La mariposa negra

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CAPÍTULO I – GUSANO

 

El sonido de los niños jugando inundaba el patio del colegio. Ella permanecía tras una columna, escondida bajo el gorro de su abrigo.

Desde la sombra veía a los demás niños jugar mientras mordisqueaba su bocadillo. A su espalda uno de los niños comenzó a golpear un lápiz contra la columna.

—¿Qué haces, cara castor?

Envolvió el bocadillo en la servilleta, lo guardó en su bolsillo y comenzó a caminar hacia el baño de las chicas.

El sonido de los lápices golpeando las paredes fue en aumento. Varios chicos la rodeaban, enseñando mucho sus dientes al tiempo que gritaban “¡cara castor!”. Echó a correr intentando apartarlos hasta que llegó a los servicios y se encerró en uno de los baños, con las manos tapándose los oídos para tratar de no escuchar los gritos que los niños seguían profiriendo desde fuera.

Sonó la sirena. Los gritos cesaron.

Salió del baño y se enjuagó la cara en el lavabo. Por unos instantes se detuvo a observarse en el espejo. Tenía unos ojos bonitos, con tonos verdes y miel. También tenía unos mofletes prominentes y los dientes algo grandes para su edad. Entró en clase sin levantar la vista del suelo y se sentó en su pupitre. El profesor llegó, se sentó en su asiento y comenzó a pasar lista.

—Jorge Fernández, Magdalena García, Estela Gutiérrez… Los niños comenzaron a golpear los lápices contra el pupitre al tiempo que susurraban “¡cara castor!”.

Estela apretaba los labios al tiempo que las lágrimas recorrían su mejilla y caían sobre su libretita rosa.

—¡Qué pasa aquí! —gritó don Arturo

Estela agarró su mochila y salió corriendo de clase. De fondo, sonido de risas y lápices golpeando.

 

CAPÍTULO II

Fueron años difíciles. Sus padres se estaban divorciando y su madre se había vuelto fría e inestable. Abusaba del alcohol y empezó a frecuentar tugurios inmundos y gente indeseable.

La imagen de su cuerpo destrozado por los excesos fue algo demasiado habitual. Prácticamente acabó cuidándola su abuela, a la que cariñosamente llamaba Tata. Demasiado mayor, demasiado cansada para entender el calvario que suponía el día a día para Estela.

Acabó refugiándose en su casa, en sus libros. Su padre era un gran lector y, al marcharse, dejó tras sí montañas de libros que sirvieron para que ella mitigara un poco su sufrimiento dejando volar su imaginación.

Después llegó el instituto. Los chicos parecieron dejar de acosarla. Puede que fuera porque aprendió a mostrar indiferencia ante sus insultos. O puede que fuera porque su morfología fue cambiando. Sus rasgos se hicieron más suaves, Tata pagó sus tratamientos dentales, y con el paso del tiempo, aquel patito feo dejó de ser tal cosa.

Consiguió una beca para la Universidad. Aquello fue un auténtico punto de inflexión en su vida. Allí era una desconocida. De hecho, no sólo era una desconocida, sino que se convirtió en una “pieza” muy cotizada entre el público masculino.

Y llegó Rubén.

 

CAPÍTULO III – Rubén

Apenas llevaban dos semanas de curso. Ella se sentaba en la tercera fila. Lo suficiente cerca para escucharlo todo y lo suficiente alejada como para que los profesores apenas repararan en ella. No le gustaba hablar en público.

Era imposible no reparar en Rubén. Aquel chico era dinamita pura. Entraba a clase saludando a los chicos con fuerza, con su sonrisa perfecta sus labios gruesos, aquella piel morena y su pelo largo cayendo sobre sus fuertes hombros. Para ella era algo hipnótico.

Aquella mañana, entró por la puerta, la miró fijamente y se dirigió directo hacia ella. El cuerpo de Estela se tensó tanto que saltó de su mano el bolígrafo que estaba sujetando. Se agachó bajó la mesa para recogerlo. Cuando acabó de incorporarse vio a Rubén sentado a su lado. Clavó la mirada en la mesa. Estaba petrificada, aunque no entendía el por qué.

—Hola, me llamo Rubén —Lo sé —susurró ella con un hilo de voz casi inaudible

—¿Cómo?

—¡Estela! —se obligó a decir

Estaba tan nerviosa que ni se dio cuenta de que lo dijo demasiado alto. Se escucharon risas de fondo. Rubén también sonrió.

—Verás, ayer no pude venir a clase porque tenía entrenamiento. Me han dicho que tomas unos apuntes de lujo…

—Supongo —dijo sin mirarlo

—¿Te importaría dejármelos? Será solo un momento, le saco una copia y te los devuelvo.

—No sé…

—Vamos, acompáñame si quieres, al salir —y Rubén le sonrió

No supo, no quiso decirle que no. A la salida de clase lo acompañó a una copistería. No estaba lejos, pero a ella le pareció eterno. No pudo casi articular palabra. Cuando terminaron de hacer las copias, Rubén le devolvió los apuntes.

—Muchas gracias. Oye, ahora mismo no puedo porque me esperan, pero te debo un café. ¿Te apetece que te llame mañana? Estela abrió mucho los ojos. Tardó un par de segundos en contestar. De nuevo, bajo un hilo de voz, contestó

—Vale

—Rubén volvió a sonreír

 

CAPÍTULO IV – Rubén… y el sexo

El armario estaba abierto de par en par. Iba pasando las perchas con fuerza

—Mierda, mierda —repetía.

Aquella tarde había quedado con Rubén. Salió a la calle apresurada y fue al centro comercial. Nunca andaba sobrada de fondos, tenía sus gastos controlados al céntimo. Recorrió una por una sus tiendas habituales en busca de algo adecuado que ponerse, pero nada parecía estar a la altura. Cuando casi se había dado por vencida, pasó junto al escaparate de una tienda. Un vestido de tirantes con un estampado floral llamó su atención. Se escapaba por completo de su presupuesto, pero aquella era una situación especial. Lo compró y regresó a casa a tiempo de prepararse para la cita.

Recogió su pelo en una larga trenza y se enfundó el vestido. Habitualmente no vestía tan femenina. Se veía rara.

Entró en la cafetería, Rubén la estaba esperando mirando su móvil. Ella se acercó y se quedó de pie frente a él. Cuando levantó la vista no pudo evitar que se le escapara un “Joder”. Estela soltó una carcajada al tiempo que se tapaba la boca con las manos para disimular

—Siéntate, por favor —dijo él apresurado mientras se levantaba torpemente y tiraba por la mesa el refresco que estaba tomando.

Estela observaba risueña como aquel ciclón de chico se había vuelto torpe y nervioso sólo por su mera presencia. Sus nervios se esfumaron. Tomaron aquel café y conversaron durante horas.

La tarde siguiente pasearon por la playa. Se apoyaron uno junto al otro para observar el mar al atardecer. Mientras Estela miraba el horizonte él se acercó, le giró la cara con la yema de los dedos y la besó dulcemente.

La mañana siguiente casi no era capaz de tomar apuntes. No paraba de sonreír. Giró su cabeza un par de veces para observar las filas de atrás. Siempre encontraba los ojos de Rubén, que estaban clavados en ella sin ningún tipo de disimulo. Era como un león observando a su presa. Sus facciones estaban tensas cuando la miraba.

Aquella tarde fue a casa de Rubén. Sus compañeros de piso habían ido a un concierto, aún tardarían unas horas en volver.

Cuando entró, no mediaron ni una sola palabra. Rubén agarró su nuca con suavidad pero con firmeza y comenzó a besarla. Con su otra mano abierta fue recorriendo su espalda hasta llegar a su cintura. La apretó contra él con fuerza. Ella pudo sentir su erección. Bajó la mano de su cintura a su trasero y lo agarró con fuerza. Estela no podía casi respirar, morder los labios de Rubén se había convertido en una necesidad. Sus besos, cálidos y húmedos, recorrieron su boca, su cuello, sus senos… Rubén la agarró con ambas manos por el trasero, la levantó. Ella se encaramó con sus piernas a su espalda. Fueron hasta la cama. Rubén la desnudó y la poseyó con toda la calma que fue capaz de reunir. Estela se entregó por completo a él. El cariño nunca había abundado en su vida y ahora estaba irremediable e irrefrenablemente enamorada de Rubén.

Fue el primero de muchos encuentros.

 

CAPÍTULO V – Unas cervezas

Salió del cuarto y subió las persianas del salón para que la luz de la mañana inundara la estancia. Fue a la cocina y preparó unos cereales. Se sentó en la mesa, con los ojos aún encogidos por el sueño.

Un chico alto y delgado salió del cuarto de Marta. Estaba despeinado. El chico saludó tímidamente, se dirigió a la puerta de la calle y salió sin más.

—¡Marta! —dijo Estela

—¿Quién es el de hoy?

—Pablo… Pedro… ¡Pau! Se llama Pau, es de clase de Biología

—Joder, tía, eres un conejo

—Calla puta, todas no tenemos a Mr. Perfecto

Marta salió del cuarto. Era morena, bajita y con los ojos grandes y oscuros. Vestía una camiseta de manga corta y un tanga negro.

—¡Alguien ha cenado bien esta noche, eh!

—Dijo mostrando una amplia sonrisa mientras se agarraba el coño con una de sus manos.

—¡Pero qué bruta eres! —Dijo Estela, al tiempo que soltaba una gran carcajada.

Siempre la hacía reír. Conoció a Marta a principio de curso, cuando estaba buscando piso. Hablaron unos minutos por teléfono, quedaron y la conexión fue inmediata.

—Rubén juega hoy la final del campeonato, ¿por qué no me acompañas?

—Uf… chicos fuertes y sudorosos en pantalón corto… No sé…

—¿Es un sí?

—Voy a depilarme “la coñera”, jajajaja

—Joder, jajajajaja

Se sentaron cerca del campo. Casi no miraban el partido, o al menos no exactamente. Se dedicaron a puntuar entre risas los culos de los jugadores.

El partido estaba llegando a su fin con empate, pero en una jugada en solitario, Rubén marcó el gol de la victoria. Marta se puso a gritar como una loca al público mientras hacía tonterías

—Siiiiiiuuuuu —decía.

Estela no paraba de reír. El árbitro pitó el final del partido. Rubén corrió hacia donde estaba Estela y la besó intensamente. El público aplaudió entre risas. Detrás, Marta, le miró el culo a Rubén y le guiñó un ojo a Estela. —Ya tenemos ganador.

—Eh, esto hay que celebrarlo —dijo Rubén. —No os vayáis, me ducho y os invito a unas cervezas.

Fueron a un pub del centro. Se unieron varios jugadores y algunas de sus chicas. Entre cánticos y celebraciones, lo que empezaron siendo unas cervezas, acabó por convertirse en una fiesta con mayúsculas. Al cabo de unas horas, los chupitos le jugaron a Estela una mala pasada. Casi no se sostenía en pie.

Rubén y Marta la acompañaron a casa y la acostaron en su cama.

Unos minutos después Estela abrió los ojos. La habitación le daba vueltas. Necesitaba incorporarse. Necesitaba beber agua. Se puso en pie tambaleándose, abrió la puerta de su cuarto y se agarró a la barandilla de la escalera. Bajó un par de peldaños. Desde la escalera vio el sofá a lo lejos. La zorra de Marta se estaba cabalgando a alguien en el sofá. Junto al sofá, sobre una silla, estaba la cazadora de Rubén. Volvió sobre sus pasos y cayó de rodillas en su cuarto.

 

CAPÍTULO VI – Picnic

Abrió los ojos despacio. Estaba tumbada sobre el suelo de su habitación. Sus lágrimas habían desecho el rímel de la noche anterior. Permaneció un rato sentada, con la espalda apoyada en la pared. Su cuerpo temblaba por la rabia. Aún le parecía escuchar los jadeos.

Se obligó a si misma a calmarse. Bajó al salón. Marta dormía en el sofá. Preparó dos cafés bien cargados y los llevó hasta la mesa.

—¡Arriba, dormilona, o llegarás tarde a clase! —le gritó de camino a la mesa.

—Joder, me he dormido —respondió Marta entre bostezos. —Vaya mierda pillaste ayer, Estelita —le dijo Marta mientras se incorporaba

—¿Has dormido en el sofá?

—Sí… me quedé viendo la tele

—Ah… vale…

Estela subió, se duchó y se vistió. Se dirigió hacia la puerta de salida, pero antes de abrir miró a marta sonriendo

—¿Qué te parece si mañana nos montamos un picnic? En mi casita del campo

—¿Tienes una casita en el campo?

—Bueno, era de mi abuela, desde que murió vamos poco por ahí.

—No sé si me apetece… ¿Un picnic? Joder, Este, que rarita eres a veces

—Venga, va, llamaré a Rubén

Estela subió a su cuarto de nuevo y abrió su joyero. De entre una amalgama de colgantes sacó uno con la forma de una mariposa. Fue un regalo de su difunta abuela. Estaba recubierto con una pequeña lámina de piedra negra y en su interior, hueco, guardaba una foto.

Estela lo había pasado mal en su infancia, pero Yaya siempre le decía que tarde o temprano aquello cambiaría, que era como un gusanito que antes o después se convertiría en una bella mariposa. En su dieciséis cumpleaños, Yaya le regaló el colgante. —Ya eres toda una mariposa —le dijo.

Estela sacó la foto de Yaya, la besó, la guardó en su joyero y se fue a la facultad.

Se había convertido en una de las alumnas más brillantes de su promoción y tenía acceso casi ilimitado al laboratorio. Pasó allí prácticamente toda la mañana.

El sábado a primera hora Rubén pasó a recogerlas. Estela los llevó hasta la casa de su difunta abuela. Una pequeña finca en la sierra, con una pequeña extensión de bosque junto a la casa, ahora bañado en colores cobrizos y ocres por las hojas caídas del otoño.

Estela sacó una manta de uno de los macutos. Marta llevaba la comida en unas bolsas del supermercado.

—Joder, tía, qué poco glamur dijo Estela a Marta.

—¿Crees que guardo cestas de mimbre para picnics en mi cuarto, petarda?

Rubén, por su parte, estuvo bastante callado.

Pasaron la tarde charlando de todo un poco.

—¿Sabéis que en el cole me llamaban cara castor? —les sorprendió diciendo Estela

Rubén y Marta sonrieron tímidamente.

—En fin, supongo que eran cosas de niños, pero se me da muy mal olvidar.

Marta miró de reojo a Rubén. Tragaron saliva.

—Será mejor que entremos, parece que hace frío. Vamos a atracar la bodega de papá.

Recogieron las cosas y entraron.

—Sentaos en el sofá, iré por unas copas —les dijo Estela.

Marta y Rubén se sentaron en el sofá. Se les notaba incómodos. Estela fue a la cocina, sacó tres copas de vino, abrió una de las botellas del antiguo botellero y vertió el vino en ellas.

Descolgó el colgante de su cuello. Lo abrió. Con mucho cuidado esparció un poco de un polvo blanquecino que había en su interior sobre las copas de Marta y Rubén. Las agitó un momento hasta que el polvo se hizo imperceptible. Se las llevó y les invitó a brindar.

—¡Por los amigos! —gritó Estela

—Por los amigos —respondieron con una sonrisa forzada

Se bebieron sus copas y las soltaron sobre la mesa.

—Se os ve cómodos en el sofá —dijo Estela.

Rubén miró a Marta apurado.

—Estela, ¿por qué dices eso?

—El día de la borrachera… bueno…

—Estela, por favor, déjame ex… —Rubén se tocó la mandíbula con la mano y empezó a gesticular. Marta empezó a emitir gemidos. De repente sus cuerpos no respondían. Sólo la expresión de sus ojos reflejaba la gravedad de su angustia.

Estela se sentó frente a ellos.

—Vaya, es más rápido de lo que esperaba…

Le acarició el pelo a Rubén y lo besó en la mejilla. Abofeteó a Marta.

Se levantó y se dirigió a paso lento hacia la cocina. Marta y Rubén alcanzaron a oír el tintineo del cajón de los cubiertos. —Vamos a jugar un rato —dijo Estela con una sonrisa divertida.

 

CAPÍTULO VII – Ascenso

—…con la absorción de estas dos últimas empresas nos aseguramos el control del 80% del sector en nuestra zona. —se quitó las gafas, las dejó sobre la mesa de juntas y apoyó ambas manos sobre el tablero barriendo con la mirada sobre cada uno de los miembros del consejo. —Señores, básicamente, tenemos el mercado agarrado por las pelotas.

Carcajadas, aplausos. Su ponencia fue un éxito rotundo.

—Creo que no hay más que añadir —dispuso el Director General —demos por finalizada la reunión. En una hora nos veremos en el restaurante.

Estela se entretuvo guardando notas en su maletín de cuero negro mientras los consejeros abandonaban la sala de juntas.

—Señor director, creo que tenemos que hablar —le susurró sonriente sin apartar la mirada de los folios

—Lo sé, lo sé —masculló resignado el señor Dupont —hablaremos en mi despacho.

Estela recorrió tras Dupont el pasillo que separaba la sala de reuniones de su despacho. Vestía una blusa blanca con finas rayas grises, una falda de tubo gris hasta las rodillas y zapato de tacón. Sus pasos firmes resonaban en toda la oficina, desierta ya a esas horas. Dupont entró en su despacho y tomó asiento. Abrió uno de los cajones de su escritorio y sacó un pequeño estuche con habanos.

—Lo has vuelto a hacer. Joder… ¿Cuánto llevas a mi lado, seis?

—Cinco

—Cinco años… Joder… No hay duda de que eres brillante

—Espero que no haya olvidado su promesa

—No la he olvidado… Joder, ¡dónde está el maldito cortapuros!

Estela se acercó, abrió otro de los cajones, sacó el cortapuros y lo colocó sutilmente sobre la mesa. Dupont refunfuño y cortó el puro.

—Está bien, —continuó Dupont. —¿Qué has decidido? ¿París, Berlín?

—Quiero Madrid

—¡No me jodas, Estela! Eres mi mejor activo, no irás a Madrid. Sabes que es una sede menor. Si tengo que dejar que te escapes no será a Madrid.

—¿Una copa?

Dupont asintió, notablemente molesto Estela fue hacia una camarera situada en uno de los laterales del despacho sobre la que había varios vasos y una botella de cristal rellena de bourbon. Se detuvo un segundo y acarició su colgante. Respiró profundamente. Desabrochó el colgante y lo guardó en un pequeño bolsillo interior de la falda. Se desabrochó un par de botones de la blusa, rellenó un vaso con un par de dedos de whisky y fue hasta la mesa de Dupont. Se situó justo enfrente de Dupont y se inclinó hacia delante para colocar el vaso sobre la mesa.

—Monsieur Dupont, su copa

La apertura de la camisa dejó entrever parte de sus senos tapados por un sujetador blanco de encaje. Dupont tragó saliva. Soltó el puro sin siquiera encenderlo y dio un sorbo al bourbon. Estela caminó alrededor de la mesa y se situó a su espalda.

—Sabe que si voy a París, Berlín o Roma, el mérito recaerá sobre algún otro. Sin embargo, si consigo levantar la sede de Madrid el mérito seguirá siendo todo suyo. —Apoyó sus manos sobre los hombros de Dupont. —Se me da bien levantar cosas.

Presionó los hombros de Dupont haciendo que las ruedas de su sillón retrocedieran unos centímetros.

—Veo que sabes lo que quieres

Estela giró el sillón y colocó a Dupont frente a ella. Se fue agachando lentamente mientras con su mano derecha recorría el pecho de Dupont en dirección a su pantalón. Dupont respiraba con rapidez. Una erección comenzó a adivinarse bajo su pantalón. Estela acarició su miembro.

—Prométamelo —dijo Estela sin parar de agitar suavemente su mano.

—Estela… —Suspiró él mientras arqueaba hacia atrás su cabeza.

Estela abrió su cremallera y sacó su pene erecto. Recorrió con su lengua desde la base hasta el glande.

—Hágalo

—¡Es tuyo, lo juro!

Dupont sostenía aún el whisky en su mano. Con la otra se mantenía agarrado al escritorio. El vaivén de las cabezadas de Estela aumentó su cadencia. Dupont agarró con fuerza el escritorio. El whisky salió disparado con fuerza del vaso y acabó sobre la alfombra.

Estela llegó a casa y subió al baño. Se metió rápidamente en la ducha y frotó su cuerpo con fuerza. Cepillaba sus dientes compulsivamente. Se observó en el espejo, con los ojos llenos de lágrimas y gritó. Llantos y gritos. Gritó hasta que no le quedaron fuerzas.

Después se secó las lágrimas y buscó entre su ropa. Cogió el colgante y entró en su habitación. En el último cajón de su cómoda, bajo unas sábanas, guardaba un libro. Lo colocó sobre su escritorio y lo abrió. Un anuario, con dos fotos tachadas con pintalabios. Pasó un par de páginas y se detuvo en una de las fotografías. El pie rezaba: “David Washington”.

Estela agitó su colgante sobre la fotografía haciendo moverse a la mariposa. —Vuela mariposita, vuela —susurró.

Los gritos de “¡cara castor!” resonaban en su cabeza acompañados por el sonido de los lápices golpeando.

 

CAPÍTULO VIII – Despacho nuevo

—¿Espera a alguien, señorita? —dijo el recepcionista

—Soy Estela Gutiérrez, vengo a ver mi nuevo despacho

—Señora Gutiérrez, no la esperábamos hasta mañana —contestó el chico nervioso

—Lo sé, por eso estoy aquí

—De acuerdo, deme un momento, la acompañaré a su despacho. Acompañó a Estela atropellado hasta el ascensor, pulsó el botón de la última planta y pegó su espalda contra la pared. Alzó la vista al techo mientras metía su dedo índice bajo el cuello de su camisa para tratar de aflojarla un poco. Estela, ataviada con un vestido azul marino de generoso escote, mantuvo su pose firme, con los brazos sujetos tras su espalda, como si de un militar se tratase.

Le encantaba poner nerviosos a los hombres, someterlos, y el joven estaba hecho un flan. El ascensor se abrió y dio paso a un amplio pasillo. Justo al final esperaba su despacho. El joven la acompañó hasta la puerta.

—Este es su despacho, señora Gutiérrez. Es posible que aún esté ocupado. El señor Washington fue su inquilino hasta ayer y vino hace menos de una hora para recoger sus cosas y trasladarlas a otro de los despachos de la planta. Como le he dicho, no la esperábamos. Si me lo permite, avisaré al señor Washington de su llegada. Será sólo un momento.

—No es necesario, puede retirarse.

—Pero señora, el señor no está de muy buen humor, quizás si…

—¿Cómo te llamas? —interrumpió Estela

—Calisto, señora

—Bien, Calisto, por lo que a mí respecta, si vuelves a discutir alguna de mis decisiones serás despedido fulminantemente. Dicho esto, espero que de aquí en adelante tengamos una relación de lo más cordial —dijo sonriendo mientras ladeaba su cabeza.

—Por supuesto, señora. Con su permiso volveré a mi puesto. —Contestó con la tez pálida y sin parar de tragar saliva.

Asintió con la cabeza sin dejar de sonreír. El joven se apresuró hasta el ascensor y desapareció. Estela llamó a la puerta.

—¡Quién es! —Gritó una voz molesta desde dentro Estela entró y vio a David Washington colocando sus cosas dentro de una caja.

—Busco el despacho del Director Ejecutivo

—El Director Ejecutivo… —masculló —bueno… si hubiera venido ayer, yo mismo la hubiera atendido, pero algún cabronazo de arriba me ha degradado para poner en mi lugar a algún trepa hijo de puta. Si viene mañana quizás tenga más suerte.

—¿Entonces es este el despacho?

—¿Quién coño es usted? —Dijo David extrañado levantando la vista de su caja y clavándola en sus ojos

—Supongo que la trepa hija de puta —dijo Estela forzando una sonrisa.

—Joder —susurró David, intentando colocar la caja sobre la mesa. La caja cayó al suelo. Las cosas de David se esparcieron por el despacho. —Lo siento, —se disculpó de mala manera —no la esperaba hoy

—Lo sé

—Deme un minuto, recogeré mis cosas y la dejaré sola. Estela rodeo la mesa, retiró el sillón, se sentó y lo giró hacia las cristaleras, que mostraban una preciosa vista de la ciudad. David, arrodillado, la miraba de reojo mientras seguía recogiendo las cosas del suelo. Se sentía ridículo en aquella situación. Cuando terminó de colocarlo todo, agarró la caja y fue hacia la puerta.

—¡Cierre al salir, por favor! —dijo ella con voz cantarina.

Ni siquiera se volvió a mirarlo. Permaneció mirando la ciudad mientras escuchaba la puerta cerrarse. Una sonrisa maliciosa se mezclaba con el reflejo de los edificios del exterior. El círculo casi estaba cerrado.

 

CAPÍTULO IX – Washington

Esa mañana llegó la primera a la oficina. Su meteórico ascenso dentro de la empresa no era fruto de la casualidad. Era brillante, por supuesto, pero su mayor virtud era la determinación. Cuando se proponía algo no paraba hasta conseguirlo. Por desgracia para sus “objetivos”, se aplicaba esta máxima tanto dentro como fuera del trabajo.

Llevaba media hora repasando informes cuando alguien llamó a la puerta.

—Adelante

—Buenos días, vengo a presentarme formalmente, creo que ayer empezamos con mal pie. David Washington. —dijo extendiendo su mano. Se levantó y le devolvió el saludo

—Estela Gutiérrez

David parecía confuso. Escudriñó su rostro al detalle sin soltar su mano.

—¿Estela Gutiérrez? —Ella permaneció en silencio —¿Valencia? ¿Santa Magdalena? —dijo David subiendo sin darse cuenta el tono de su voz —En efecto —asintió Estela —¿Me recuerdas?

—Recuerdo a un demonio pecoso que respondía a ese nombre, sí

David torció el gesto lamentándose

—Sí, mi madre decía que era un buen elemento…

Estaba incómoda. Respiró y se recompuso

—Señor Washington, ¿vamos a trabajar o sacamos las acuarelas? —dijo en tono seco —Claro, ya hablaremos en otro momento… Volveré a mi despacho… a mi nuevo y mucho más pequeño despacho… —dijo en tono jocoso

Él abandonó el despacho y Estela se sentó en su sillón. David había conseguido desconcertarla. Si no fuera porque en el fondo de su ser sabía que era una persona despreciable, incluso le hubiera parecido un tipo agradable. Además, era elegante y bastante atractivo, con unos bonitos ojos verdes y una barba impecable. Pasó media mañana estudiando los informes del señor Washington. Era metódico y muy ordenado. No era tan brillante como ella, pero sin duda podría utilizarlo un tiempo antes de seguir con “sus planes”.

En poco tiempo, Estela convirtió la oficina en todo un hervidero. Unos la respetaban, otros la temían, pero todos coincidían en que era una auténtica zorra. En sus primeros siete días hizo que despidieran a tres personas. Una telefonista que, según ella, no atendía correctamente a los clientes y un par de vendedores que bajo su criterio no alcanzaban los volúmenes de ventas óptimos para la empresa. Sabía que eran burdas excusas para marcar su territorio, pero sin duda surtió efecto. La productividad en los meses siguientes subió como la espuma. Alguna que otra queja llegó al consejo de administración, pero con aquellos números nadie iba a discutir sus métodos.

David era bastante concienzudo en su trabajo y se convirtió en un activo importante para ella. Acabaron almorzando habitualmente en un restaurante cercano a la oficina. Sus conversaciones giraban en torno al trabajo. Poco a poco, David sustituyó su rechazo inicial hacia Estela por una cierta admiración. Era todo un privilegio trabajar con una persona de su capacidad.

Cierto día estaban sentados en la barra esperando a que les dieran una mesa mientras degustaban un Martini. En uno de los laterales había una pequeña televisión en la que un oso se dedicaba a pescar peces a zarpazo limpio. En un momento dado el plano cambió y la cara de un castor mordisqueando un tronco sustituyó la imagen del oso. David, que en ese momento estaba dando un sorbo a la copa tuvo que hacer un esfuerzo por no escupir el trago. Soltó la copa, cogió una servilleta y secándose la boca, con una sonrisa contenida miró de reojo a Estela. Ella hizo una mueca en lo que intentó ser la imitación de un castor. Ambos rompieron a reír.

—Me acuerdo de eso —dijo David

—Sí, te aseguro que yo también

—¡Vamos, no puedes seguir enfadada, era sólo un crío! Estela exagerando el gesto le retiró la mirada. —Algún día tendrás que perdonarme —dijo él

—Tendrás que esforzarte un poco más —contestó

Se había sorprendido a si misma coqueteando con David. En ese momento el camarero les indicó que su mesa estaba libre. Estela abandonó la barra hacia la mesa. David apuró su copa mientras observaba el contoneo de sus caderas alejarse.

 

CAPÍTULO X – “Prinzezaz”

Ya era casi mediodía y la mesa de juntas estaba cubierta con montañas de informes trimestrales. Hojeaba un balance sujetando la patilla de sus gafas mientras leía. David hacía lo propio golpeando sus folios suavemente con un lápiz. El silencio lo inundaba todo. David apartó por un segundo la vista del folio y la miró. Ella continuó leyendo y con su dedo índice comenzó a juguetear con un mechón de pelo que caía sobre su cuello. La puerta sonó. Calisto asomó la cabeza intentando evitar la mirada de Estela.

—Señor Washington, tiene visita

Una niña rubia y regordita entró corriendo y se abalanzó sobre David

—¡Papiiii! —gritó David la abrazó con una gran sonrisa

—¡Hola peque!

Calisto abrió la puerta por completo y tras la niña entró la mujer de David. Era más o menos de su misma edad, rubia, con el pelo corto, los ojos oscuros y una sonrisa agradable. Se acercó a David y lo besó

—Hola amor

—Vaya sorpresa, no os esperaba —contestó él

—Lucía se ha tocado el diente que se le movía y hemos tenido que ir al dentista para sacarlo

—¡Mira, papi! —dijo la pequeña mientras se estiraba el labio hacia un lado para dejar ver parte de su dentadura —¡Hoy vendrá el ratoncito Pérez y me dejará “pastuki”

David soltó una carcajada

—¿Quién te ha enseñado esa palabra?

—La escuché en el cole, significa dinerito. Y también escuché otra, “mi crach”, o algo así, que es el chico que te gusta.

—¿Me gusta un chico que se llama Micrach? —Bromeó David

—Noooo, papiii —dijo Lucía y se echó a reír.

Estela observaba la escena divertida. La pequeña era muy simpática. David se levantó, miró a su mujer e hizo las presentaciones.

—Marta, esta es Estela, mi jefa. Estela, mi mujer, Marta.

Se dieron la mano con una sonrisa.

—David me ha hablado mucho de ti, también eres valenciana, ¿verdad?

—Sí, nos conocimos en el colegio

—Su madre decía que era un demonio

—Las madres nunca mienten —dijo ella y las dos rieron mientras miraban con sorna a David

—Lucía, no las escuches, están mintiendo vilmente tú sabes que papá es encantador, ¿a que sí?

—¡El mejor del mundo mundial!

—¡Esa es mi niña! —David empezó a besuquearla

—Tienes que venir a comer a casa, —le dijo Marta — hago un arroz con cosas espectacular

—¿Arroz con cosas?

—Sí, aquí el compañero dice que la paella sólo se hace bien en Valencia.

—Entiendo…

—En serio, ven este sábado y almorzaremos juntos.

—No sé si podré

—¡David, ayuda un poco! —dijo a su marido

—Por favor, señora Gutiérrez —dijo David poniendo carita de cordero degollado

—¡Te enzeñaré miz cromoz de prinzezaz! —le gritó la pequeña levantando los brazos —¡Mira papi, ze me ezcapa el airecillo por el agujerito del diente!

Estela soltó una carcajada.

—Está bien, tendré que ver esas “prinzezaz”

 

CAPÍTULO XI – Paella

David tenía una casa preciosa. Tres plantas, buhardilla y un pequeño jardín con barbacoa.

Marta estaba a los mandos de la paellera con una cerveza en una mano y una paleta de madera en la otra. Estela hizo las veces de ayudante. David, mientras tanto, se dejaba ganar en una partida de damas con Lucía en una mesita de madera. Pasaron una buena tarde.

La paella sólo estaba pasable, aunque Estela y David le dijeron a Marta que estaba espectacular. Después tomaron café en el porche de la casa. Estuvieron un rato hablando del trabajo. Marta les acusó de ser unos adictos y unos aburridos.

Sirvió unas copas y consiguió desviar la conversación hacia otros temas.

Lucía pidió a su madre que la acompañara a buscar los cromos de las “prinzezaz” a la buhardilla.

—Tienes una familia estupenda —dijo Estela a David mientras daba un trago a la copa

—Sí, supongo que sí —dijo David devolviendo el trago Estela se levantó con su copa y se puso a mirar el jardín dándole la espalda a David. Él le observó el trasero mientras daba otro sorbo.

—¿Sabes?, el sábado que viene estaré en Valencia. La reunión con el consejo es dentro de dos semanas y quiero prepararla a fondo… David se mantuvo en silencio y miró hacia dentro de la casa. Marta y Lucía aún se encontraban arriba.

—¿En Valencia?

—Sí, echo de menos mi casa. Hay algunas cosas allí que requieren de mi atención. Quizás puedas venir y echarme una mano. Estela rodeó a David y se situó a su espalda. Colocó las manos en sus hombros. —Por supuesto, si no quieres venir lo entenderé…

Estela arrastró el pulgar de su mano derecha hacia su cogote y acarició su pelo

—pero si lo haces, —continuó —te prometo que te cuidaré como te mereces.

Los pasitos de Lucía correteando por las escaleras se escuchaban a lo lejos. Estela dio unos pasos hacia el jardín. David dio un largo trago a su copa y respiró profundamente.

—¡Mira Estela, esta es “Rupunzel”!

—Rapunzel —corrigió Estela sonriente

—¿Zabez? Mi papá dice que Rupunzel tiene pelazo

Estela soltó de nuevo otra carcajada. Definitivamente adoraba a esa niña.

Estaba anocheciendo cuando se despidió de ellos. La acompañaron hasta el coche agarrados de la mano.

—Eh, no me tengas en cuenta lo de la paella, yo también la he probado y sé que me habéis mentido con eso de que estaba excelente —dijo Marta Estela subió al coche y bajó la ventanilla.

—Ya sabes… Valencia es mucho Valencia

Arrancó el coche, miró a David, guiñó el ojo y se fue.

 

CAPÍTULO XII – Valencia

Cuando David llegó al trabajo el lunes, el despacho de Estela estaba vacío. Sobre su mesa había un trozo de papel con una dirección. David llamó a Calisto.

—Calisto, buenos días, ¿sabe algo de la señorita Gutiérrez?

—Sí, estuvo aquí hace una hora. Dice que pasará el resto de la semana en Valencia atendiendo a unos asuntos.

—Perfecto, gracias Calisto.

David se reclinó hacia atrás en su asiento con el papel sujeto en alto. Suspiró. Guardó el papel uno de sus cajones y siguió trabajando. En los días posteriores, cada vez que abría el cajón se detenía a mirar el papel hasta que, sin quererlo, llegó a memorizar la dirección.

SÁBADO

Estela salió de la ducha, fue a su cuarto y abrió el cajón donde guardaba su lencería fina. Se decidió por un baby doll negro. Sobre él se enfundó un kimono de seda gris oscuro. Mientras se cepillaba el pelo miró su reloj. Pasaban unos minutos de las dos de la tarde.

Si finalmente David se decidía a venir, estaba segura de que vendría en el AVE de las 13:37, así que estaría casi al llegar. Bajó al salón, sacó un par de copas de vino y una botella, llenó la suya y se sentó a esperar. Apenas pasaron diez minutos cuando sonó la puerta. Estela llenó la otra copa con calma y fue con ella hasta la puerta. Al abrirla encontró a David. Parecía nervioso.

—Hola —fue lo único que alcanzó a decir.

Estela lo invitó a pasar y le cedió la copa. Se acercó a la mesa y bebió un sorbo de la suya clavándole la mirada a David. Él se mantuvo en silencio e hizo lo mismo. Estela deslizó su dedo índice sobre el cinturón del kimono y éste se abrió de par en par.

—¡Oh, Dios! —susurró David, soltó la copa y se acercó a ella.

Deslizó su mano derecha por su cara, acariciándola y la llevó hasta su nuca. La sostuvo firme y la besó con desesperación. Buscó sus nalgas con las manos, pero notó como Estela colocó la mano sobre su pecho y lo empujó hacia atrás. Estela se retiró y caminó hacia las escaleras que daban al piso de arriba. Mientras subía el primer peldaño dejó caer el kimono al suelo dejando a la vista su espalda semidesnuda.

David cogió la copa de Estela y se bebió de un trago el resto del vino, soltó la copa de nuevo en la mesa y subió.

Ella lo esperaba en su cuarto. Cuando lo vio aparecer tiró con sus dedos de la punta del lacito que hacía de broche y dejó caer el conjunto. David, respiraba con fuerza mientras desabrochaba su camisa. La tumbó sobre la cama y la besó de nuevo. Con una mano sujetó las manos de Estela sobre su cabeza mientras con la otra recorría su cuerpo. Lamió sus pechos con ansia y después la poseyó con fuerza dando rienda suelta al deseo contenido que llevaba acumulando tanto tiempo. Estela hizo que David se girara y se colocó sobre él. Aceleró sus movimientos poco a poco. David cerraba los ojos e intentaba no correrse. Cuando los abría sólo podía centrarse en aquel colgante con una pequeña mariposa negra que se balanceaba y rebotaba sobre sus bellos pechos.

David notó como llegaba al clímax e intentó separar a Estela, pero ahora fue ella quién sujetó los brazos de David y siguió cabalgando.

—Estela, por favor… —susurró David Estela sujetó su cara con una mano y tapó con el dedo índice su boca.

Notó como el miembro de David estallaba y bañaba su interior. David, aún con la boca tapada por la mano de Estela, la miró con preocupación. Estela se acercó y lo besó en la boca.

—Todo está bien, tranquilo —susurró a su oído.

David notó un pinchazo tras su cuello. Su vista comenzó a nublarse.

—Tranquilo, duerme —susurró Estela —todo acabará muy pronto.

 

CAPÍTULO XIII – Vuela mariposa, vuela

—Señor Washington, despierte —resonaba lejana la voz de Estela.

David abrió los ojos despacio pero sólo alcanzaba a ver una imagen borrosa.

—Señor Washington —escuchó de nuevo, ahora más cerca, mientras notaba como una mano acariciaba su cara.

Consiguió enfocar la imagen. Estela estaba sentada frente a él vestida con vaqueros y un jersey gris. Parecía exhausta.

—¡Vaya, pesas más de lo que pareces! —le dijo recuperando el aliento.

—Estela… —dijo él, aún desorientado.

Intentó mover sus manos, pero algo las retenía. Bajó la vista y observó la cinta americana que lo mantenía inmóvil y adherido a la silla. Una oleada de pánico lo invadió. Intentó mover su cuerpo con toda la fuerza que fue capaz de reunir, pero estaba muy débil. Estela lo observaba paciente, con las manos sobre las rodillas.

—¿Qué está pasando, Estela? —dijo, mientras volvía a intentar zafarse

—Es inútil que lo intente, Señor Washington, le aseguro que con el paso del tiempo he adquirido cierta práctica.

Estela se levantó y se colocó a su espalda.

—¡Estela, por favor!

Cogió un trozo de cinta americana y se lo pegó en la boca.

—Lo siento, necesito un poco de silencio —dijo Estela en un tono muy suave bajando la voz.

Fue hasta el fondo de la habitación, a la espalda de David. Él intentó girar la cabeza para mirarla, pero estaba absolutamente inmóvil. Escuchó el sonido de unas sillas arrastrándose y algunos chasquidos metálicos. Se acercó de nuevo por su espalda.

—Quiero que conozcas al resto de invitados

Por un momento David mantuvo la esperanza de que aquello se tratase de una broma pesada. Algún tipo de juego de los ricachones del consejo. De ser así pensaba mandarlos a todos a la mierda. Ya buscaría otro trabajo. Sin duda se habían pasado de la raya.

Estela sujetó la silla y con esfuerzo consiguió girarla.

Los ojos de David se abrieron inundados por el terror. Junto a él, colocadas en círculo, había cinco sillas más. En cuatro de ellas, atados, se encontraban los cadáveres cuatro personas: tres chicos y una chica. Los cuerpos se encontraban bañados en sangre seca, con cortes en el torso. Pero lo que más le aterró eran sus rostros. Parte de su boca estaba arrancada, tenían cortes en los pómulos y los ojos habían sido retirados de sus órbitas. El quinto ocupante era un hombre de aproximadamente la misma edad que David. No parecía estar herido, pero se mantenía absolutamente inmóvil.

—Supongo que no lo reconoces, está muy cambiado —dijo ella risueña. —¡Es Rafa!¡Rafa Bonet!

Recordaba ese nombre. Era uno de sus compañeros de colegio, aunque llevaban años sin verse.

—Y estos son Manuel y Javi —dijo señalando a dos de los cadáveres

—A Rubén y a Marta no los conoces. Eran unos amigos de la Universidad. Hicieron una cosa muy fea. Cuando supe que tu mujer también se llamaba Marta me dieron ganas de clavarle la pluma en la nuca, pero eh, no somos animales, ¿verdad?

Estela se situó junto a David y apoyó la mano en su hombro mientras miraba a Rafa.

—Bien, creo que es hora de empezar.

Cogió un lápiz y un cuchillo que había colocado sobre una mesa.

—Rafa, Rafa, Rafa… —comenzó a golpear la pared con el lápiz —¿Lo recuerdas? —Rafa permanecía inmóvil.

Estela caminó despacio hacia él haciendo muecas con la boca, tratando de imitar a un castor. Se sentó a horcajadas sobre sus rodillas, tiró el lápiz al suelo y sujetó con una mano el labio superior de Rafa. Apretó la hoja del cuchillo con fuerza contra su labio hasta que brotó la sangre y el labio comenzó a desprenderse. Terminó de arrancarlo y lo tiró al suelo. La camisa de Rafa se tiñó con su sangre.

—Ahora los bigotes —dijo mientras cortaba su cara.

David observaba agónico la escena mientras ahogaba sus gritos desesperados contra la mordaza.

Estela se levantó de sus rodillas y lo miró ladeando la cabeza. —Has quedado muy bien… ¿Cómo era, Rafa? Cara castor… cara castor… cara castor… —repetía una y otra vez. La cara de Estela se iba tensando a medida que lo repetía. Se mordía compulsivamente el labio inferior —Cara castor… cara castor… —Estela levantó el cuchillo y comenzó a apuñalar el pecho de Rafa mientras repetía, gritando —¡Cara castor!¡Cara castor!¡Cara castor!

David no paraba de temblar. Intentaba moverse, pero era incapaz de escapar.

Estela paró. Dejó el cuchillo sobre la mesa y restregó las manos en el jersey para tratar de limpiarse la sangre de Rafa. Cogió la silla de nuevo y volvió a sentarse frente a David mientras retiraba el cabello que quedaba pegado a su rostro ensangrentado.

—Supongo que no te esperabas esto cuando llegaste, ¿verdad?

Estela se tomó un respiro. Tenía los ojos enjugados en lágrimas.

—Me jodisteis bien, ¿sabes? —dijo Estela tomando de nuevo aliento al tiempo que se levantaba. —Casi me dejo engañar contigo. Me hiciste creer que habías cambiado. Ya sabes, es pinta de hombre bueno, buen marido, mejor padre… Por un momento me hiciste pensar que me equivocaba con esto, que había cometido un error enorme. Decidí darte una oportunidad. Sólo tenías que haber hecho una cosa. Sólo una.

David lo entendió todo y sus ojos estallaron en lágrimas.

—Pero tuviste que venir…

Estela se levantó de su silla. David sintió un pinchazo en el cuello. Pasados unos segundos perdió el control de su cuerpo. Estela se sentó sobre sus rodillas. Sintió como la hoja del cuchillo rebanaba su boca, rasgaba su rostro. y atravesaba su pecho. Estela permaneció mirándolo hasta que su mirada se apagó por completo.

Cogió una toalla que tenía sobre la mesa. Mientras se limpiaba la cara observó algo en el suelo. Se acercó. Era la cartera de David. Seguramente se le habría caído mientras intentaba forcejear. La cogió y la abrió. Unas tarjetas, dinero en efectivo y una foto. Lucía.

De repente notó que le faltaba el aire. Salió corriendo del sótano y subió a su dormitorio. Las lágrimas golpeaban la foto de Lucía igual que años atrás golpeaban su libretita rosa en el pupitre del colegio. Se levantó muy despacio y con la mirada ausente. Fue hacia la cómoda y sacó el viejo anuario. Tachó con lápiz de labios las fotos de Rafa y de David. Abrió el armario y se enfundó un vestido negro de gasa. En uno de los cajones guardaba un frasco de aspirinas. Las derramó todas sobre el tocador y hurgó con su dedo en el fondo del bote. Retiró una tapa que hacía las veces de falso fondo y sacó unas pequeñas cápsulas blancas. Abrió varias de ellas y las vertió en un vaso con agua.

Dejó la foto de Lucía sobre la cómoda.

Desabrochó su colgante y lo colocó sobre la foto.

Se bebió el contenido del vaso y se tumbó en la cama. —Vuela, mariposa, vuela.

 

FIN.

 


Autor: El Formalito

Cerraron mi anterior cuenta: @Formalito_soy
He vuelto con más fuerza y vengo para lo de la risa…

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