quedaba un amasijo de maderas y el porche, que había quedado intacto.

Tack, tack.

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